Pequeños príncipes

Buenos días, Amigos y Desconocidos Lectores Constantes.

Acabo de terminar de currar y me voy al parque del Retiro, a la feria del libro, a mirar de lejos a Luis Mateo Díez y a buscar alguna cosa bonita de leer.

Les dejo con un pequeño y bello poema de Howard Nemerov. ¿Quién? El hermano de Diane Arbus, de quien espero poder hablarles en otra ocasión, porque es bien difícil encontrar imágenes de su trabajo que puedan publicarse y eso es una mierda, porque era una fotógrafa estupenda. Hasta entonces, poema y a la calle. Está extraído de su biografía, que escribió Patricia Bosworth, editó Circe y tradujo Beatriz López-Buisán. Alehop.

AN OLD PICTURE

Two children, dressed in court costume,

Go hand in hand through a rich room.

He bears a scepter, she a book;

Their eyes exchange a serious look.

High in a gallery above,

Grave persons frown upon their love;

Yonder behind the silken screen

Whispers the bishop with the queen.

These hold the future tightly reined,

It shall be as they have ordained:

The bridal bed already made,

The crypt also rich arrayed.

Y ahora, la traducción, para los que no se llevan bien con la lengua de los perros.

UN CUADRO  ANTIGUO

Dos niños, luciendo ropas cortesanas,

cruzan una habitación ricamente ornamentada.

Él porta un cetro, ella un libro;

intercambian una mirada seria.

Frente al amor que se prodigan,

fruncen sus ceños personas serias en la alta galería,

y más allá, tras el biombo de seda,

susurran el  obispo y la reina.

Ellos tienen las riendas del futuro,

que será como lo han predestinado:

el tálamo ya está hecho,

la cripta, ya preparada.

¿No les suena un poquito como a Annabel Lee? ¿No es una hermosa imagen, la de estos pequeños príncipes recorriendo de la mano las inmensas salas? Venga, sí que lo es. Me voy al parque y les dejo  meditarlo.

Tengan cuidado ahí fuera, donde susurran el  obispo y  la reina.

Niños y niñas, salid a jugar

Buenos días, Amigos y Desconocidos Lectores Constantes.

No es política de este blog, ustedes lo saben bien, actualizar con historias traídas de otros blogs. Para eso hay herramientas variadas por toda la red, hay menéame, hay yonkis.com, hay páginas y páginas dedicadas en exclusiva a enlazar la prosa, el verso, la música o el dibujo de otra gente. Eso está bien y es útil, pero también provoca, pienso, un efecto de bucle y de ultrarrepetición de los mismos contenidos por todas partes que mola más bien poco. En la variedad está la diversión, Amigos.

Hoy hago una excepción a esta norma, porque el asunto lo merece. La señorita Emily, que es de California pero vive en Utah, encontró esta maravilla en la biblioteca en la que trabaja. Dice que duda mucho que esto vuelva a reeditarse alguna vez, y que en Amazon cuesta la broma de trescientos pavos, así que lo escanea y lo sube a la red para nuestro disfrute, confiando en que nadie haga mal uso del material. Gracias, Emily.

Lectores Constantes, un fuerte aplauso para I’m glad I’m a boy! I’m glad I’m a girl! La traducción es mía, con asistencia de la señorita V, así que no esperen exactitud absoluta. Ahí vamos.

Me gusta ser un chico. Me gusta ser una chica.

Me gusta ser un chico. Me gusta ser una chica.

Para Bob y Hermine

Para Bob y Hermine

Los chicos tienen camiones. Las chicas tienen muñecas.

Los chicos tienen camiones. Las chicas tienen muñecas.

Los niños son Boy Scouts. Las niñas son Brownies.

Los chicos son lobatos. Las chicas son pastelitos.

(Ambos términos se refieren al movimiento Boy Scout. Brownies es la sección para chicas.)

Los chicos son fuertes. Las chicas son gráciles.

Los chicos son fuertes. Las chicas son gráciles.

Los chicos son apuestos. Las chicas son bellas.

