• Categorías
  • Hijo de las eras primitivas

    Buenos días, Amigos y Desconocidos Lectores Constantes.

    Qué alegría volver a verles. Dos rápidos apuntes y vamos al turrón.

    1) Desde que empecé a escribir esta entrada hasta hoy, ha pasado nucho, mucho tiempo. Por alguna razón me vi incapaz de venir a decirles lo que estaba leyendo y lo que ustedes deberían leer. Los placeres fáciles de tumblr y facebook me llamaron con sus cantos de sirena y me abandoné a ellos sin oponer resistencia. Tampoco es que haya ocurrido nada importantísimo durante este tiempo de ausencia: he cambiado de curro unas cuantas veces (tres, concretamente) pero sigo escribiendo esas series que ustedes no ven; me han regalado un cacharro electrónico de ésos para leer, que llevo encima para el metro y el tren, pero sigo leyendo tochos en papel, porque hojear es justo y necesario; los pájaros cantan, las nubes se levantan. Poco más.

    2) Mis buenos amigos Alejandro Monge y Ana Díaz decidieron darle una vuelta al diseño del blog, que ha quedado tan bonito como lo están viendo. Su intención era renovarlo y animarme así a retomar el asunto, como cuando empiezas el curso y tienes cuadernos nuevos y te prometes que esta vez sí, esta vez de verdad, esta vez vas a llevar al día los apuntes y los deberes. Desde noviembre está así de hermoso y yo tocándome la castaña en el sofá. En fin, tarde mejor que nunca. Gracias, Álex y Ana. Sois formidables.

    Y ahora vamos a lo nuestro, si les parece.  Lo que recomiendo hoy es bueno para cualquiera, porque lo bueno no conoce restricciones, pero es especialmente recomendable para los Lectores Constantes que tengan hijos en la preadolescencia y quieran educarlos para superhéroes, no para desgraciados que escupen en el suelo y creen en la homeopatía . El modelo de conducta que les presento hoy es un prehistórico muchachote llamado Rahan. Alehop:

    Rahan, con ese pelazo que le están viendo, era el protagonista del cómic homónimo: Rahan, le fils des ages farouches, lo que vendría a ser Rahan, el hijo de las eras primitivas (aunque farouches es más bien salvajes). Lo editó en los años setenta la editorial Vaillant, y lo firmaban Roger Lécureux, guionista, y André Chéret, dibujante. Cuando era en blanco y negro tenía esta pinta:

    rahan detalle cara blanco y negro

    A España nos lo trajo la editorial Buru Lan, que Alá les dé la paz y la alegría. El Buru es un trocín del apellido de Javier Aramburu, que estaba a los mandos junto con Luis Gasca.  El Lan, ni puta idea. Les sonaría bien, imagino. Como a mitológica ciudad perdida, como a Tarzán en el templo de Buru Lan o algo parecido.

    En la Biblioteca Constante asturiana teníamos un único ejemplar de las aventuras de Rahan: Horda salvaje, que era un tocho que recopilaba varias historias, y que ahora mismo está sobre mi mesa y bajo el culo de Garra Justiciera. Este es:

    No sé quién traducía del francés a nuestro héroe, porque en mis tebeos no figura el dato, pero sigo buscando. Si alguno de ustedes lo sabe, siéntase libre de venir a contárnoslo en la sección de comentarios.

    ¿Y quién es Rahan? Pues un troglodita alto, rubio, de ojos azules y piel blanca, cógete el coño. Leo en esta web que la revista que lo publicaba, Pif, era comunista y que el aspecto ario de Rahan respondía únicamente al deseo de hacerlo diferente de Tarzán, que es su fuente más obvia. Del propio Rahan saldrían más tarde otras copias más o menos disimuladas, una serie de dibujos animados y hasta un proyecto de película, con el desgraciado de Mark Dacascos como protagonista, que nunca llegó a ver la luz.

    El aspecto de Rahan no era lo único que cantaba la Traviata y pasmaba al joven lector: el señor Lecureux se pasaba por la vírgula, con una desvergüenza encantadora, los datos reales que tenemos sobre ese periodo histórico. Aunque, bien pensado… ¿qué periodo era ése?  Repaso mis tebeos y observo que el contexto de Rahan nunca estaba fechado con exactitud. Un épico en los albores de la humanidad bastaba para dar a entender que todavía había megafauna, que los hombres aún no conocían el fuego y que nuestro héroe, más listo y más guapo que el resto, corría peligros sin cuento en una naturaleza bastante hostil.

    No sé si hemos hablado aquí de las etapas de la forja del héroe. Si no lo hemos hecho, otro día lo haremos. Por ahora, básteles saber que en muchas ocasiones, el héroe está marcado como tal desde su nacimiento o incluso antes: hay profecías o suceden portentos y prodigios que son señal de su llegada, como en el mito de Jesucristo o el de los héroes clásicos, donde siempre un augur presagiaba su nacimiento, una princesa soñaba que una antorcha crecía en su vientre y causaría el incendio de la ciudad, una lluvia de estrellas caía a tierra o unos animales parlantes pasmaban a los sencillos campesinos. Esto ocurre así por una razón: el héroe es distinto a los demás, aunque pueda parecer uno de tantos. Algunos muestran ya su diferencia desde niños, como el pequeño Hércules estrangulando a dos serpientes en la cuna, y otros reciben la revelación más adelante, pero el caso es que el héroe no es como los que le rodean y esa diferencia es la causa de su triunfo o de su caída. Otro día abundaremos en esta cuestión.

    La infancia de Rahan está marcada también: sus padres murieron cuando él era un cavernícola chiquitín, atacados por un bicho salvaje, y otro prehistórico señor llamado Crao, jefe de un clan, lo encontró y lo adoptó. Esto es un clásico como un castillo: el niño robado, cambiado o adoptado que crece en un lugar al que no pertenece. Según el mito, unas veces el niño lo sabe (o se lo dejan bien clarito los otros niños, tirándole piedras y llamándole hijo de buitres) y otras veces no, pero se entera al alcanzar la adolescencia, la edad de los descubrimientos. En ambos casos hay siempre una señal de partida, un momento en el que se rompe lo cotidiano y llega la llamada a lo extraordinario. En el caso de Rahan, esta señal es la erupción del volcán bajo el que vive su tribu, que causa la muerte de todo el clan y también la de Crao, su padre, su mentor.

