Buenas días, Amigos y Desconocidos Lectores Constantes.
Hoy les traigo una cosa estupenda, y donde digo “estupenda” ustedes tienen que entender “lo mejor que he leído en toda la semana”. Si me apuran, hasta en todo el mes. Una cosa increíble, una cosa portentosa, una cosa para imprimir y repartir a las buenas gentes que cogen el metro y se dan cuenta, demasiado tarde, de que se han olvidado el libro en casa. Breve introducción y vamos al asunto.
Lo que van a leer es un extracto del prólogo que James Ellroy escribió para Hollywood Station, un libro bellísimo de Joseph Wambaugh. Lo traduce Concha Cardeñoso y lo edita Norma, en la colección verticales de bolsillo. No es que les esté recomendando el libro, que también: es que les estoy recomendando el prólogo. Ustedes, Amigos, necesitan leerlo como el sediento necesita el agua fresca. De verdad que sí. Y ahora les cuento por qué.

A mí no suelen gustarme demasiado los textos sobre el placer de leer. Me aburren un poquito y me quitan tiempo para hacer otras cosas más interesantes, tal que leer algo estupendo. No necesito que nadie me diga que leer es bueno, que es bello y que es necesario. Yo ya lo sé y ustedes también, o no estarían aquí. Si uno tiene doce años y lleva gafas grandes y se pasa leyendo el tiempo que los demás pasan corriendo por el parque, está bien que pueda sentirse identificado con (y justificado por) un personaje como Bastián Baltasar Bux. Pero los que hemos cumplido los trece (o incluso alguno más) ya no tenemos que explicar por qué decidimos dejarnos el ojo bueno en un texto de mil quinientas páginas. Entre otras cosas, porque no le interesa a nadie. Son nuestros perjúmenes.
La excepción perfecta a esta regla es el texto que van a leer. Los que ya conozcan a Ellroy, no se sorprenderán. Los que lo estén leyendo por primera vez, prepárense a pasmarse. El extracto es largo, ya lo sé, pero confíen en mí cuando les digo que esto hay que leerlo y que hay que leerlo hasta el final. Luego me cuentan qué les ha parecido. Alehop.
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HOMENAJE A JOE
Otoño del setenta y tres. Tenía veinticinco años. Me pateaba L.A. desenfrenadamente, con cautela. Tenía una pinta grotesca. Medía metro noventa y pesaba sesenta y tres. Tenía el torso en pura pústula. Me alimentaba de fiambre que robaba, comida rápida que no pagaba, vino Thunderbird y drogas. Dormía en un contenedor de Goodwill detrás de un súper Mayfair. Me quedaba estrecho. Un revoltijo de ropa vieja me proporcionaba calor y la mínima comodidad. Vivía lejos de los bajos fondos y los campamentos generales de perros callejeros. Llevaba encima una navaja de afeitar y me afeitaba en las gasolineras con jabón en polvo del lavabo. Minimizaba la suciedad visible y el mal olor rociándome con las mangueras de los jardines. Vendía mi plasma sanguíneo por cinco pavos la sesión. Vagaba por L.A. De vez en cuando me dejaba caer una temporada por la cárcel del condado. Mangaba revistas guarras y me hacía pajas en el contenedor de Goodwill de mi propiedad.
Era un misántropo menor con una misión. La misión era LEER. Leía en bibliotecas públicas y en mi contenedor. Leía exclusivamente libros policíacos. Hacía quince años que había entrado en vigor el mandato del estudio del crimen. Mi madre fue asesinada en junio del cincuenta y ocho. Fue un caso sexual sin resolver. Tenía entonces diez años. La muerte de mi madre no me supuso un trauma infantil al uso. Odiaba y deseaba a esa mujer. El asesinato fue instalándose en mi currículo mental y me invitaba a una obsesión a jornada completa. La asignatura de estudio era el CRIMEN.
Otoño del setenta y tres. Días cálidos empañados por la contaminación. Noches de calambres en el contenedor de Goodwill.
