Mutis por el foro

Buenos días, Amigos y Desconocidos Lectores Constantes.

Tiempo sin verles. Venía yo a contarles que el jueves asistí a la lectura de la obra de teatro que he estado escribiendo a pachas con un amigo, en lugar de estar escribiendo aquí bonitas entradas sobre bonitos libros.  No es broma: los sábados por la mañana, que eran el momento ideal para preparar un desayuno pantagruélico y escribir largas entradas, se los he dedicado íntegros a la obra de teatro. A ver si ahora, que está casi terminada, recupero mi errática frecuencia de actualización.

De la obra puedo contarles que fue un encargo y que yo de escribir teatro sé lo mismo que de laminar en frío: nada de nada. Pero ha sido muy divertido intentarlo y parece que a los actores y al director les ha gustado. O tienen el criterio donde nunca pega el sol o nos ha salido mejor de lo que yo esperaba. La lectura del otro día estuvo bien, porque de repente todas esas líneas de diálogo tenían un tono de voz y una cara, y algunas sonaban razonables y otras sonaban como el culo. En breve empezarán los ensayos y asistiremos, y seguramente vendré a contarles cosillas que haya aprendido. Si al equipo no le molesta, pienso trufarles a preguntas sobre escenografía, dirección de actores e iluminación. Especialmente esto último, que me intriga sobremanera. ¿Cómo se ilumina y para qué? ¿Quién lo decide? ¿Puede echarse a perder una obra de teatro por un foco mal puesto?

Total, que mi amigo y yo salimos de la lectura con la cabecita muy alta y nos dijimos frases pomposas, arrogantes y completamente faltas de sentido, como “el teatro es un espejo que se mira en un espejo” o “tras el telón, el abismo”, por el puro gusto de sentirnos dramaturgos importantísimos y una pizca insoportables.

Además de eso, estoy en una serie nueva y está siendo todo bastante raro. Ya les contaré con calma, en la próxima entrada sobre guión. Sí, habrá próximas entradas. Me gusta mi tumblr y a lo mejor a ustedes les gusta también, pero me consta que algunos están hasta el coño de superhéroes y pulpos. A ver si retomamos el buen y viejo Lector Constante. Oh, y por cierto, he abierto una cuenta de formspring. Si tienen alguna pregunta que hacer, será un placer responderla.

Tengan cuidado ahí fuera, donde cae el telón.

Caminamos hacia el río

Buenos días, Amigos y Desconocidos Lectores Constantes.

Disculpen el abandono en que les he tenido estos meses. Los Amigos Lectores que se han pasado por la cuenta de Tumblr saben que sigo viva y que quiero ser un superhéroe casi a diario. También habrán visto allí algún que otro libro estupendo, alguna foto de caerse de espaldas y más de un ilustrador al que vale la pena echarle un vistazo. Tumblr es de manejo fácil y rápido y me permite compartir cosillas puntuales que no necesitan comentarios. No sustituye al genuino Lector Constante, pero es que no he tenido tiempo ni  ganas para más. Ya lo siento.

Hoy les traigo una cosa rápida y espero poder volver con más tiempo a contarles otras. Lo que van a leer es un extracto del cuento Maternidad, de Andrés Caicedo. Este tipo:

A lo mejor no les suena el muchacho, porque nadie lo ha editado en España, a pesar de que, en su día, lo llamaron el Salinger colombiano. No sé si la comparación tiene algún sentido, pero se apretó sesenta pastillas de Seconal cuando tenía veinticinco años, así que me temo que ya nunca lo sabremos. Es una lástima que no sea más conocido y que las palabras escritor colombiano nos lleven siempre a Gabriel García Márquez y no a Caicedo, que se cagaba bastante en el realismo mágico.

En fin, les dejo el comienzo del cuento y a ver si otro día hablamos con más calma de este muchacho, que lo merece. Está extraído del volumen Destinitos fatales, que publicó Oveja Negra. Le he añadido unas negritas pero le respeto la estructura, aunque qué le costaría a Caicedo separar párrafos, coño.