    La muerte del anciano sabio también es un clásico en la formación del héroe. El anciano sabio le acompaña una parte del camino, le da enseñanzas morales o conocimientos que va a necesitar cuando él falte y le encomienda una misión. Si están ustedes pensando en Gandalf, Obi Wan Kenobi o Albus Dumbledore, lo han pillado a la perfección. A veces su muerte y la misión van estrechamente unidas y el héroe debe vengar a su maestro. Otras veces, como en el caso que nos ocupa, el anciano sabio le da al héroe un talismán, un objeto de poder, que necesitará en el transcurso de sus aventuras o que, sencillamente, le recuerda quién es y qué debe hacer. ¿Les suena el ÁURYN de La historia interminable? Pues eso. Antes de morir, Crao le dio a Rahan el collar de garras de oso que llevaba al cuello. Vean:

    Rahan y Crao

    El collar tenía cinco garras y cada garra simbolizaba una virtud de los hombres o, en lengua rahánica, de los que caminan a dos patas: el valor, la lealtad, la generosidad, la tenacidad y la sabiduría (si mi francés no me engaña).  El collar ayudaría a Rahan a mantenerse fiel a esas virtudes hasta que, con el tiempo y una caña, se hiciera merecedor de añadir una sexta garra. La sexta garra, dice la Wiki, la obtuvo después de casarse y simbolizaba la curiosidad.  Esa aventura no llegué a leerla, porque en mi Biblioteca sólo hay tres ejemplares de Rahan, el tocho y otros dos más finitos, y en ninguno de ellos figura. Pero ahora les contaré por qué Rahan merecía esa garra más que ningún otro cavernícola.

    rahan-crao 5vertus

    Rahan prometió a su moribundo padre que se haría digno de llevar su collar y, con estos sencillos valores y su cuchillo de marfil, andaba por la prehistoria haciendo el bien sin mirar a quién, como el Equipo A. Y también como ellos, en cuanto había terminado de desfacer el entuerto, se ponía otra vez en marcha, rumbo a lo desconocido, permitiendo así que los jóvenes lectores pudieran leer cualquier aventura sin haber leído las anteriores y obligando al sufrido guionista a crear nuevos personajes y distintos conflictos.

    La aventura clásica de Rahan, aunque las hay de varios tipos y en un ratín hablaremos de ellos, seguía el siguiente esquema:

    1) Iba Rahan tan tranquilo por el bosque, la llanura, el río o la montaña, cuando le caía encima un bicho de proporciones aterradoras e intenciones muy chungas. Nunca faltaban candidatos. Había gorilas, que también caminaban a dos patas y usaban las otras dos para darle a Rahan hostias como panes,

    había lobos hambrientos de ojos amarillos,

    había leones rugientes,

    había panteras y guepardos, de poderosas garras,

    y había, en fin, tiburones, jabalíes, serpientes, cocodrilos, buitres, rinocerontes y hasta puercoespines, todos dispuestos a hacerle un destrozo a Rahan. Pero lo que de verdad hacía las delicias del joven lector era la megafauna, el bicho extinto, la fiera exótica. Rahan se batía el cobre con lo mejorcito de la prehistoria. Había hermosísimos tigres de dientes de sable,

    membranosos pterodáctilos,

    mamuts peluditos,

    y, por supuesto, estaba nuestro viejo amigo…

    ¡El dinosaurio! ¡El dinosaurio!

    En las peleas, Rahan hablaba de sí mismo en tercera persona: ¡Rahan acabará contigo! o ¡No conseguirás matar a Rahan! eran exabruptos habituales, que el joven lector atesoraba encantado para usarlos en futuras peleas de patio. Por si eso fuera poco, bautizaba a los bichos con estupendos nombres de vaga resonancia prehistórica:  ¡Baha no volverá a devorar a los que caminan a dos patas!, le decía al puma al que acababa de escabechar. ¡Atrás, Wampa! ¡Rahan no se ha entretenido pescando para ti!, le gritaba al pterodáctilo que intentaba robarle sus peces. ¡Rahan no te teme, Taraok!, bramaba frente a un rinoceronte muy cabreado, y así con todos los bichos. Alegría y alborozo.

    Además de cascarse con la agresiva fauna de las eras primitivas, Rahan se  enfrentaba también a la temible tormenta,

    al incendio devastador,

    al húmedo tsunami,

    o a cualquier otra catástrofe natural que le cayera cerca. La cosa es que Rahan tenía muy mal lunes. El enfrentamiento con el bicho asesino o con la plaga bíblica nos lleva al siguiente paso.

    2) Rahan luchaba contra lo que se le plantara delante y, en el proceso, aprendía algo. Eso, amigos, es lo mejor que tiene Rahan: que se fija en las cosas, que está al sopesquete, se queda con la copla, y ahora verán cómo y por qué. El arma de Rahan es su cuchillo de marfil y hay como cien aventuras en las que lo pierde, porque ése es el truco más viejo del mundo para crear un conflicto. ¿Qué tiene tu protagonista, qué valora, qué le importa en esta vida? Quítaselo y a ver qué hace.

    A veces se le enredaba en unas hierbas o se le caía a una grieta profundísima en el suelo. O se lo robaba un mono, o lo clavaba en un ciervo y el ciervo salía por patas, o se lo llevaba un pájaro en el pico, o se le caía al agua… El señor Lecureux, con un ingenio que para mí lo quisiera, ideaba una putada tras otra y el joven lector aprendía a esperarlas. ¿Cómo perderá esta vez Rahan su cuchillo?

    Despojado de su única arma, nuestro héroe se desesperaba. Ahí nos enterábamos de que Rahan era un poco tempranillo: el cuchillo no era suyo, lo había robado en un poblado y era poco probable que le dejaran volver para robar otro.

    Total, que a veces recuperaba el cuchillo y a veces no, y entonces tenía que agarrar lo primero que encontraba, una rama, una piedra o unas lianas para defenderse. Si no tenía cerca nada de eso, observaba el truco del animal con el que se estaba pegando y lo volvía en su contra o usaba a su favor el ardiente sol, el resbaladizo hielo, el cortante viento, la rápida corriente del río… Pero en cuanto había acabado con el bicho, meditaba sobre el asunto. Perder el cuchillo era muy peligroso, así que se hacía una lanza atando el cuchillo a una rama, o despellejaba el rabo de Baghaé, la pantera, y se curraba una fundita para llevar el cuchillo atado a la cintura. O se echaba al hombro la rama que le había servido de pértiga para saltar sobre el rinoceronte. O se llevaba el lazo de lianas con el que había apresado al búfalo.

    En resumen, que Rahan era como el manual de los Jóvenes Castores y por eso, como les decía antes, se ganó la uña de la curiosidad, porque no había aventura de la que no saliera más listo. Destripado el tigre de turno y aprendida la lección, llegaba el siguiente paso.

    3) El encuentro con los que caminan a dos patas. En algunas aventuras, tenía lugar a la vez que la pelea con el bicho. Rahan encontraba a un completo desconocido  (o a una completa desconocida, primitiva pero muy mona) a punto de morir y, sin pensárselo dos veces, corría en su ayuda.

    Observen la longitud estratégica del pelo de la chica, recurso habitual para que el tebeo pudiera exhibirse y venderse junto a los Mortadelos y el joven lector no tuviera que esconderlo entre el colchón y el somier, como los de Sukia. Mientras que Rahan llevaba el mismo taparrabos durante todas sus aventuras y solía mostrarse en (casi) todo su esplendor, ellas lucían una especie de coqueto vestidito de piel, que cubría lo justo y enseñaba lo justo. Pero siempre había excepciones, claro. Ahí tenemos una moza primitiva en peligro y en bikini, obra de Enric Badia Romero:

    O esta otra moza, algo más ligera de pieles. Atentos a la primera viñeta, que se ve carnecita.

    rahan y una chica

    Luego volveremos a la presencia de las mujeres en este tebeo, que es un tema interesante. Ahora, a lo nuestro: Rahan vence al bicho o al contratiempo, lanza su famoso grito tarzanesco (un rahaaaa o incluso un rahaaaan que provocan revuelo de pterodáctilos) y se encuentra con los que caminan a dos patas Primera lección para el joven lector: todos los que caminan a dos patas pertenecen a la misma tribu, al mismo clan, y deberían ayudarse unos a otros y no pelear entre ellos. Esto Rahan lo tenía clarísimo y paseaba por la prehistoria saludando alegremente a cada señor peludo que le salía al camino o, como hemos visto, salvándole la vida.