Joseph Wambaugh publicó un libro nuevo. Se titulaba Campo de cebollas. Fue la primera incursión de Wambaugh en la no ficción. Dos rufianes raptan a dos hombres del LAPD. A partir de ahí, las cosas se ponen feas. Leí un extracto de prepublicación en una revista. Me quedé medio traspuesto en medio de la biblioteca Hollywood. El extracto era breve. Me dio con la puerta en las narices y me quedé con ganas de más. Se acercaba la fecha de publicación. Dos visitas al banco de sangre me cubrirían el PVP del libro y me quedaría algo para bebida. Vendí el plasma. Me dieron la pasta. Me fundí la susodicha en vinacho T-bird, tabaco y perros calientes. Rabiaba por leer ese libro. Necesidades encontradas y más imperiosas me lo impedían. Todo era contrariedad. La contradicción se apoderó de mí. Las compulsiones químicas de supervivencia luchaban contra la necesidad superior de la lectura. Me coloqué y fui a Hollywood a dedo. Entré en la librería Pickwick. Me saqué los faldones de la camisa y aproveché mi delgada fisonomía. Me metí un ejemplar de Campo de cebollas en los pantalones y salí por piernas.
El destino intercedió… en forma del LAPD.
Llegué a la página 80, más o menos. Lecturas diurnas en bancos públicos, lecturas nocturnas en el contenedor. Conocí a los dos polis secuestrados y me cayeron bien. Ian Campbell: condenado a morir joven. Un gaitero americanoescocés. Espabilado, un poco tristón. Desplazado en el cincuenta y ocho a L.A. ¿Me hago policía? Por qué no. Ser respetado, rozar el lado salvaje, embolsarse cinco de los grandes al mes. Karl Hettinger: compañero de Campbell. Ingenio cáustico, cinismo aparente, nervios de punta por dentro. Gregory Powell y Jimmy Smith: un tándem como sal y pimienta. Están en libertad condicional. Powell, el blanco, es el perro alfa. Es un pervertido total, delgado, cuellilargo. Smith, el negro, es la bomba. Hace de perrito faldero y de paso se tira a la zorra de Powell. Han salido a atracar licorerías. Campbell y Hettinger cubren la ronda nocturna. Se produce el choque entre los cuatro hombres. El destino manda. Todo se tuerce que te cagas.
“Toc, toc”, porrazos en la puerta de mi contenedor de Goodwill.
Son los agentes Dukeshearer y McCabe, LAPD, distrito de Wilshire. No es la primera vez que me trincan. Esta vez no es más que una redada rutinaria de borrachos. Alguien me vio entrar en el contenedor y avisó a la pasma. Dukeshearer y McCabe me tratan con la amabilidad expansiva que la poli dispensa a los patéticos. Ven el ejemplar de Campo de cebollas y alaban mis preferencias lectoras. Voy a la comisaría de Wilshire. Desaparece el ejemplar número 1 de Campo de cebollas.
Por la mañana me procesaron. Me declaré culpable. El juez dictaminó que la condena estaba cumplida. Eso no significó que me soltaran al momento. Significó ingreso en la prisión del condado y puesta en libertad desde allí.
El ingreso duró dieciséis horas. Registro de cavidades, rayos equis del pecho, análisis de sangre, despioje. Exposición intensiva a diversas variedades canallescas autóctonas de L. A.: todos me ganaban en machismo y panache. Una drag queen mexicana, de nombre Peaches, me apretó la rodilla. Le metí un puñetazo en la jeta al puto cabrón. Peaches cayó al suelo, se levantó y me hinchó a hostias. Dos ayudantes del sheriff atajaron la trifulca. Les hizo gracia. Algunos internos aplaudieron a Peaches. Unos cuantos me abuchearon.
Quería volver a mi contenedor. Quería volver a la Hora del Crimen. Quería irme con Ian, Karl y los asesinos.
En veinte horas acabé el proceso de entrada y salida de la cárcel. La Hora del Crimen se convirtió en la Hora Wambaugh. Robé una pinta de vodka, me coloqué y fui andando a Hollywood. Entré en la librería Pickwick y robé el ejemplar número 2 de Campo de cebollas. Leí unas páginas en un banco y entré en el contenedor al anochecer. Llegué a la página 150, más o menos.
“Toc, toc”, porrazos en la puerta de mi contenedor de Goodwill.
Son los agentes Dukeshearer y McCabe, LAPD (distrito de Wilshire). Chaval, te metiste en el contenedor, te vieron. Dios, estás leyendo otra vez ese libro de Wambaugh.
El mismo proceso. La misma redada rutinaria de borrachos. El mismo juez. La misma condena cumplida. El mismo ingreso y libertad, veinte horas más, bien cumplidas.
Vejatorio. Agotador. Vuelta a cagarla hasta el fondo. Definición de lunático: el que hace la misma majadería una y otra vez y espera resultados distintos.
Quería volver al libro. Me había colgado de la Hora Wambaugh y me comían los remordimientos infligidos por Wambaugh.
