A la mujer barbuda desde lejos se la saluda

Buenos días, Amigos y Desconocidos Lectores Constantes.

No sé si lo he contado alguna vez, pero debajo de mi casa hay un asador de pollos. Cada domingo me pongo los playeros y bajo a por un pollo con pimientos y a lo mejor hasta con patatas, hale, a lo loco. La cosa es que todo el vecindario hace lo mismo y se forman unas colas a la puerta del asador que le dan la vuelta a la manzana. Pero como todo el mundo sabe, las colas no suponen ningún problema para el Lector Constante: abre el bonito libro que se ha traído para entretener la espera y así es como se le cuelan las señoras que sólo quieren medio pollo, muy hecho, sin salsa.

Elegir el libro para la cola es sencillo. Nada de tochos poderosos, porque en cualquier momento tienes que buscar calderilla en el bolsillo, coger la bolsa con el pollo y la barra de pan, sacar las llaves… Si tardas diez segundos porque llevas el Quijote en una mano, se te cuela otra señora. Lo adecuado es llevarte un libro que puedas meter en el bolsillo de atrás de los vaqueros y eso es justamente lo que vengo a recomendarles hoy. Un libro pequeñito de la más grande. Alehop:

Éste es el libro pequeñito.

Y alehop:

Ésta es la más grande: Pilar Pedraza.

El libro, ya lo han visto ustedes, lo edita Siruela, en su Biblioteca azul (serie mínima). Es posible que hayamos hablado antes de Pilar Pedraza y ya sepan ustedes por qué es la más grande. El que esté todavía en la inopia, ya tarda en buscar y leerse Máquinas de amar: Secretos del cuerpo artificial, que es un ensayo estupendo sobre la muñeca y lo autómata, o Espectra. Descenso a las criptas de la literatura y el cine, que es otro ensayo estupendo sobre la muerta, la resucitada, la zombi, la fantasmal. Los dos los edita Valdemar. También tiene relatos y novela, pero qué quieren, a mí me parece un desperdicio que alguien que es tan bueno en el ensayo se dedique a la ficción, cuando necesitamos tanto que nos ayuden a pensar, para no ir por la vida con la opinión en primera versión.

Venus barbuda es igual de bueno que los anteriores, pero más pequeñito. Como Pilar Pedraza es la más grande, el tamaño no importa. No deja tema sin tocar y, mientras se enteran de la vida y los milagros de Antonietta Gonsalvus,

Stephan Bibrowski,

o la Baronesa Sidonia de Barcsy,

pueden ustedes aprender cantidad de cosas interesantes sobre el género, lo femenino, la animalidad, la misoginia, la cosificación y el simbolismo del monstruo peludo. Por mencionar sólo unas cuantas.

Desde aquí les estoy oyendo bostezar. Ay, lectores de poca fe. Todos esos temas son interesantes, claro que sí. Lo que pasa es que están ustedes escaldados de encontrarse blogs sobre lo femenino que provocan muchísimo sonrojo, o alegatos contra la misoginia que están escritos desde el lloriqueo, o ensayos acerca del género que parecen un guión desechado de “Escenas de matrimonio”. Pilar Pedraza es el bálsamo para esas quemaduras, amigos. También lo es Nora Ephron, que murió hace poco y que tiene un libro estupendo, Ensalada loca, donde reflexiona sobre el feminismo con un sentido del humor espatarrante. Bien sabía ella que la revolución será divertida o no será.

Venus barbuda analiza el fenómeno de la mujer peluda. Da para echarse unas risas, pero además da para pensar dos veces en el género y en la especie, en lo que somos y en cómo nos diferenciamos entre nosotros y de los animales. Los que hayan leído Tarzán, recordarán que además de aprender él solito a leer, que ole sus huevos selváticos, aprendió también a afeitarse con el cuchillo de su padre. Y para qué necesita afeitarse un fulano que pasa la vida saltando de liana en liana y pegándose con feroces cocodrilos, se preguntarán ustedes. Para ser hombre frente a los monos. Cuando Tarzán era pequeñito, su falta de pelo le convertía en un mono raro. Luego, leyendo los libros de su padre, se dio cuenta de que no era un mono sino un hombre y ya se quedó más tranquilo… hasta que empezó a salirle barba. Intentó primero arrancársela y luego afeitársela. Era doloroso, dice el libro, pero Tarzán estaba orgulloso de su ascendencia humana y el pelo era lo que marcaba la diferencia. Naturalmente, lo siguiente fue querer ropa y no tardó en robarle el taparrabos y otros complementos a un desgraciado guerrero negro, pero ésa es otra historia. ¿No han leído ustedes Tarzán? Ya están tardando.