    Los señores peludos, pues unas veces bien y otras fatal, claro, porque algunos eran algo más neandertales que nuestro héroe y, forastero que veían, forastero al que le arrimaban una hostia con una piedra.

    rahan14

    Otros veneraban al mamut, al rayo o a cualquier prehistórica chorrada y la llegada de Rahan, ateo como un demonio, ofendía a estas temerosas criaturas, con lo que, de nuevo, hostia con una piedra grande, que anda que no había piedras a mano. Otros, sencillamente, envidiaban la fuerza, la inteligencia, el cuchillo o el pelazo de Rahan y…   Ya lo van pillando, ¿no? Total, que  segunda lección para el joven lector: los que caminan a dos patas pueden estar sin romanizar y ser más brutos que un menhir, así que cuidadito y no te fíes de cualquiera.

    La primera reacción de Rahan al ataque era siempre pacífica. Proclamaba el clásico “Vengo en son de paz” a su manera: Los que caminan a dos patas pertenecen a la misma horda y deben ayudarse como hermanos. Tercera lección para el joven lector: intenta resolver las cosas sin llegar a las hostias, que a lo mejor se pueden evitar.

    resize 2

     

    Por desgracia, en las eras primitivas el pacifismo era tan desconocido como el champú y a los enemigos de Rahan el discursito les provocaba la risa floja, claro. Total, que caían sobre él como César sobre los galos y ahí llegaba la cuarta parte de la aventura.

    4) La peripecia. Tras el desafortunado encuentro con los que caminan a dos patas, casi siempre nuestro muchacho acababa reducido por su superioridad numérica y maniatado a un poste,

    giant-hook-7

    arrojado a un pozo,

    MTS2_billielith_871583_RahanComic

    lanzado a un río,

    rahan24

    abandonado para que fuera pasto de las fieras,

    1986534-rahan118_31102003_super

    o cualquier otra perrería que les ocurriera a esos congéneres tan poco dados al diálogo. Y ahí era donde Rahan demostraba que se había hecho digno de tres garras de su collar. Con valor, tenacidad y sabiduría, escapaba siempre a su mortal destino. Unas veces la única salida era un arriesgadísimo salto o una peligrosísima escalada,

    rahan25

     

    pero otras veces la cosa se complicaba y Rahan tenía que ser sabio. Ahí es donde recordaba el truco que había aprendido en la pelea con la fiera que daba comienzo al episodio y lo usaba para salir de apuros.

    Picture 15

    Cuarta lección para el joven lector: mueve el puto culo, amigo. A veces las cosas salen mal y hay que hacer algo al respecto. A llorar a la iglesia.

    Finalmente, como no podía ser de otra manera, nuestro héroe salía triunfante. Conseguía desatarse, escalar la pared de la cueva, agarrarse con fuerza al buitre gigantesco, acuchillar al feroz tiburón con una piedra afilada o usar una larga rama como pértiga para saltar sobre el rinoceronte asesino. Si las cosas iban bien, hasta se daba el lujo de volver a visitar a sus enemigos y decirles: Rahan no os teme o incluso: Rahan es más fuerte y poderoso que vosotros. Aún digo más: en ocasiones volvía únicamente para librar a esa manga de anormales de su temor al sol, al rayo o a la crecida del río, o para enseñarles su truco de pesca, caza o protección frente a las fieras. Porque, y espero que no lo hayan olvidado, Rahan es un héroe y el héroe tiene una misión: ayudar a sus semejantes y hacerlos más listos, más fuertes y mejores homo sapiens. Así nos hacemos dignos de las otras dos garras del collar: la lealtad y la generosidad.

    No todas las aventuras de Rahan siguen este esquema. A veces no comienzan con una pelea y sencillamente Rahan va dando un paseo por ahí y se topa con los que caminan a dos patas. Otras veces ni siquiera: hay una aventura estupenda en un mono le roba el cuchillo y sale huyendo. Rahan lo persigue, pero el bicho se deshace del botín arrojándolo a una grieta en el suelo y, durante todo el capítulo, Rahan se dedica a intentar recuperarlo y maldecir al pariente primate (pero sin hacerle daño, porque Rahan mata solamente para comer o defenderse). Otra aventura que en esta casa nos encantaba era la del bebé. Nuestro héroe se tropezaba con una pantera que llevaba un bebé muy pequeño en la boca y saltaba sobre ella al grito de: ¡Lucha, Baghaé! ¡Será más difícil vencer a Rahan que al hombrecito! Escabechada la pantera, empezaban los problemas. ¿Qué hacer con el hombrecito? Era demasiado pequeño para dejarlo a su suerte, así que Rahan se lo llevaba con él y buscaba a sus padres. Tenía que ingeniárselas para transportarlo, alimentarlo, darle calor y evitar que llorara cuando algún depredador rondaba cerca.Y venga de lecciones para el joven lector: no hagas daño a los animales, protege a los débiles.

    En otras ocasiones encontraba a los que caminan a dos patas, pero no hablaba su idioma. O lo acogían las mujeres pero lo atacaban los hombres, que eran brutos como arados, y Rahan pagaba la hospitalidad de las mujeres obligando a sus hombres a respetarlas como iguales, enseñándonos de paso que el héroe nunca debe ser cruel, xenófobo o machista. Y aparte de tanta valiosa lección para ir por la vida con la cabeza muy alta, las aventuras de Rahan son emocionantes, divertidas y llenas de bichos y de conceptos bien interesantes de la física, como la polea, la palanca, los vasos comunicantes o la refracción de la luz, y es estupendo que los jóvenes lectores lo aprendan en un tebeo y no en un libro de texto que detestarán a muerte.

    Más no puedo decir para convencerles de que echen un ojo a este tebeo portentoso y lo regalen a sus niños. Me despido a lo Rahan y espero volver con ustedes, los que caminan a dos patas, muy pronto.

    Rahan 4

    Tengan cuidado ahí fuera y cuiden de su cuchillo.

     

    A la mujer barbuda desde lejos se la saluda

    Buenos días, Amigos y Desconocidos Lectores Constantes.

    No sé si lo he contado alguna vez, pero debajo de mi casa hay un asador de pollos. Cada domingo me pongo los playeros y bajo a por un pollo con pimientos y a lo mejor hasta con patatas, hale, a lo loco. La cosa es que todo el vecindario hace lo mismo y se forman unas colas a la puerta del asador que le dan la vuelta a la manzana. Pero como todo el mundo sabe, las colas no suponen ningún problema para el Lector Constante: abre el bonito libro que se ha traído para entretener la espera y así es como se le cuelan las señoras que sólo quieren medio pollo, muy hecho, sin salsa.