Los chicos son apuestos. Las chicas son bellas.

Los chicos son médicos. Las chicas son enfermeras. Los chicos son policías. Las chicas son guardias de tráfico.

Los chicos son médicos. Las chicas son enfermeras. Los chicos son policías. Las chicas son guardias de tráfico.

Los chicos son jugadores de fútbol. Las chicas son animadoras. Los chicos son pilotos. Las chicas son azafatas.

Los chicos son jugadores de fútbol. Las chicas son animadoras. Los chicos son pilotos. Las chicas son azafatas.

Los chicos son héroes. Las chicas son heroínas.

Los chicos son héroes. Las chicas son heroínas.

Los chicos son presidentes. Las chicas son primeras damas. Los chicos arreglan las cosas. A las chicas les arreglan las cosas.

Los chicos son presidentes. Las chicas son primeras damas. Los chicos arreglan las cosas. A las chicas les arreglan las cosas.

Los chicos comen. Las chicas cocinan. Los chicos inventan cosas. Las chicas usan las cosas que inventan los chicos.

Los chicos comen. Las chicas cocinan. Los chicos inventan cosas. Las chicas usan las cosas que inventan los chicos.

Los chicos construyen las casas. Las chicas las limpian. Los chicos son novios. Las chicas son novias.

Los chicos construyen las casas. Las chicas las limpian. Los chicos son novios. Las chicas son novias.

Los chicos son padres. Las chicas son madres. Me gusta que seas una chica. Me gusta que seas un chico.

Los chicos son padres. Las chicas son madres. Me gusta que seas una chica. Me gusta que seas un chico.

Nos necesitamos el uno al otro.

Nos necesitamos el uno al otro.

Aquí termina el libro. Si tienen interesantes comentarios sobre los roles de género, son bienvenidos. Solamente les ruego que se abstengan de comentar obviedades como pianos, tal que “qué mierda de machismo”, o incluso “este libro es sexista y asqueroso”. Ya lo sabemos, muchas gracias. El libro está aquí porque los dibujos son una preciosidad y porque, pásmense conmigo, está editado en 1970. Anteayer, como quien dice, aunque parezca directamente sacado de un museo de los años 50. La leche.

Créditos y nos vamos:

-El blog de la señorita Emily, Yaveh le dé la paz y la alegría, está lleno de interesantes imágenes de publicidad y otras maravillas del mundo viejuno y de la tierra mormona. Puede visitarse aquí:

http://michiedo.blogspot.com/

-El post que se curró sobre este libro magnífico está aquí:

http://michiedo.blogspot.com/2008/12/im-glad-im-boy-im-glad-im-girl.html

-Si alguien tiene trescientos pavos de sobra y quiere regalármelo, alehop:

http://tinyurl.com/o56px4

-Los portentosos dibujos son obra del señor Whitney Darrow Jr, un tipo talentoso como pocos. Ustedes pueden investigar un poquito más su vida y su trabajo en:

http://www.pbase.com/csw62/darrow

http://www.nytimes.com/1999/08/12/arts/whitney-darrow-jr-89-gentle-satirist-of-modern-life-dies.html

-En estos archivos hay material a cascoporro para los fans de Darrow Jr, Charles Adams y demás bellos dibujeros:

http://www.elisteincartoons.com/

http://searchingforlaugh.blogspot.com/

Y ya, que ustedes solitos buscan estupendamente en la red todo lo que necesitan, y yo tengo una invitada en la ducha y una comida que preparar. Con Dios, Amigos.

Tengan cuidado ahí fuera, donde nos vemos como nos ven.

Trepalium et al

Buenos días, Amigos y Desconocidos Lectores Constantes.

Esto les cuento en un domingo lluvioso:

a) Ya no estoy ociosa, se acabó la buena vida y el vivir dentro del pijama. Tengo trabajo y compruebo que Capote y Santa Teresa decían la verdad: “Se derraman más lágrimas por las plegarias atendidas que por las no atendidas”. Odio trabajar, quiero hacer el vago. Odio madrugar, quiero dormir hasta que se me borre la memoria. Odio… bueno, ya saben ustedes por dónde van los tiros.