A las vacaciones de quinto de bachillerato salimos con un saldo de muertos. “Es una verdadera tragedia terminar un año marcado por triunfo la construcción de un nuevo pabellón deportivo, por ejemplo con la desaparición de seis jóvenes que apenas despuntaban la que sería una brillante carrera”, se lamentó el padre rector, en el discurso de clausura. Pepito Torres hizo un viaje repentino a Bogotá (faltó a un examen final) y dicen que se vino a pie, devorando cuanto hongo mágico encontró a la vera del camino, y al llegar a Cali comenzó a dar escándalo público por la sexta, lo agarraron dos policías sin avisar a sus papás, lo metieron en la radiopatrulla en donde murió como un perro, dándose contra las rejas, exhalando por boca y narices un polvito negro. Manolín Camacho y Alfredo Campos, los inseparables, se volaron del colegio y fueron a pasar un viernes de tarde deportiva en el Río Pance, hubo crecida, y a los dos días encontraron sus cuerpos “entrelazados”, pero el periódico no explicaba cómo. Tiempo después un campesino encontraría, entre las raíces de un carbonero a la orilla del río, una botella con un manuscrito de Alfredo, redactado compulsivamente: “Vemos cómo crece el río. Es increíble. Es como si viniera a cobrar venganza por el pasado esplendoroso que le quitaron las modernas urbanizaciones. Pero ruge, recobra su poder. La idea se nos ha ocurrido a ambos. No seremos víctimas en vano. Mejorarán los tiempos. Cogidos de la mano caminamos hacia el río”. Yo nunca pensé que las cosas mejorarían así no más. Un mes antes de exámenes finales, Diego A. Castro (Castrico) salió con su hermano mayor, Julián, a La Bocana del Océano Pacífico. Les encantaba ese mar de agua, arena, cielo, selva y gentes negras. Ambos habían ganado medallas en intercolegiados, departamentales y nacionales de natación. No fueron a ninguna competencia internacional por el uso de las pepas. Así, podían nadar hasta la línea del horizonte, de allí alcanzar la línea que uno podría divisar si llegara al horizonte, y aún la otra. Pero no esa vez. A las pocas brazadas, Julián le resopló que se sentía muy mal, que se devolvía. Castrico, abstraído en sus movimientos parejos sobre las cresticas de cada ola, le dijo que bueno, y siguió nadando. Al regresar, feliz de su inmensa travesía, lo encontró en la playa, muerto, con el pescuezo inflado. Nadie sabe cómo regresó Castrico a Cali, pero ya se le había atravesado la existencia. Comenzó a buscarle pelea a todo el mundo, en especial a los amigos de su hermano. Cargó puñal. Viajaba al campo y allá peleaba con machete y ruana envuelta. Lo encerraron en el manicomio y se voló del manicomio reclamando la presencia de su madre. No era más que ella le tuviera al lado su frasco de pepas y Castrico se quedaba calmado, acariciando las flores, jugando con los gatos. Salía a la sexta una vez cada dos meses, y yo lo veía parado solo, hablando incoherencias sobre todas las mujeres, sonriendo. En la última pepera salió despavorido a buscar pelea, pero murió antes de que se la dieran: quedó como clavado en el suelo, gritó que se le abría el suelo y cayó muerto. Y van cinco. El sexto, Manolín Camacho, es el que más me duele. Mi compañero de pupitre. Solíamos caminar distraídos en los recreos, hablando de paisajes que nos imaginábamos en tres dimensiones de sólo mirar mapas. Nunca había probado ninguna droga, ni en las fiestas bebía. Sólo un sábado. Vaya a saber uno con quién se metió, quién lo invitó, por qué lo vieron recorriendo calles a la velocidad que iba, con la velocidad que iba, con la mirada desencajada, buscando qué, con la piel llena de huecos, insultando ancianas, pateando carros. Murió solo, en un baño cualquiera, esforzándose por vomitar lo que seguro se había tragado inocentemente y ahora le cercenaba el coccis, la próstata, el cerebelo. Le dieron una mezcla de analgésico para caballos y líquido de frenos para aviones. “Es una lástima, una serie así de muertes sin ningún sentido”, decía el padre rector. Y yo, agarrado a mi asiento, con una rabia inmensa, sabía qué sentido había. Nos habían escogido como primeras víctimas de la decadencia de todo, pero yo no iba a llevar del bulto. “Haré mi afirmación de vida”, pensaba, y no sonreí ni una sola de las seis veces que me llamaron para recibir diplomas de matemáticas, historia, religión, inglés, geografía y excelencia. Miraba a ese público compuesto por curas, alumnos y madres de familia, y recibía los aplausos con apretón de dientes. “Haré mi afirmación de vida”. (…)