    Elegir el libro para la cola es sencillo. Nada de tochos poderosos, porque en cualquier momento tienes que buscar calderilla en el bolsillo, coger la bolsa con el pollo y la barra de pan, sacar las llaves… Si tardas diez segundos porque llevas el Quijote en una mano, se te cuela otra señora. Lo adecuado es llevarte un libro que puedas meter en el bolsillo de atrás de los vaqueros y eso es justamente lo que vengo a recomendarles hoy. Un libro pequeñito de la más grande. Alehop:

    Éste es el libro pequeñito.

    Y alehop:

    Ésta es la más grande: Pilar Pedraza.

    El libro, ya lo han visto ustedes, lo edita Siruela, en su Biblioteca azul (serie mínima). Es posible que hayamos hablado antes de Pilar Pedraza y ya sepan ustedes por qué es la más grande. El que esté todavía en la inopia, ya tarda en buscar y leerse Máquinas de amar: Secretos del cuerpo artificial, que es un ensayo estupendo sobre la muñeca y lo autómata, o Espectra. Descenso a las criptas de la literatura y el cine, que es otro ensayo estupendo sobre la muerta, la resucitada, la zombi, la fantasmal. Los dos los edita Valdemar. También tiene relatos y novela, pero qué quieren, a mí me parece un desperdicio que alguien que es tan bueno en el ensayo se dedique a la ficción, cuando necesitamos tanto que nos ayuden a pensar, para no ir por la vida con la opinión en primera versión.

    Venus barbuda es igual de bueno que los anteriores, pero más pequeñito. Como Pilar Pedraza es la más grande, el tamaño no importa. No deja tema sin tocar y, mientras se enteran de la vida y los milagros de Antonietta Gonsalvus,

    Stephan Bibrowski,

    o la Baronesa Sidonia de Barcsy,

    pueden ustedes aprender cantidad de cosas interesantes sobre el género, lo femenino, la animalidad, la misoginia, la cosificación y el simbolismo del monstruo peludo. Por mencionar sólo unas cuantas.

    Desde aquí les estoy oyendo bostezar. Ay, lectores de poca fe. Todos esos temas son interesantes, claro que sí. Lo que pasa es que están ustedes escaldados de encontrarse blogs sobre lo femenino que provocan muchísimo sonrojo, o alegatos contra la misoginia que están escritos desde el lloriqueo, o ensayos acerca del género que parecen un guión desechado de “Escenas de matrimonio”. Pilar Pedraza es el bálsamo para esas quemaduras, amigos. También lo es Nora Ephron, que murió hace poco y que tiene un libro estupendo, Ensalada loca, donde reflexiona sobre el feminismo con un sentido del humor espatarrante. Bien sabía ella que la revolución será divertida o no será.

    Venus barbuda analiza el fenómeno de la mujer peluda. Da para echarse unas risas, pero además da para pensar dos veces en el género y en la especie, en lo que somos y en cómo nos diferenciamos entre nosotros y de los animales. Los que hayan leído Tarzán, recordarán que además de aprender él solito a leer, que ole sus huevos selváticos, aprendió también a afeitarse con el cuchillo de su padre. Y para qué necesita afeitarse un fulano que pasa la vida saltando de liana en liana y pegándose con feroces cocodrilos, se preguntarán ustedes. Para ser hombre frente a los monos. Cuando Tarzán era pequeñito, su falta de pelo le convertía en un mono raro. Luego, leyendo los libros de su padre, se dio cuenta de que no era un mono sino un hombre y ya se quedó más tranquilo… hasta que empezó a salirle barba. Intentó primero arrancársela y luego afeitársela. Era doloroso, dice el libro, pero Tarzán estaba orgulloso de su ascendencia humana y el pelo era lo que marcaba la diferencia. Naturalmente, lo siguiente fue querer ropa y no tardó en robarle el taparrabos y otros complementos a un desgraciado guerrero negro, pero ésa es otra historia. ¿No han leído ustedes Tarzán? Ya están tardando.

    El vello facial en las mujeres cuestiona por igual la especie y el género. La barba, en todas las culturas y momentos, es un atributo definitivamente viril. La mujer barbuda se sitúa en mitad de ninguna parte, porque tiene atributos femeninos (pechos, genitales, voz) pero quedan anulados, son invisibles, ante la presencia de la barba, que hace de ella un prodigio o un contradiós, según la visión de las distintas épocas. Cuando se entiende que no es animal sino humana, porque habla y razona y hasta canta y baila, todavía resulta inquietante porque no es ni hombre ni mujer y cuestiona con su sola existencia todas las características que se suponen implícitas al género. Bien por la mujer barbuda.

    La Pedraza nos habla del impacto de las mujeres pilosas en distintos momentos de la historia. Niñas encrespadas, como la dulce Antonieta Gonsalvus, que fueron entretenimiento y maravilla de las casas reales, o santas barbudas, como Santa Librada, de la que aquí somos muy fans por su oración para el buen parto, que reza así:

    Santa Librada, santa Librada,

    que la salida sea tan dulce como la entrada.

    Santa Librada surge de una mezcla de leyendas populares, y a veces se llama Liberata y a veces Wilgefortis.  La falsa etimología de este último nombre lo hace derivar del latín virgo fortis, que ya me imagino que no necesitan ustedes que traduzca. La cosa es que Wilgefortis era una chavalina a la que su padre quería casar con un pagano contra su voluntad. La pobre vivía más presionada que el hijo de Supernanny, así que, para alejar al pretendiente, pidió a Dios que la convirtiera en una criatura repugnante y, zasca, le salió vello por todo el cuerpo y una barba hermosísima. Al pagano le habían prometido una bella princesa, así que cuando vio aquel cuadro de novia salió de allí a uña de caballo. El padre de Wilgefortis se puso hecho un basilisco y mandó que la crucificaran.

    Santa Wilgefortis con toda la barba.

    Según otra leyenda menos molona, lo que hizo Wilgefortis fue negarse a comer y acabar anoréxica perdida, lo que también funcionó estupendamente para espantar al pretendiente. La Iglesia romana, que tiene un cuajo poderoso y muy poco sentido del humor, la descanonizó en una revisión de su santoral. Venere a los buenos, a los reconocidos oficialmente, y desconfíe de imitaciones y toda esa mandanga, pero a Santa Librada se la sigue invocando en muchos sitios para que deshaga matrimonios no deseados. Si nos bajamos de la leyenda, la cosa es mucho más vulgar: nunca hubo una Wilgefortis. Lo que hubo fue un Cristo crucificado al que se representó con la iconografía oriental de la época: pelo largo, barba y una túnica con mucho vuelo. En Europa, donde los pantalones eran como el Soberano (cosa de hombres), aquello no ofrecía lugar a dudas: era una señora con barba y punto pelota.