A llorar a la iglesia, dirán los Lectores que estén ahora mismo desempleados o temblando de pensar que pueden ser los próximos en irse a la calle. Por supuesto. Corren tiempos difíciles, hay crisis, esto no remonta, blabla. Lejos de mi intención frivolizar sobre el asunto, pero es que en la Biblioteca Constante impera una suerte de determinismo filosófico que me ayuda a dormir tranquila, y que se resume en que habrá agua, si es la voluntad de Dios, y la encontraremos, si es la voluntad de Dios, y la beberemos, si es la voluntad de Dios. Entiéndase por “Dios” la ciega fortuna, naturalmente.

Gracias a esta línea de pensamiento, que la Hermana Constante llama “pachorra” y yo prefiero llamar “serenidad”, es difícil tener miedo a lo que todavía no tenemos delante, y así es como me doy el lujo de protestar por trabajar, por madrugar y por hablar con gente con la que no he elegido hablar. Con este cuajo que me caracteriza y sin sonrojo alguno.

galeres

En otro sentido, el trabajo está bien y los compañeros también, como suele ocurrir en esta profesión.  Acabo de entrar en Los hombres de Paco y estoy apretándome las siete temporadas que lleva en antena, en formato escrito y en  formato audiovisual, con toda la calma y la paciencia del mundo. Pero  luego volveremos sobre este asunto, si les parece bien.

b) Sin (aparente) relación con lo anterior, un buen día me levanté hasta las pelotas de todo lo que es, o yo creo que es, el Lector Constante. La Biblioteca, el blog, el programa de radio y el recomendar, buscar, prestar y pasear libros a cascoporro. De repente me pareció completamente innecesario, porque yo ya sé lo que estoy leyendo y no me hace falta repetirlo aquí o en la radio, y ustedes tienen a su disposición infinidad de blogs sobre la cosa literaria, que recomiendan, critican y analizan con mucho más criterio que yo, así que tampoco necesitan realmente venir aquí.

Este cegador destello de lo obvio ha ido adquiriendo matices con el paso de los días. No, no he perdido el impulso de parar a la gente por la calle y enseñarles cuatro frases portentosas de lo que estoy leyendo. Todavía cierro el libro, respiro hondo, miro a la pared y me retuerzo de ganas de pintar sobre ella ese hallazgo con letras que puedan verse desde el espacio. Todavía fastidio a los amigos que visitan la Biblioteca Constante para que se lleven esto o aquello, que hace la vida mucho más llevadera o que abre puertas que ya no pueden volver a cerrarse. Pero aún más a menudo me encuentro pensando “qué hago yo aquí y qué sentido tiene esto“. Normalmente no me lo pregunto porque ya lo sé: lo que hago aquí es escribir, que es una actividad placentera per se, y el sentido de todo esto no es más que la información y la diversión, que también contienen en sí su propio sentido.

Dejo de aburrirles, que esto empieza a parecer una súplica desesperada de feedback y no era ésa la intención. La sensación de “yo qué carajo estoy haciendo aquí, con todo lo que tengo para leer” no es nueva, es un clásico de nuestros días, y la interpreto como una señal de que algo no está yendo por donde debe y de que ya va siendo hora de hacer las cosas de otra manera. Todavía no sé de cuál. Sé que me apetece contarles otras cosas, divagar sobremanera y perder de vista el formato usual. Abrir las ventanas, airear el desván, escribir entradas de doce líneas, escribir en ripio, escribir en asturiano, hacer el canelo y ahí me las den todas.

c) Así que, si les parece, vamos a ser alegremente contradictorios con lo que acabo de decir. Estoy leyendo otra vez a Alejandra Pizarnik, que es complicada porque es surrealista, y encontrar frases demoledoras entre sus textos se parece un poco a caminar descalzo sobre hojas secas y pisar inadvertidamente un cristal afilado. Así de bien hacía las cosas esta desgraciada:

BALADA DE LA PIEDRA QUE LLORA

la muerte se muere de risa pero la vida

se muere de llanto pero la muerte pero la vida

pero nada nada nada

Con dos cojones, señora. Venga, uno más:

FIGURAS Y SILENCIOS

Manos crispadas me confinan al exilio.