Espero que les haya gustado. Para los despistados, pepas son pastillas, y ésa es otra cosa buena de leer colombianos: aprende uno cantidad de palabros curiosos. Dicho lo cual, les dejo y me voy al curro. Aunque preferiría, ya se lo digo, comer cristales.

Tengan cuidado ahí fuera, donde nos han elegido como víctimas.

Otras voces, otros ámbitos

Buenas noches, Amigos y Desconocidos Lectores Constantes.

Una entrada breve e informativa les traigo. Hace cosa de una semana, en mitad de uno de esos larguísimos momentos de ocio en la oficina, me dio un arrebato. Abrí una cuenta de tumblr y una de twitter, sitios ambos por los que, hasta ese momento, no sentía ni una pizca de curiosidad o interés. Qué quieren, ya había revisado diez o doce veces mi correo, jugado al Tetris hasta la pantalla cuarenta y pico y actualizado el status de Facebook con chorradas mil. Y me aburría.

Podría haber utilizado ese tiempo infinito de tedio para escribir algo bonito aquí, en el Lector Constante de toda la vida, pero no me veía capaz de centrar el tiro como lo hago en casita, con el café, el cigarrillo y la pila de libros al lado. Así que me animé a probar el género breve, que es una cosa complicada cuando uno acostumbra a extenderse, a escribir polisílabos a cascoporro, a rajar y rajar como si no hubiera un mañana.

Mi cuenta de twitter no tiene, creo yo, mucho interés para ustedes. Todavía estoy aprendiendo a usarla, practicando el noble arte de no decir gran cosa en ciento cuarenta caracteres. Pero es posible que la cuenta de tumblr les interese un poco más, porque ahí es donde van a parar las cosas que me apetece compartir con ustedes pero que encuentro demasiado breves (o, de alguna manera, inadecuadas) como para traerlas aquí.

Para que puedan decidir si merece la pena echarle un vistazo, ahí tienen la última entrada, de hace apenas quince minutos. Alehop.

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El suicidio de Áyax

Mi abuela, Alá le dé la paz y la alegría, me regaló una versión de La Ilíada para niños cuando tenía yo unos diez años. En menos de veinte páginas ya había tomado partido, que es lo que mola de leer la Ilíada. Era muy difícil decidirse entre troyanos y aqueos, pero muy sencillo elegir entre personajes.

Paris me parecía un mierda. Iba a muerte con Héctor, domador de caballos. Diomedes era el tío de los matices: a ratos hacía gala de un sentido común a prueba de bomba (“¿Y si nos devolvéis a Helena y acabamos con esta guerra de los cojones?”), a ratos se le iba la pinza (“Oye, que las naves no avanzan. Yo voto porque sacrifiquemos a Ifigenia”). A veces le echaba unos huevos tremendos a la batalla y se atrevía a herir a Afrodita y hasta al mismísimo Ares. Pero claro, siempre con Atenea detrás, por si las moscas.

Aquiles molaba porque era un chulángano, una especie de estrella invitada a la guerra de Troya, una diva temperamental que lo mismo se levantaba guerrero asesino que ofendida de la muerte. Recuerdo leer la muerte de Patroclo y pensar: “hostia, hostia, verás cuando se entere Aquiles. Tardé un tiempo en perdonarle la muerte de Héctor, domador de caballos, pero no mucho: fue un detallazo devolverle a Príamo el cuerpo, para las honras fúnebres.