    Lo antiguo es mejor y más divertido, pero Pedraza revisa los casos de peludas hasta anteayer, como quien dice, y ustedes pueden leer la historia de las mujeres pilosas en el contexto del freak show, del zoo humano, de la performance moderna, del cine y de la tele. No hay mención a Julia Roberts con las axilas peludas o a Amanda Palmer con las piernas sin depilar, pero sí habla de la erótica de la mujer velluda y, por tanto, animalizada, sujeta solamente a los instintos más básicos: comer y follar. La mujer pantera, la loba, la tigresa y otras tantas le sirven para reflexionar sobre la animalización (que es otra forma de cosificación) de la mujer y la cantidad de interesantes teorías que pueden formularse al respecto. Desde la mujer loba y su ciclo lunar, que se asocia a la menstruación, hasta Catwoman y su caracterización, que cada vez se aleja más de la pícara ladrona y se acerca más a la dominatrix con cuero, vinilo y látigo.

    No quiero currarme una reseña más larga que el libro, que ya digo que es finito, así que aquí nos quedamos. Échenle un vistazo, que lo merece, y conozcan de cerca a Julia Pastrana, a las amazonas de Dahomey, a Madame Delait y su bicicleta, a Jennifer Miller y su Circus Amok y a otras tantas mujeres de lustroso pelaje. No se arrepentirán.

    Tengan cuidado ahí fuera, donde hay pelo y hay alegría.

    Morir, eso no se le hace a un gato

    Buenos días, Amigos y Desconocidos Lectores Constantes.

    Llanto y crujir de dientes en la Biblioteca Constante, porque ha muerto Wislawa Szymborska. No somos muy dados en este blog a la necrológica o al panegírico, salvo excepciones muy contadas, pero la dama lo merece y ustedes, que a lo mejor no la conocen, también. Aunque alguno recordará que ya hablamos de ella aquí, nunca sobra insistir un poquito más, para los que ese día no estaban a lo que celebraban. Además, un amable Lector Constante ha enviado un correo pidiendo que se recuerde a la ausente comme il faut, y ya saben ustedes que yo no puedo negarles nada.

    De su biografía no voy a decir ni pío, porque apenas la conozco y porque los que estén interesados tienen a mano la Wikipedia o cualquiera de los mil artículos que se han escrito a la sombra de su ataúd. Sí les traigo una foto, para que vean el simpático aspecto que tenía la señora.

    He mirado otras fotos antes de elegir la que ven y me he alegrado al ver que en todas parecía muy tranquila y muy contenta.  Hay, ya lo hemos comentado alguna vez, cierta tendencia a creer que los poetas son almas sensibles, que lloran por lo efímero de las flores y por el recuerdo de la brisa que refrescó el rostro de Héctor, domador de caballos, mientras caminaba hacia su muerte. No parece que ése fuera el caso de Wislawa Szymborska. A lo mejor sí, a lo mejor apoyaba una lánguida mano sobre una pálida frente y suspiraba por esto y por lo otro, mientras su abuelo movía la cabeza y mascullaba: “A picar piedra te ponía yo, tonta los cojones”. Ya les digo que a mí me parece que pasaba mucho tiempo tranquila y contenta, pero qué sé yo. Ustedes juzgarán cuando lean los poemas que les traigo hoy.

    Sólo tengo un libro suyo, Paisaje con grano de arena, editado por Lumen y traducido por Ana María Moix y Jerzy Wojciech Slawomirski. Por ahí corren otras traducciones y a lo mejor les pongo alguna en los comentarios, porque yo no hablo polaco y seguramente ustedes tampoco, y vale la pena ver más de una versión del mismo poema.

    Yo no sé comentar poesía. De todo lo que estudié en la carrera, me queda bien poco en la cabeza. Sólo sé decir: “Hala, qué bonito”, y gracias. Con la Szymborska, de todas formas, creo yo que no hace falta mucho más, porque todo lo que escribe es tan tierno y tan sencillo como si se lo contara a un niño. Así que, si les parece, yo dejo ahí el poema, ustedes lo leen y todos felices.  Allá vamos, amigos.

    SOBRE LA MUERTE, SIN EXAGERAR

    No sabe encajar una broma,

    no sabe de estrellas, de puentes,

    de tejidos, de minas, de labranza,

    de construir barcos, ni de pastelería.

    Hablamos sobre el día de mañana

    y dice su última palabra

    sin venir nunca al caso.

    Ni siquiera sabe hacer

    las funciones propias de su oficio:

    ni cavar fosas,

    ni clavar ataúdes,

    ni limpiar los despojos que su paso deja.

    Ajetreada con tanto matar,

    lo hace de cualquier modo,

    sin método ni destreza.

    Como si se estrenara con cada uno de nosotros.

    De acuerdo, tiene éxitos,

    pero, ¡cuántos fracasos,

    cuántos golpes fallidos

    e intentonas estériles!

    A veces le faltan fuerzas

    para fulminar a una mosca al vuelo.

    Y más de una oruga la deja atrás

    al arrastrarse en la carrera a más velocidad.

    Todos esos tubérculos, vainas,

    antenas, aletas y branquias,

    plumajes nupciales y pelambres de invierno

    demuestran serios retrasos

    en su penosa labor.

    La mala voluntad no basta,

    y nuestra ayuda a base de guerras y revueltas

    no le resulta por ahora suficiente.

    En los huevos laten corazones.

    Crecen los esqueletos de los recién nacidos.

    Las semillas se visten con sus primeras hojas

    y a veces también con árboles en el horizonte.

    Quien afirma que es todopoderosa

    es, él mismo, prueba viviente

    de que, de todopoderosa, nada.

    No existe vida

    que, aun por un instante,

    no sea inmortal.

    La muerte

    siempre llega con ese instante de retraso.

    En vano golpea con la aldaba

    en la puerta invisible.

    Lo ya vivido

    no se lo puede llevar.

    Para eso es la poesía, ¿saben? También para llorar por las efímeras flores y los guerreros caídos, claro, pero sobre todo para explicar el mundo en términos que, aunque no entendamos del todo bien, entendemos de alguna manera. Dicen por ahí que la poesía, como la música, la llevamos dentro y la reconocemos cuando la oímos.  A lo mejor es cierto. Probemos con otro poema, a ver si nos suena de algo.

    ENCUENTRO INESPERADO

    Somos sumamente corteses el uno con el otro,

    decimos: qué agradable encontrarnos después de tantos años.

    Nuestros tigres beben leche,

    nuestros halcones van a pie.

    Nuestros tiburones se ahogan en el agua.

    Nuestros lobos bostezan frente a jaulas abiertas.

    Nuestras víboras se quedaron sin relámpagos,

    los monos sin inspiración, y los pavos reales sin plumas.

    Los murciélagos renunciaron a nuestros cabellos tiempo ha.

    Sucumbimos al silencio sin acabar la frase,

    sonreímos, sin recursos.

    Nuestros humanos

    no saben qué decirse.

    Ése es otro motivo por el que me gusta Wislawa Szymborska: el uso de los animales en sus poemas. Recuerden que hablamos de una señora que vio un pingüino con meridiana claridad. Venga, otro más. Estamos que lo tiramos.

    AGRADECIMIENTO

    Mucho debo

    a quienes no amo.

    El alivio al enterarme

    que intiman con otros.