Ayúdame a no pedir ayuda.

Me quieren anochecer, me van a morir.

Ayúdame a no pedir ayuda.

Eso les cuento. No es que lo recomiende, es que lo estoy leyendo. Otro cegador destello de lo obvio que me asaltó hace unos días: carezco absolutamente de razones objetivas para recomendar lo que leo. Al final se reduce a “me gusta, no me gusta”, como en miles y miles de blogs por toda la red. No tengo ni idea de por qué ustedes deberían leer lo que yo leo. No tengo ni idea de por qué parecía importante que Fulano leyera a Menganita o que Zutano conociera a Perengano. Pero ni idea, oigan. Ya ven qué errático y qué confuso es todo en la Biblioteca Constante. Tengo que pensar más en todo esto, despacito y sin apuros, y lo mismo al final volvemos al punto del que habíamos partido y toda esta tontuna no es más que un poco de alergia al plátano de sombra. Yo qué sé.

d) Volvemos al trabajo. Acabo de llegar, apenas conozco a la gente y no he visto ni un capítulo de una serie que lleva siete temporadas en antena, porque -se acordarán ustedes- no había televisión en la Biblioteca Constante. Ahora tengo un taco de dvds para ver y una carpeta llena de guiones para leer, pero esto lo hago por vicio, porque no es realmente necesario. ¿No?, dirán ustedes. No, contesto yo, porque escribir guiones es más sencillo de lo que parece. Los mecanismos de la narración, creo que ya lo hemos comentado antes, son sota, caballo y rey. A poco que uno lea y escriba y tenga interés, los caza al vuelo y luego los aplica con mejor o peor fortuna. Da igual que uno sea fanático de la serie que escribe o que la aborrezca a muerte, porque escribir es como cocinar, y uno puede preparar perfectamente una pizza de las de fuerte aplauso aunque sea intolerante a la mozzarella.

Otro día les cuento cómo se escribe un guión. No uno bueno, no el mejor guión de la mejor serie del mejor de los mundos, porque una cosa es tener talento y otra tener oficio (y, aunque no son excluyentes, no tienen por qué ir unidos), pero sí uno de muestra, para que los que estén interesados entiendan un poco la mecánica del asunto. Hoy les cuento que esta gente tiene una forma muy curiosa de trabajar y a eso es a lo que estoy intentando hacerme.

Los guiones son historias, no les digo nada que no sepan ya. Los guiones no son más complicados que los cuentos de toda la vida. Érase una vez un pobre leñador que tenía tres hijas. Érase una vez una princesa que vivía en un palacio dorado, y un buen día enfermó y no podía levantarse de la cama. Érase una vez un mafioso que regentaba seis burdeles y ocho bares clandestinos, y un buen día llegó un policía a la ciudad que quería joderle el negocio. No hay mucha diferencia, ¿verdad? Bueno, pues sí que la hay. Lo que yo estoy escribiendo y ustedes están leyendo va a verse, es decir, va a ser visual y no solamente narrativo. El mafioso tiene cara y cuerpo, y en lugar de una pantalla negra y una voz en off que diga: Giancarlo entró en la trattoria, vamos a ver a un señor trajeado entrando en un bonito restaurante con manteles a cuadros y murales de la Toscana. ¿Captan la diferencia? Estupendo.

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Yo tiendo a irme a lo narrativo, y no encuentro nada malo en una película narrada con dos personas sentadas a una mesa contándose lo que ha ocurrido, pero eso es un defecto mío y todavía estoy peleando para corregirlo. Los guionistas de Los hombres de Paco lo hacen bien y yo voy a intentar aprender a hacerlo así, a ver si, con el tiempo y una caña, me sale solo. Estos muchachos tienen su trama pensada, saben lo que quieren que ocurra, y entonces dicen: “Pensemos en una imagen que queramos ver en pantalla, una imagen que, aislada del contexto, te haga desear quedarte a ver qué coño está pasando ahí”. Se hace el silencio, los muchachos piensan y yo me quedo con cara de deficiente, porque en mi cabeza las cosas ocurren en palabras, no en imágenes. O más en palabras que en imágenes, en todo caso.