En fin, que unos y otros molaban o no molaban, y a veces molaban unos días y otros no, según el humor del que anduviera yo mientras lo leía. Pero el que moló siempre y hasta el último momento fue Áyax Telamonio, Áyax el Grande. Porque:

-era el más alto y más grande y más fuerte de todos. Un tocho. Un titán.

-era el único al que los dioses no le ayudaban nunca. Y, a pesar de eso, no le hirieron ni una sola vez y hacía unas escabechinas tremendas entre los troyanos, que se acojonaban nada más verlo aparecer.

-también se la tenía jurada a Héctor, domador de caballos. Pelearon un día entero sin que hubiera ganador. Se despidieron con un apretón de manos y un intercambio de regalos: Áyax se llevó una espada con su vaina, Héctor se llevó un tahalí púrpura y yo me llevé una palabra nueva para la faltriquera. Pelearon una segunda vez y Héctor casi no lo cuenta.

-protegió los cadáveres de Patroclo y de Aquiles contra un montonazo de troyanos que querían llevárselos.

-se volvió loco. Como unas maracas, el pobrecito. En su delirio, vio un rebaño de ovejas, pensó que eran troyanos, le dio un satán y no dejó oveja viva.

-cuando despertó, lleno de sangre, se quería morir. La vergüenza se lo comía vivo. Cogió la espada que le había regalado Héctor, la apoyó en el suelo y zaca.

-la iconografía occidental del suicidio se inicia con la muerte de Áyax, representada en un sello corintio, allá por el año 700 a.C.

Áyax, tío, cómo molabas.

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Si les ha gustado y les apetece leer más cosillas breves, mirar bonitas estampas y ver curiosos vídeos, no tienen más que pasarse por aquí:

http://lectorconstante.tumblr.com/

Creo que se pueden dejar comentarios, pero que me ahorquen si sé cómo.

Eso era todo. Estoy preparando otra entrada sobre guión, con preguntas y respuestas, para el Lector Constante. No sé cuándo estará lista, porque el ocio de oficina me está haciendo crujir los dentros cosa mala, y a veces llego a casa y malditas las ganas que tengo de explicar cómo se hace el trabajo que me gustaría estar haciendo. Grmpfgh.

Tengan cuidado ahí fuera, donde lo bueno, si breve, bueno y breve.

Ellroy lo sabe

Buenas días, Amigos y Desconocidos Lectores Constantes.

Hoy les traigo una cosa estupenda, y donde digo “estupenda” ustedes tienen que entender “lo mejor que he leído en toda la semana”. Si me apuran, hasta en todo el mes. Una cosa increíble, una cosa portentosa, una cosa para imprimir y repartir a las buenas gentes que cogen el metro y se dan cuenta, demasiado tarde, de que se han olvidado el libro en casa. Breve introducción y vamos al asunto.

Lo que van a leer es un extracto del prólogo que James Ellroy escribió para Hollywood Station, un libro bellísimo de Joseph Wambaugh. Lo traduce Concha Cardeñoso y lo edita Norma, en la colección verticales de bolsillo. No es que les esté recomendando el libro, que también: es que les estoy recomendando el prólogo. Ustedes, Amigos, necesitan leerlo como el sediento necesita el agua fresca. De verdad que sí. Y ahora les cuento por qué.

hollywoodstation

A mí no suelen gustarme demasiado los textos sobre el placer de leer. Me aburren un poquito y me quitan tiempo para hacer otras cosas más interesantes, tal que leer algo estupendo. No necesito que nadie me diga que leer es bueno, que es bello y que es necesario. Yo ya lo sé y ustedes también, o no estarían aquí. Si uno tiene doce años y lleva gafas grandes y se pasa leyendo el tiempo que los demás pasan corriendo por el parque, está bien que pueda sentirse identificado con (y justificado por) un personaje como Bastián Baltasar Bux. Pero los que hemos cumplido los trece (o incluso alguno más) ya no tenemos que explicar por qué decidimos dejarnos el ojo bueno en un texto de mil quinientas páginas. Entre otras cosas, porque no le interesa a nadie. Son nuestros perjúmenes.