    La alegría de no ser

    el lobo de sus corderos.

    En paz estoy con ellos,

    y en libertad,

    dos cosas que el amor no puede dar

    ni sabe tomar.

    No les espero

    yendo y viniendo de la puerta a la ventana.

    Con la paciencia

    de un reloj de sol,

    comprendo

    lo que el amor no comprende,

    perdono

    lo que el amor jamás perdonaría.

    Entre una carta y una cita

    no transcurre la eternidad

    sino sólo días o semanas.

    Los viajes son siempre perfectos a su lado,

    los conciertos se escuchan,

    las catedrales se visitan

    y los paisajes se contemplan.

    Y cuando siete montes y ríos

    nos separan,

    son montes y ríos

    señalados en el mapa.

    Suyo es el mérito

    de poder yo vivir en tres dimensiones,

    en un espacio no lírico y no retórico,

    frente a un horizonte movedizo y, por tanto, real.

    Ignoran

    cuánto me entregan sus manos vacías.

    “Nada les debo”,

    diría el amor

    acerca de tan discutible cuestión.

    Qué manera tan bella y discreta de contar lo que el amor nos hace, así como quien no quiere la cosa, ¿verdad? Me gusta especialmente, por lo que les decía del uso de los animales,  eso de no ser el lobo de sus corderos, y también soy muy fan de los montes y los ríos que, cuando te separan de alguien a quien no amas, son solamente montes y ríos, nombres en un mapa, y no una distancia terrible e infranqueable. Buf. Bien y bravo, Wislawa.

    Venga, tres más y nos volvemos al sofá, que hace un frío polar en la Biblioteca Constante y yo tengo una pila de cosas por leer que mete miedo por la cabeza. Alehop.

    ALLEGRO MA NON TROPPO

    Eres bella le digo a la vida,

    imposible imaginarte más exuberante,

    ni más ranil, ni más ruiseñorial,

    ni más hormiguera ni más semillera.

    Intento ganarme su simpatía,

    halagarla, mirarla a los ojos.

    Soy siempre la primera en saludarla

    con expresión de humildad en el rostro.

    Le salgo al paso por la derecha,

    le salgo al paso por la izquierda,

    extasiada la pongo por las nubes,

    y caigo de bruces, fascinada.

    ¡Qué montaraz el saltamontes,

    qué mora la zarzamora!

    Nunca creerlo pudiera

    quien tal prodigio no viera.

    No se me ocurre le digo a la vida

    con qué poder compararte.

    Nadie ha hecho nunca otra piña

    ni mejor ni peor apiñada.

    Alabo tu generosidad e ingenio,

    tu grandeza de miras y tu precisión,

    ¿y qué más?, ¿qué más alabo?,

    tu taumaturgia y tu brujería.

    Para no ultrajarla en exceso

    y evitar sus iras y enojos

    desde hace cien milenios

    le doro la píldora sin sonrojo.

    Me acerco y le doy un tirón de hoja:

    ¿se ha detenido?, ¿me ha hecho caso?

    ¿Por una vez, sólo una,

    olvida dar el siguiente paso?

    De nuevo, bien y bravo, Wislawa. Qué manera estupenda de hablar de la muerte al revés, hablando de la vida. Empieza con lo que parece una celebración de lo que es la vida por la vida misma, por lo bellos que son los animales, lo bien pensado que está todo (que dirían Faemino y Cansado), lo prodigioso que es lo cotidiano. Pero hay ya una prisa en el elogio, un inquietante deseo de agradar, que va siendo más urgente cuando llega al ¿qué más, qué más alabo?, y que cristaliza en el último verso, donde nos explican todo lo que hemos leído: ¿no querrá la vida, abstraída en contemplar lo hermosa que es, detenerse ahí, detenerse un instante y no llevarnos a la muerte? Escalofrío y aplauso, Amigos, aunque esto es solamente lo que yo saco de la lectura y, a lo mejor, ustedes lo ven de otra manera. Es lo que tiene la poesía, que no es obligatorio entenderla siempre igual, como ya hemos comentado en alguna ocasión. Siéntanse libres de hablar del asunto en los comentarios, que yo voy copiándoles otro poema.

    DESCUBRIMIENTO

    Creo en un gran descubrimiento.

    Creo en el hombre que hará el descubrimiento.

    Creo en el espanto del hombre que hará el descubrimiento.

    Creo en la palidez de su rostro,

    en su náusea, en el sudor frío en la parte superior del labio.

    Creo en sus apuntes en el fuego,

    del primero al último

    ardiendo en cenizas.

    Creo en la dispersión de las cifras,

    en su dispersión sin remordimiento.

    Creo en la prisa del hombre,

    en la precisión de sus gestos,

    en su libre albedrío.

    Creo en la destrucción de las tablas,

    en el derramamiento de líquidos,

    en la extinción de la llama.

    Sostengo que se conseguirá,

    que no será demasiado tarde,

    y que ocurrirá sin testigos.

    Nadie lo sabrá, seguro,

    ni la esposa, ni la pared,

    ni el pájaro: por si canta.

    Creo en la negativa a participar,

    creo en la carrera arruinada,

    creo en la inutilidad de muchos años de trabajo.

    Creo en el secreto llevado a la tumba.

    Estas palabras planean por encima de las normas.

    No buscan apoyo en ningún ejemplo.

    Mi fe es firme, ciega y carece de fundamento.

    Como queríamos demostrar: no tengo ni puta idea de a qué descubrimiento se refiere la Szymborska, pero no pasa nada. Ella misma dice que esto no se apoya en ningún ejemplo. Me conformo con imaginar eso que me cuenta y me gusta, ese hombre pálido, al que le tiembla el suelo bajo los pies por la fuerza del descubrimiento y que rompe y quema todo lo que había antes. Si tuviera una edición crítica, seguramente sabría algo más, pero ya ven, no me hace falta.

    Total, que acabamos con un último poema. El amable Lector Constante que pidió esta entrada sugirió que así estará Garra Justiciera (que así se llama mi gato) cuando yo haya muerto. Aunque me hizo gracia la imagen, espero que no se cumpla, espero que algún amigo le busque una buena casa, donde le den pienso del caro y jueguen con ella al depredador y la gacela. Yo, de momento, me la llevo al sofá y ustedes pueden leer el poema y seguir con lo que estuvieran haciendo en esta fría y luminosa mañana de sábado.

    UN GATO EN UN PISO VACÍO

    Morir eso, a un gato, no se le hace.

    Porque, ¿qué puede hacer un gato

    en un piso vacío?

    Subirse por las paredes.

    Restregarse contra los muebles.

    Nada aquí ha cambiado

    pero nada es como antes.

    Nada ha cambiado de sitio,

    pero nada está en su sitio.

    Y la luz sigue apagada al anochecer.

    Se oyen pasos en la escalera

    pero no los esperados.

    Una mano deja pescado en el plato

    y no es, tampoco, la de antes.

    Algo no empieza

    a la hora de siempre.

    Algo no sucede

    según lo establecido.

    Alguien estaba aquí, estaba siempre

    y de repente desapareció

    y se empeña en no estar.

    Se ha buscado ya en los armarios,

    se han recorrido los estantes.