Hagan el ejercicio si tienen un rato y están lo bastante ociosos. Imaginen. Busquen algo con colores y contornos, con un ángulo y una luz, con sonido y movimiento. ¿Les parece fácil? Pues yo llevo tres días aparcando los libros y revisando tebeos (La narración gráfica de Eisner, los libros de Scott sobre la técnica del cómic), series y películas, en un intento desesperado de reajustar mi sistema a un entorno visual. Yo, que no distingo entre izquierda y derecha, que soy incapaz de visualizar un cubo girando, que no entiendo los mapas y mucho menos los planos, que perdí las referencias de tiempo y espacio y que considero las coordenadas un lenguaje abstracto y aterrador y vertiginoso.

En eso estoy mientras llueve ahí fuera y suenan guitarras. ¿Qué están haciendo ustedes? ¿Algo bonito? Seguro que sí.

Tan chiquita como era

Ya lo sé, ya lo sé. Estoy en paro, estoy ociosa y vergüenza debería darme lo abandonados que les tengo. Pero es que el sol entra por mis ventanas y yo me voy a leer al sofá o a la terraza, y cuando me doy cuenta me he dormido y ha cambiado el color del día y ya no hago nada que pueda serle útil a nadie. Tsk.

Tengo cosillas pensadas, siempre estoy leyendo algo que me gustaría que ustedes leyeran, pero ya se habrán dado cuenta de que no soy capaz de poner un extracto, anotar los datos básicos y ahí me las den todas. No, eso nunca cuela, siempre tengo que buscar imágenes molonas, anécdotas bellas de la biografía del autor, otros trabajos menos conocidos y cualquier otra minucia que me parezca que va a interesarles a ustedes y que no provenga de la Wikipedia. Que no es que yo tenga nada en contra de la Wiki, Yaveh nos la conserve, pero para ese viaje no necesitaban ustedes alforjas. Y así, por una cosa o por otra, me dejo sin recomendar maravillas sin cuento.

Así que, aunque sea solamente para volver a poner en marcha la rueda, les traigo hoy el comienzo de un cuento estupendo de un autor portentoso. Esto se llama La peste en el barrio judío, está sacado del libro De noche, bajo el  puente de piedra y lo escribió el Grande y Terrible Leo Perutz. La edición que yo tengo es del año en que reinó Carolo, de Acervo Cultural, y está traducido del alemán por las señoritas Annie Reney y Elvira Martín. Parece que está complicado de encontrar, porque Destino, que  ha editado otras obras de Perutz, la reeditó en el año 2005 y yo no he vuelto a verla en ninguna parte, ni en librerías normalitas ni en las de segunda mano. El ejemplar de la Biblioteca Constante está a disposición del que lo pida (y prometa devolverlo, que mis fondos se ven muy mermados por culpa de los morosos). Echen un ojo, a ver si les gusta.

***

En el otoño del año 1589, cuando la muerte hacía grandes estragos entre los niños del barrio judío de Praga, dos pobres cómicos ambulantes, hombres encanecidos ya, que ganaban el sustento haciendo reír a los invitados de bodas y festines, caminaban por la calle Beleles, que desde la plaza de Nicolás conducía al cementerio judío.

Oscurecía. Los dos se sentían débiles y hambrientos, pues hacía dos días que no probaban más que unos mendrugos de pan. Eran tiempos difíciles para los cómicos; en esos días en que la ira de Dios había caído sobre los niños inocentes no había bodas ni festines en la judería. Uno de ellos, Oso Manso, hacía ya una semana que llevara al prestamista Marcos Koprivy la hirsuta piel que le servía para disfrazarse de animal salvaje y realizar sus cómicas piruetas. El otro, Jaimito el Loco, había empeñado sus cascabeles de plata. Ya no les quedaban ahora más que la ropa y el calzado, y Jaimito el Loco conservaba todavía su violín por el cual el prestamista no había querido darle nada.