La excepción perfecta a esta regla es el texto que van a leer. Los que ya conozcan a Ellroy, no se sorprenderán. Los que lo estén leyendo por primera vez, prepárense a pasmarse. El extracto es largo, ya lo sé, pero confíen en mí cuando les digo que esto hay que leerlo y que hay que leerlo hasta el final. Luego me cuentan qué les ha parecido. Alehop.

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HOMENAJE A JOE

Otoño del setenta y tres. Tenía veinticinco años. Me pateaba L.A. desenfrenadamente, con cautela. Tenía una pinta grotesca. Medía metro noventa y pesaba sesenta y tres. Tenía el torso en pura pústula. Me alimentaba de fiambre que robaba, comida rápida que no pagaba, vino Thunderbird y drogas. Dormía en un contenedor de Goodwill detrás de un súper Mayfair. Me quedaba estrecho. Un revoltijo de ropa vieja me proporcionaba calor y la mínima comodidad. Vivía lejos de los bajos fondos y los campamentos generales de perros callejeros. Llevaba encima una navaja de afeitar y me afeitaba en las gasolineras con jabón en polvo del lavabo. Minimizaba la suciedad visible y el mal olor rociándome con las mangueras de los jardines. Vendía mi plasma sanguíneo por cinco pavos la sesión. Vagaba por L.A. De vez en cuando me dejaba caer una temporada por la cárcel del condado. Mangaba revistas guarras y me hacía pajas en el contenedor de Goodwill de mi propiedad.

Era un misántropo menor con una misión. La misión era LEER. Leía en bibliotecas públicas y en mi contenedor. Leía exclusivamente libros policíacos. Hacía quince años que había entrado en vigor el mandato del estudio del crimen. Mi madre fue asesinada en junio del cincuenta y ocho. Fue un caso sexual sin resolver. Tenía entonces diez años. La muerte de mi madre no me supuso un trauma infantil al uso. Odiaba y deseaba a esa mujer. El asesinato fue instalándose en mi currículo mental y me invitaba a una obsesión a jornada completa. La asignatura de estudio era el CRIMEN.

Otoño del setenta y tres. Días cálidos empañados por la contaminación. Noches de calambres en el contenedor de Goodwill.

Joseph Wambaugh publicó un libro nuevo. Se titulaba Campo de cebollas. Fue la primera incursión de Wambaugh en la no ficción. Dos rufianes raptan  a dos hombres del LAPD. A partir de ahí, las cosas se ponen  feas. Leí un extracto de prepublicación en una revista. Me quedé medio traspuesto en medio de la biblioteca Hollywood. El extracto era breve. Me dio con la puerta en las narices y me quedé con ganas de más. Se acercaba la fecha de publicación. Dos visitas al  banco de sangre me cubrirían el PVP del libro y me quedaría algo para bebida. Vendí el plasma. Me dieron la pasta. Me fundí la susodicha en vinacho T-bird, tabaco y perros calientes. Rabiaba por leer ese libro. Necesidades encontradas y más imperiosas me lo impedían. Todo era contrariedad. La contradicción se apoderó de mí. Las compulsiones químicas de supervivencia luchaban contra la necesidad superior de la lectura. Me coloqué y fui a Hollywood a dedo. Entré en la librería Pickwick. Me saqué los faldones de la camisa y aproveché mi delgada fisonomía. Me metí un ejemplar de Campo de cebollas en los pantalones y salí por piernas.

El destino intercedió… en forma del LAPD.