    Se ha comprobado bajo la alfombra.

    Incluso se ha roto la veda

    de esparcir papeles.

    ¿Qué más se puede hacer?

    Dormir y esperar.

    ¡Ay, cuando él regrese,

    ay, cuando aparezca!

    Se enterará de  que ésas no son maneras

    de tratar a un gato.

    Como quien no quiere la cosa,

    habrá que acercársele,

    despacito,

    sobre unas patitas muy, muy ofendidas.

    Y, de entrada, nada de brincos ni maullidos.

    Con esto terminamos, Amigos. Si les ha gustado Wislawa Szymborska, sean generosos con sus placeres y hablen de ella a los que no la conocen. A mí me la descubrió el doctor Borge y algún día le regalaré un queso apestoso y exquisito, por el favor que me hizo. Palabrita de Lector Constante.

    Hale, tengan cuidado ahí fuera, donde nada está en su sitio.

    Guárdate, César, de los idus de marzo

    Buenas tardes, Amigos y Desconocidos Lectores Constantes.

    El mes pasado, con la cosa navideña, me fui a Asturias, donde está la mitad de la Biblioteca Constante. Algunas veces me traigo de esos viajes algún libro, que se queda en Madrid y ya no vuelve, pero en los últimos tiempos intento no hacerlo, porque en la Biblioteca Constante madrileña ya no me cabe ni uno más y estoy empezando a prestar oído a los tentadores cantos de sirena del libro electrónico. Total, que en el último viaje me traje uno que tenía ganas de releer y de traerles a ustedes, que se lo merecen todo: Vidas de los césares, de Cayo Suetonio.

    Y dirán ustedes: “Vaya por Dios, con lo bien que íbamos con la novela negra”. No se alarmen, amigos. A todos, a mí la primera, nos intimida un poco el tocho clásico cuando lo vemos ahí, en esa sección desierta de la biblioteca. Sabemos que contendrá demasiadas fechas, demasiadas referencias a países que ya no se llaman como se llamaban (si es que aún existen como tales) y demasiadas batallas entre un tío que se llamaba Décimo Cayo Flavio y otro que también se llamaba Cayo, que así no hay quien los distinga, que parecemos abuelas viendo películas americanas.  Esto es así y a nadie que tenga Facebook le apetece.

    Olviden su justificado temor a morir de aburrimiento en un triclinium: para ayudarles a pasar el Rubicón y meterse hasta las trancas en la cosa romana estoy yo y está el bueno de Suetonio. Las vidas de los doce césares son estupendas, están escritas con una soltura y un saber hacer que para mí los querría y son muy, muy interesantes. Tampoco voy a engañarles: en cada biografía hay una pequeña parte que es una chapa poderosa, pero el Lector Constante que se vista por los pies sabe que hay que pasar unas cuantas piedras por el tamiz para encontrar oro.

    Suetonio, como le recomendó el Rey al Conejo Blanco, empieza por el principio, sigue hasta llegar al final y allí se para. Comienza hablando de la estirpe del césar, de su nacimiento y los prodigios que lo rodearon, porque los romanos eran muy fans del prodigio, y continúa con su educación hasta el momento de tomar la ropa viril, que es el momento en el que el romano deja de ser niño para empezar a ser hombre. A esto le siguen un par de etapas que son las que al Lector Constante pueden parecerle una pizca coñazo: la carrera del césar y sus batallitas. Es fácil perder el interés entre una batalla en la Galia cisalpina, un pleito con un tribuno de la plebe por el impuesto sobre el trigo y un discurso en el Senado sobre la ciudadanía romana. Desde aquí les oigo bostezar, amigos. Pueden pasar rápidamente esas páginas o pueden, si se ven con ánimo, leerlas con un buen mapa de las provincias romanas y un diccionario de romanos importantes. Lo primero, ¿verdad?

    Total, que lo mejor está por llegar. Las últimas etapas de las vidas de los césares son estupendas: vida privada, prodigios que anunciaron su muerte, muerte propiamente dicha y testamento. A poco que sepan ustedes de la cosa romana, sabrán que la vida privada de un romano ilustre era un desmadre y un despiporre. Vicios, orgías, crímenes, desafueros y jolgorio como si no hubiera un Júpiter. A Suetonio lo acusaron de cotilla y de morboso, como si de un presentador de Sálvame se tratara, pero a mí me parece que todo está escrito con la misma claridad y sencillez que el resto. Hasta diría, y ya me contarán cuando lo lean, que hay una delicadeza importante en Suetonio y en la forma en que habla de los vicios de quienes eran poco menos que dioses para su pueblo.

    Vamos al turrón. Una de las causas por las que me gusta Suetonio es el manejo del ritmo. Es difícil explicar qué es el ritmo en la escritura y yo misma sudo sangre cuando tengo que definirlo para un atento grupito de alumnos. Es de esas cosas, como limpiar o traducir, que destacan solamente cuando están mal hechas. Si usted está leyendo algo y no pierde el interés, si está deseando acelerar para saber qué ocurre después pero no lo hace porque está disfrutando como un marrano en un charco y tampoco quiere perderse nada, el autor ha acertado con el ritmo.

    Ejemplo al canto: el fragmento que van a leer es la muerte de Julio César. No hay nadie, a estas alturas, que no sepa cómo murió César y seguramente también lo sabían los coetáneos de Suetonio. No importa. Saber a dónde vamos, saber que es inevitable acabar ahí, no estropea la lectura en absoluto, al contrario. Vamos a ir leyendo y parando para comentar la jugada, si les parece. Alehop.

    Hubo prodigios admirables, que anunciaron a César su próximo fin. Se observó que los caballos que había consagrado cuando el paso del Rubicón y los había dejado pacer en libertad, se abstenían de tomar alimento y lloraban abundantemente. El augur Espurina le advirtió en un sacrificio que estaba amenazado de un peligro, al que se vería expuesto en los idus de Marzo. La misma noche anterior al día de su muerte, soñó que volaba sobre las nubes y tocaba la mano de Júpiter. Calpurnia, su mujer, soñó que caía el tejado de su casa y que su marido estaba en sus brazos herido de muchos golpes. Las puertas de su alcoba se abrieron por sí mismas.

    Empezamos bien, ¿verdad? Los animales hacen cosas raras, ése es un prodigio de manual. El augurio de Espurina es más claro, más fácil de interpretar, pero a mí me gustan especialmente los sueños. César duerme inquieto y Calpurnia también, y al llegar la mañana los dos han soñado algo funesto. Es bonito el de César, volar sobre las nubes, tocar la mano de Júpiter, pero a mí me parece muy tierno, por su simbolismo, el de Calpurnia, donde su marido es el tejado de su casa, el que la protege, y ese tejado va a caer muy pronto. No hacía falta la segunda parte para saber lo que significaba ese presagio terrible y, por si eso fuera poco, las puertas de la alcoba se abren solas. La cara de César tuvo que ser un poema.

    Todas estas razones y su salud, que era muy débil por entonces, le hicieron dudar si debía quedarse en casa y diferir para otro día lo que aquél tenía que hacer en el Senado; pero Décimo Bruto le exhortó a no faltar al Senado, donde le esperaban en gran número y desde hacía mucho tiempo.