Marchaban despacio, pues la oscuridad no era completa aún y no deseaban que los vieran entrar en el cementerio. Muchos años hacía que con su honrado trabajo ganaban el sustento diario y las necesidades del sábado, y ahora tan a menos habían venido que precisaban acudir al cementerio a recoger las monedas de cobre que a veces dejan los fieles para los pobres sobre las piedras.

Cuando llegaron al final de la calle Beleles y vieron a su izquierda la muralla del cementerio, Jaimito el Loco se detuvo, señalando la puerta de Gerson Jalel, el zapatero remendón.

–Si aún está despierta Flor –dijo–, la hijita del zapatero, voy a tocarle la canción:

Mis años son cinco,

Mi corazón da un brinco.

Y ella saldrá por la puerta y bailará en la calle.

 

Oso Manso se despertó. Soñaba con una sopa caliente de coles con tropezones de carne.

–Estás loco –gruñó–. Cuando venga el Mesías y cure a todos los enfermos, tú seguirás siendo loco. ¿Qué me importa Flor, la hijita del zapatero? ¿Para qué quieres que baile? Siento el hambre hasta en los huesos.

–Si tienes hambre en los huesos, toma un cuchillo, afílalo bien y cuélgate –dijo Jaimito el Loco, y tomando el violín que pendía de su espalda, empezó a tocar.

 

Pero por más que tocó no quiso salir la hijita del zapatero.

 

Jaimito el Loco bajó el violín y permaneció perplejo. Cruzó la calle y miró dentro de la casa por la ventana abierta.

La habitación estaba vacía y a oscuras, pero de la alcoba salía luz, y Jaimito el Loco vio al zapatero y a su mujer sentados en banquetas bajas y cantando las oraciones por su hijita Flor, a quien habían enterrado la víspera.

–Ha muerto; así que también el zapatero cayó de las nubes al duro suelo. Nada poseo, pero daría cualquier cosa por que ella estuviese con vida. Tan chiquita como era y sin embargo al verla sentía como si el mundo estuviera en su mirada. Cinco años tenía y ya le tocó morder la fría tierra.

–Cuando la muerte va al mercado compra de todo –murmuró Oso Manso–. Nada le parece poca cosa.

Y en voz baja recitaron los dos, mientras proseguían su camino, las palabras del salmo del rey David:

“Ahora que morarás bajo la sombra del Omnipotente, no te sobrevendrá mal. Pues que a sus ángeles mandará acerca de ti, que te guarden en todos sus caminos. En las manos te llevarán, por que tu pie no tropiece en piedra…”.

La noche había cerrado por completo. En el cielo, entre oscuras nubes de lluvia, había una luna pálida. Tanto era el silencio de las calles, que desde el río llegaba el susurro del agua. Temerosos y asustados, como si sus propósitos fueran contrarios a lo que Dios manda, entraron por la puerta estrecha al jardín de los muertos.

Se extendían bajo la luna, inmóvil y silenciosa, las oscuras aguas, plenas de misterio, del río Sabatión, las que quedan quietas en el Día del Señor. Las piedras blancas y grises se inclinaban unas hacia otras como si aisladas no pudieran con el peso de los años. Los árboles alzaban sus ramas deshojadas a las nubes como en confusa queja.

Jaimito el Loco iba delante, siguiéndole Oso Manso como una sombra. Marcharon por un caminillo estrecho, entre jazmineros y saúcos, hasta llegar a la carcomida piedra del rabino Avigdor. Aquí, sobre la sepultura del gran santo cuyo nombre era una luz en las tinieblas del exilio, Jaimito el Loco encontró un penique plano de Maguncia, un tres de cobre y dos moneditas lombardas. Siguió andando hasta donde, bajo un arce, se hallaba la piedra del rabino Gedalia, el famoso médico.