Llegué a la página 80, más o menos. Lecturas diurnas en bancos públicos, lecturas nocturnas en el contenedor. Conocí a los dos polis secuestrados y me cayeron bien. Ian Campbell: condenado a morir joven. Un gaitero americanoescocés. Espabilado, un poco tristón. Desplazado en el cincuenta y ocho a L.A. ¿Me hago policía? Por qué no. Ser respetado, rozar el lado salvaje, embolsarse cinco de los grandes al mes. Karl Hettinger: compañero de Campbell. Ingenio cáustico, cinismo aparente, nervios de punta por dentro. Gregory Powell y Jimmy Smith: un tándem como sal y pimienta. Están en libertad condicional. Powell, el blanco, es el perro alfa. Es un pervertido total, delgado, cuellilargo. Smith, el negro, es la bomba. Hace de perrito faldero y de paso se tira a la zorra de Powell. Han salido a atracar licorerías. Campbell y Hettinger cubren la ronda nocturna. Se produce el choque entre los cuatro hombres. El destino manda. Todo se tuerce que te cagas.

“Toc, toc”, porrazos en la puerta de mi contenedor de Goodwill.

Son los agentes Dukeshearer y McCabe, LAPD, distrito de Wilshire. No es la primera vez que me trincan. Esta vez no es más que una redada rutinaria de borrachos. Alguien me vio entrar en el contenedor y avisó a la pasma. Dukeshearer y McCabe me tratan con la amabilidad expansiva que la poli dispensa a los patéticos. Ven el ejemplar de Campo de cebollas y alaban mis preferencias lectoras. Voy a la comisaría de Wilshire. Desaparece el ejemplar número 1 de Campo de cebollas.

Por la mañana me procesaron. Me declaré culpable. El juez dictaminó que la condena estaba cumplida. Eso no significó que me soltaran al momento. Significó ingreso en la prisión del condado y puesta en  libertad desde allí.

El ingreso duró dieciséis horas. Registro de cavidades, rayos equis del pecho, análisis de sangre, despioje. Exposición intensiva a diversas variedades canallescas autóctonas de L. A.: todos me ganaban en machismo y panache. Una drag queen mexicana, de nombre Peaches, me apretó la rodilla. Le metí un puñetazo en  la jeta al puto cabrón. Peaches cayó al suelo, se levantó y me hinchó a hostias. Dos ayudantes del sheriff atajaron la trifulca. Les hizo gracia. Algunos internos aplaudieron a Peaches. Unos cuantos me abuchearon.

Quería volver a mi contenedor. Quería volver a la Hora del Crimen. Quería irme con Ian, Karl y los asesinos.

En veinte horas acabé el proceso de entrada y salida de la cárcel. La Hora del Crimen se convirtió en la Hora Wambaugh. Robé una pinta de vodka, me coloqué y fui andando a Hollywood. Entré en la librería Pickwick y robé el ejemplar número 2 de Campo de cebollas. Leí unas páginas en un banco y entré en el contenedor al anochecer. Llegué a la página 150, más o menos.

“Toc, toc”, porrazos en la puerta de mi contenedor de Goodwill.

Son los agentes Dukeshearer y McCabe, LAPD (distrito de Wilshire). Chaval, te metiste en el contenedor, te vieron. Dios, estás leyendo otra vez ese libro de Wambaugh.

El mismo proceso. La misma redada rutinaria de borrachos. El mismo juez. La misma condena cumplida. El mismo ingreso y libertad, veinte horas más, bien cumplidas.

Vejatorio. Agotador. Vuelta a cagarla hasta el fondo. Definición de lunático: el que hace la misma majadería una y otra vez y espera resultados distintos.

Quería volver al libro. Me había colgado de la Hora Wambaugh y me comían los remordimientos infligidos por Wambaugh.

Eres escocés, como Ian Campbell. Pero: no sabes tocar la gaita porque para eso hace falta disciplina y práctica. Y: eres patizambo y tienes las piernas huesudas, estarías ridículo con el kilt ancestral.

Ya,  pero no eres escoria como Powell y Smith. No, pero sobrevives robando. Ya, pero no eres despiadado. No, pero no tienes agallas para atracar licorerías. Un peso gallo marica te hinchó a hostias.

Hora Wambaugh. Remordimientos infligidos por Wambaugh. ¿Aprendes algo? ¿Cambias el rumbo? … No, todavía no.