    Bravo, Suetonio. El lector, y especialmente el lector que ya sabe lo que va a ocurrir, está que se sube por las paredes, deseando avisar a César, impedir que vaya hacia su muerte, gritarle: “¡No vayas al Senado, César, que no te espera nada bueno allí!”. Seguro que Calpurnia le dijo eso mismo, y sabemos que dudó. Como haríamos ustedes o yo, pensó: “Puedo faltar y decir que estoy enfermo”, que es una de las reacciones más humanas que yo he visto en mi vida. Pero allí se le esperaba desde hacía mucho tiempo.

    Salió a la quinta hora del día y le entregaron un escrito que contenía detalles de la conjuración; lo puso entre otros que llevaba en la mano izquierda, como dejando para más tarde su lectura. Inmoláronse muchas víctimas, sin que una sola diera presagios felices, y despreciando estos temores religiosos entró en el Senado, después de haber dicho a Espurina: “Ved cómo los idus de Marzo llegaron sin accidente”. “Todavía no han pasado”, contestó el augur.

    Todo se precipita. Suetonio golpea una y otra vez sobre lo inevitable y sobre cómo pudo haberse evitado. César pudo haberse quedado en casa, pero fue al Senado. Por el camino pudo haber sabido que iban a matarle, pero no lo supo. Cada paso le aproxima a su muerte y, como si alguien quisiera avisarle a gritos desde muy lejos, llegan los augurios funestos, pero tampoco César hace caso de ellos, los desprecia. A esas alturas es imposible que estuviera tranquilo y, sin embargo, muestra coraje y le dice a Espurina: “ha llegado el día y aún estoy vivo”. Con la respuesta del augur terminan las advertencias: el destino de César está sellado. No nos queda sino contemplar la tragedia.

    Cuando tomó asiento rodeáronle los conjurados como para hacerle la corte, y de pronto Tullio Cimber, que estaba encargado de comenzar la tragedia, se acercó a él como para pedirle una gracia. César le hizo señal para que dejase su petición para otro momento, y como Cimber le agarrase de la ropa, gritó: “¡Esto ya es violencia!”. Entonces, uno de los dos Carea le pegó en el cuello suavemente; César cogió por el brazo a Carea y le dio con un punzón que tenía en la mano; de pronto vio en todas partes aceros levantados contra él, y entonces se envolvió la cabeza y con la mano izquierda se estiró la ropa para caer con más decencia.

    Llegó la hora. De nuevo, bravo por Suetonio: “encargado de comenzar la tragedia”, dice, y el ritmo no le falla. Se acerca Tullio Cimber, aún no hay palabras, sólo se acerca y César le hace un gesto, pero entonces se tocan, Cimber le agarra, y el contacto físico lo precipita todo. Gritos, César grita, golpes, de uno de los Carea y César se defiende, entendiendo ya (pero aún no del todo) lo que querían decir los presagios. Qué rápido ocurre todo cuando por fin comienza: brillan muchos aceros y es entonces cuando César lo entiende todo. Tanto lo entiende que no se defiende ya, no se preocupa de lo poco que le queda de vida sino de estar decoroso en la muerte. De caer con decencia, dice Suetonio, y la tragedia está a punto de acabar.

    Infiriéronle veintitrés golpes. Al primero lanzó una queja sin pronunciar una palabra. Algunos cuentan que dijo a Bruto cuando avanzaba para herirle: “¡También tú, hijo mío!”. Permaneció algún tiempo tendido en el suelo. Todos habían emprendido la fuga. Por último, tres esclavos lo condujeron a su casa en una litera, de la que colgaba uno de sus brazos. De todas las heridas, la única que su médico Antiscio encontró mortal fue la segunda, recibida en el pecho.

    ¿Lo están viendo como yo lo veo, amigos? Veintitrés veces se levantaron los hierros sobre César y la escena es casi muda, una queja y luego silencio, quizá o quizá no una imprecación a Bruto, para atormentar sus días con la culpa de haber matado al que le quería como a un hijo y después, al suelo. Un tiempo, dice Suetonio, y todos habían emprendido la fuga, como si después de ese estallido de sangre todo se aquietara, como el silencio después de una explosión parece más silencio que antes de ella. Cuando vuelven los ruidos y recomienza la vida, sólo los esclavos se atreven a entrar a recoger al caído y fíjense qué hermoso detalle apunta Suetonio: uno de sus brazos colgaba fuera de la litera. Ese brazo inerte es signo seguro de muerte, es todo lo que se ve del que va en la litera, y quienes se cruzaron en el camino de los esclavos no pudieron albergar dudas al verlo. Para cerrar el círculo, Suetonio vuelve a las heridas. De las veintitrés que le infligieron, la segunda terminó con él y todavía se alzaron y cayeron los hierros más de veinte veces sobre un hombre que ya no podía seguir vivo. Buf.

    César está muerto y Suetonio, como si necesitásemos consuelo, nos cuenta que ésa fue la muerte que, en opinión de casi todos, hubiera deseado. Habla de los prodigios que siguieron, del cometa que brilló en el cielo durante los juegos que organizó Augusto, su heredero,  y de cómo, a partir de entonces, se representó a César con una estrella sobre la cabeza. Habla de sus funerales, de la pira que consumió el cuerpo, de cómo el pueblo fue en masa a depositar ofrendas al campo de Marte y hasta los judíos velaron junto a sus cenizas muchos días. Y entonces, porque  Suetonio es mucho Suetonio y escribe estupendamente, cierra la vida de César con el destino de los que le dieron muerte.

    Ninguno de sus asesinos le sobrevivió más de tres años, y ninguno murió de muerte natural; todos fueron condenados, todos perecieron, y cada uno de manera diferente: unos en un combate, otros en un naufragio, y muchos se suicidaron con el mismo hierro que levantaron contra César.

    Así terminaron sus días los asesinos y así termina esta entrada, amigos. ¿Les ha gustado la prosa de Suetonio? Tiene otros retratos excelentes, como el de Calígula, que a lo mejor les traigo en otra ocasión, por si alguno todavía no se anima a darle un tiento a este libro estupendo. Y si quieren ver la muerte de César en una adaptación a la altura de la obra de Suetonio, échenle un ojo a Roma, donde Ciarán Hinds interpreta un César magnífico y donde hay que estar muy atentos al personaje de Bruto,  que es puro tormento y culpa. O lean el Julio César de Shakespeare, con el famoso discurso de Marco Antonio. La ilustración que acompaña a esta entrada sale de ahí, la pintó Richard Westall, que también ilustró muchas otras obras de Shakespeare. Yo me vuelvo a mis cosas y espero verles pronto. Que llevo una racha de entradas que no me la creo ni yo.

    Tengan cuidado ahí fuera, donde todavía no han pasado los idus de marzo.

    SOBRE LECTOR CONSTANTE

    TUMBLR

    • photo from Tumblr

      Hoy no toca patrulla. Hoy quedaré con unos compañeros para conspirar.

      (los pinta Mike Wieringo)


    ARCHIVOS