De repente, Jaimito el Loco se detuvo y trató de asir a su compañero por un brazo.

–Oye –susurró–, no estamos solos. ¿No oyes ese murmullo que pasa?

–Loco –dijo Oso Manso, que acababa de encontrar una gruesa moneda bohemia, algo doblada, que se metió en el bolsillo–. Loco, es el viento que barre las hojas secas caídas.

–¡Oso Manso! –dijo con voz estrangulada Jaimito el Loco–, ¿no ves contra la muralla resplandecer y relucir algo?

–Si estás loco –gruñó Oso Manso–, bebe vinagre, cabalga en un palo y ordeña chivos, pero a mí déjame en paz. Lo que tú ves son las piedras blancas, que la luna hace relucir.

Pero de repente se escondió la luna entre las oscuras nubes, y Oso Manso vio que no se trataba de las piedras blancas, no; junto a la muralla del cementerio flotaban en el aire figuras luminosas, niños con largas túnicas blancas que asidos de las manos se mecían como bailando sobre sus tumbas frescas. Y por encima de ellos, invisible para el ojo humano, se hallaba el Ángel de Dios que los custodiaba.

–¡Que Dios se apiade de mí! –gimió Oso Manso–. Jaimito el Loco, ¿ves tú lo que yo veo?

–¡Alabado sea el Creador del Mundo! Sólo Él hace los milagros –susurró Jaimito el Loco–. Veo a Flor, la palomita, la inocente, y a los dos niños de mi vecino, que han muerto hace siete días, los veo también.

Y al reconocer ahora que era el otro mundo lo que se manifestaba ante sus ojos, quedaron sobrecogidos de espanto, se volvieron y echaron a correr, saltando sobre las piedras sepulcrales, tropezando con las ramas, cayendo y enderezándose, huyendo por su vida, y no se detuvieron hasta verse de vuelta en la calle.

Sólo al llegar allí dijo Jaimito el Loco, volviéndose hacia su compañero:

–Oso Manso, ¿vives todavía? ¿estás aquí? –y los dientes le castañeteaban.

–Vivo y entono alabanzas a mi Creador –respondió la voz de Oso Manso en la oscuridad–. En verdad que la mano de la muerte se ha posado sobre mí.

Y por el hecho de haber quedado ambos con vida, reconocieron ser voluntad de Dios que dieran testimonio de lo que habían visto.

Quedáronse todavía un momento en la oscuridad, deliberando en baja voz, y luego se fueron a buscar al rey secreto en su casa, el alto rabino, que era versado en el lenguaje de los muertos, escuchaba las voces de los abismos y sabía interpretar los terribles signos del Señor [...].

***

A mí me escalofría muchísimo eso de “Cuando la muerte va al mercado compra de todo, nada le parece poca cosa”. Brrrrfs. Qué bien escribe este señor, ¿verdad? En De noche, bajo el puente de piedra tienen ustedes historias estupendas, como la del condenado a muerte que oyó hablar a los perros de un tesoro escondido, o la del duelo entre dos caballeros que obligó a uno de ellos a bailar sin descanso una zarabanda durante una larga y aterradora noche, o la del amor del emperador Rodolfo II por la bella judía Ester, la mujer de Mordecai Meisl, el hombre a quien persigue el dinero. Entre otras cosas igual de bellas.

Los Amigos Lectores de novela negra pueden echarle también un vistazo a El maestro del juicio final, que se encuentra con facilidad de segunda mano, editado por Alianza Emecé en la colección Selecciones del Séptimo Círculo, que es el sello que crearon Borges y Bioy Casares para editar sus policiacas favoritas y que tiene cosas bien bonitas y necesarias.

Con esto les dejo, Amigos. A ver si se me acaba el ocio de una puta vez, y entonces tendré miles de cosas que contarles y ni diez minutos para hacerlo y lamentaré no haberlo hecho en estos largos, largos días en los que no hago nada más que leer y tocarme a dos manos el pozo de los gozos. Tsk.

Tengan cuidado ahí fuera, donde nos tocará morder la fría tierra.

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