Salí de la cárcel. Robé una pinta de vodka, me coloqué y fui andando a Hollywood. Entré en la librería Pickwick y robé el ejemplar número 3 de Campo de cebollas. Leí unas páginas en un banco del parque y me acurruqué detrás de un seto, cerca de mi contenedor. Esta vez llegué a la 250, más o menos.

“Zas, zas”, caricias de porras en  las piernas.

Son dos polis nuevos, del LAPD (distrito de Wilshire). Vuelta a lo mismo, prácticamente.

Pierdo el ejemplar número 3. Voy a la comisaría de Wilshire. Voy al juzgado y veo al mismo juez. Está harto de mi teatro. Le ofende mi jeta de andrajoso. Me da a elegir: seis meses en una cárcel del condado o tres en la misión Harbor Light del Ejército de Salvación. Sopeso las opciones. Opto por los himnos en  los bajos fondos.

El programa era sencillo y se cumplía con rigidez. Se toma la droga Antabuse. Se supone que impide la ingesta de alcohol. Si privas, te pones malo con todas las de la ley. Se comparte habitación con otro borracho. Se asiste a los servicios religiosos, se da de comer a los vagabundos y se reparten folletos de Jesús por todos los bajos fondos.

Lo hice. Tomé Antabuse, me aguanté el síndrome de abstinencia y no bebí. Dormía fatal. No paraba de montarme películas sobre el final de Campo de cebollas. Compartía una habitación con un ex sacerdote borrachín. Dejó la iglesia para vagabundear, beber y perseguir chuminos. Era un gran lector. Despreció mi currículo de libros policíacos en exclusiva. Lo mismo le daba Joseph Wambaugh que Jesús o Rin Tin Tin. Intenté explicarle lo que significaba Wambaugh. Los pensamientos se me desparramaron, descoyuntados. La verdad es que no me aclaraba.

El banco de sangre estaba a tres manzanas de la misión. Dos ventas de plasma me proporcionaron dinero para el libro. Fui andando a una librería del centro. Compré el ejemplar número 4 de Campo de cebollas y lo leí entero.

Ian muere. Karl sobrevive, destrozado. Jimmy y Greg se aprovechan de los vericuetos del sistema legal y se libran del justo destino de morir. Indignación de Wambaugh. Terrible compasión de Wambaugh. Su mensaje de esperanza al final, claramente definido, suavemente enmudecido.

El libro me conmovió, me asustó y me recriminó la vida irresponsable que llevaba. El libro me sacó indirectamente de mí y me hizo mirar a la gente en atento silencio.

Me largué de la misión temprano. Quería vagabundear, leer y beber. Dejé el Antabuse y me reintoxiqué. Me encontré con un viejo amigo del instituto. Tenía un plan delictivo de los de poca monta, de los “es perfecto, no te lo pierdas”.

Vivía al sur de Melrose, justo enfrente del restaurante Nickodelle. El bar estaba a rebosar de borrachos pudientes. Yo asaltaría a los borrachos en el aparcamiento y los dejaría fuera de combate. Cruzaría Melrose de una carrera y llegaría a su casa en dieciséis segundos clavados.

Me negué. No se levanta la mano a otro ser humano gratuitamente. Eso no lo aprendí de pequeño con los luteranos. Con Joseph Wambaugh, sí.

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A los que hayan llegado hasta aquí, felicidades. No sé si el esfuerzo les habrá merecido la pena, pero ahí tienen la sección de comentarios para explayarse al respecto. Si se han quedado con ganas de más, el prólogo continúa durante otras dieciocho páginas, tan buenas y tan adictivas como lo que han leído hasta ahora. Y si creen que Ellroy estaba exagerando un poco, anímense a leer Hollywood Station. A mí me lo prestó mi compañero Gorka, Alá le dé la paz y la alegría, y yo voy a comprar mi propio ejemplar, pero no me importaría fundirme la pasta en una pinta de vodka, robarlo en la librería Pickwick y leerlo dentro de un contenedor.

Tengan cuidado ahí fuera, donde leer es bueno, es bello y es necesario.

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