Eres escocés, como Ian Campbell. Pero: no sabes tocar la gaita porque para eso hace falta disciplina y práctica. Y: eres patizambo y tienes las piernas huesudas, estarías ridículo con el kilt ancestral.
Ya, pero no eres escoria como Powell y Smith. No, pero sobrevives robando. Ya, pero no eres despiadado. No, pero no tienes agallas para atracar licorerías. Un peso gallo marica te hinchó a hostias.
Hora Wambaugh. Remordimientos infligidos por Wambaugh. ¿Aprendes algo? ¿Cambias el rumbo? … No, todavía no.
Salí de la cárcel. Robé una pinta de vodka, me coloqué y fui andando a Hollywood. Entré en la librería Pickwick y robé el ejemplar número 3 de Campo de cebollas. Leí unas páginas en un banco del parque y me acurruqué detrás de un seto, cerca de mi contenedor. Esta vez llegué a la 250, más o menos.
“Zas, zas”, caricias de porras en las piernas.
Son dos polis nuevos, del LAPD (distrito de Wilshire). Vuelta a lo mismo, prácticamente.
Pierdo el ejemplar número 3. Voy a la comisaría de Wilshire. Voy al juzgado y veo al mismo juez. Está harto de mi teatro. Le ofende mi jeta de andrajoso. Me da a elegir: seis meses en una cárcel del condado o tres en la misión Harbor Light del Ejército de Salvación. Sopeso las opciones. Opto por los himnos en los bajos fondos.
El programa era sencillo y se cumplía con rigidez. Se toma la droga Antabuse. Se supone que impide la ingesta de alcohol. Si privas, te pones malo con todas las de la ley. Se comparte habitación con otro borracho. Se asiste a los servicios religiosos, se da de comer a los vagabundos y se reparten folletos de Jesús por todos los bajos fondos.
Lo hice. Tomé Antabuse, me aguanté el síndrome de abstinencia y no bebí. Dormía fatal. No paraba de montarme películas sobre el final de Campo de cebollas. Compartía una habitación con un ex sacerdote borrachín. Dejó la iglesia para vagabundear, beber y perseguir chuminos. Era un gran lector. Despreció mi currículo de libros policíacos en exclusiva. Lo mismo le daba Joseph Wambaugh que Jesús o Rin Tin Tin. Intenté explicarle lo que significaba Wambaugh. Los pensamientos se me desparramaron, descoyuntados. La verdad es que no me aclaraba.
El banco de sangre estaba a tres manzanas de la misión. Dos ventas de plasma me proporcionaron dinero para el libro. Fui andando a una librería del centro. Compré el ejemplar número 4 de Campo de cebollas y lo leí entero.
Ian muere. Karl sobrevive, destrozado. Jimmy y Greg se aprovechan de los vericuetos del sistema legal y se libran del justo destino de morir. Indignación de Wambaugh. Terrible compasión de Wambaugh. Su mensaje de esperanza al final, claramente definido, suavemente enmudecido.
El libro me conmovió, me asustó y me recriminó la vida irresponsable que llevaba. El libro me sacó indirectamente de mí y me hizo mirar a la gente en atento silencio.
Me largué de la misión temprano. Quería vagabundear, leer y beber. Dejé el Antabuse y me reintoxiqué. Me encontré con un viejo amigo del instituto. Tenía un plan delictivo de los de poca monta, de los “es perfecto, no te lo pierdas”.
Vivía al sur de Melrose, justo enfrente del restaurante Nickodelle. El bar estaba a rebosar de borrachos pudientes. Yo asaltaría a los borrachos en el aparcamiento y los dejaría fuera de combate. Cruzaría Melrose de una carrera y llegaría a su casa en dieciséis segundos clavados.
Me negué. No se levanta la mano a otro ser humano gratuitamente. Eso no lo aprendí de pequeño con los luteranos. Con Joseph Wambaugh, sí.
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A los que hayan llegado hasta aquí, felicidades. No sé si el esfuerzo les habrá merecido la pena, pero ahí tienen la sección de comentarios para explayarse al respecto. Si se han quedado con ganas de más, el prólogo continúa durante otras dieciocho páginas, tan buenas y tan adictivas como lo que han leído hasta ahora. Y si creen que Ellroy estaba exagerando un poco, anímense a leer Hollywood Station. A mí me lo prestó mi compañero Gorka, Alá le dé la paz y la alegría, y yo voy a comprar mi propio ejemplar, pero no me importaría fundirme la pasta en una pinta de vodka, robarlo en la librería Pickwick y leerlo dentro de un contenedor.
Tengan cuidado ahí fuera, donde leer es bueno, es bello y es necesario.