El vello facial en las mujeres cuestiona por igual la especie y el género. La barba, en todas las culturas y momentos, es un atributo definitivamente viril. La mujer barbuda se sitúa en mitad de ninguna parte, porque tiene atributos femeninos (pechos, genitales, voz) pero quedan anulados, son invisibles, ante la presencia de la barba, que hace de ella un prodigio o un contradiós, según la visión de las distintas épocas. Cuando se entiende que no es animal sino humana, porque habla y razona y hasta canta y baila, todavía resulta inquietante porque no es ni hombre ni mujer y cuestiona con su sola existencia todas las características que se suponen implícitas al género. Bien por la mujer barbuda.

La Pedraza nos habla del impacto de las mujeres pilosas en distintos momentos de la historia. Niñas encrespadas, como la dulce Antonieta Gonsalvus, que fueron entretenimiento y maravilla de las casas reales, o santas barbudas, como Santa Librada, de la que aquí somos muy fans por su oración para el buen parto, que reza así:

Santa Librada, santa Librada,

que la salida sea tan dulce como la entrada.

Santa Librada surge de una mezcla de leyendas populares, y a veces se llama Liberata y a veces Wilgefortis.  La falsa etimología de este último nombre lo hace derivar del latín virgo fortis, que ya me imagino que no necesitan ustedes que traduzca. La cosa es que Wilgefortis era una chavalina a la que su padre quería casar con un pagano contra su voluntad. La pobre vivía más presionada que el hijo de Supernanny, así que, para alejar al pretendiente, pidió a Dios que la convirtiera en una criatura repugnante y, zasca, le salió vello por todo el cuerpo y una barba hermosísima. Al pagano le habían prometido una bella princesa, así que cuando vio aquel cuadro de novia salió de allí a uña de caballo. El padre de Wilgefortis se puso hecho un basilisco y mandó que la crucificaran.

Santa Wilgefortis con toda la barba.

Según otra leyenda menos molona, lo que hizo Wilgefortis fue negarse a comer y acabar anoréxica perdida, lo que también funcionó estupendamente para espantar al pretendiente. La Iglesia romana, que tiene un cuajo poderoso y muy poco sentido del humor, la descanonizó en una revisión de su santoral. Venere a los buenos, a los reconocidos oficialmente, y desconfíe de imitaciones y toda esa mandanga, pero a Santa Librada se la sigue invocando en muchos sitios para que deshaga matrimonios no deseados. Si nos bajamos de la leyenda, la cosa es mucho más vulgar: nunca hubo una Wilgefortis. Lo que hubo fue un Cristo crucificado al que se representó con la iconografía oriental de la época: pelo largo, barba y una túnica con mucho vuelo. En Europa, donde los pantalones eran como el Soberano (cosa de hombres), aquello no ofrecía lugar a dudas: era una señora con barba y punto pelota.

Lo antiguo es mejor y más divertido, pero Pedraza revisa los casos de peludas hasta anteayer, como quien dice, y ustedes pueden leer la historia de las mujeres pilosas en el contexto del freak show, del zoo humano, de la performance moderna, del cine y de la tele. No hay mención a Julia Roberts con las axilas peludas o a Amanda Palmer con las piernas sin depilar, pero sí habla de la erótica de la mujer velluda y, por tanto, animalizada, sujeta solamente a los instintos más básicos: comer y follar. La mujer pantera, la loba, la tigresa y otras tantas le sirven para reflexionar sobre la animalización (que es otra forma de cosificación) de la mujer y la cantidad de interesantes teorías que pueden formularse al respecto. Desde la mujer loba y su ciclo lunar, que se asocia a la menstruación, hasta Catwoman y su caracterización, que cada vez se aleja más de la pícara ladrona y se acerca más a la dominatrix con cuero, vinilo y látigo.

No quiero currarme una reseña más larga que el libro, que ya digo que es finito, así que aquí nos quedamos. Échenle un vistazo, que lo merece, y conozcan de cerca a Julia Pastrana, a las amazonas de Dahomey, a Madame Delait y su bicicleta, a Jennifer Miller y su Circus Amok y a otras tantas mujeres de lustroso pelaje. No se arrepentirán.

Tengan cuidado ahí fuera, donde hay pelo y hay alegría.

Morir, eso no se le hace a un gato

Buenos días, Amigos y Desconocidos Lectores Constantes.

Llanto y crujir de dientes en la Biblioteca Constante, porque ha muerto Wislawa Szymborska. No somos muy dados en este blog a la necrológica o al panegírico, salvo excepciones muy contadas, pero la dama lo merece y ustedes, que a lo mejor no la conocen, también. Aunque alguno recordará que ya hablamos de ella aquí, nunca sobra insistir un poquito más, para los que ese día no estaban a lo que celebraban. Además, un amable Lector Constante ha enviado un correo pidiendo que se recuerde a la ausente comme il faut, y ya saben ustedes que yo no puedo negarles nada.

De su biografía no voy a decir ni pío, porque apenas la conozco y porque los que estén interesados tienen a mano la Wikipedia o cualquiera de los mil artículos que se han escrito a la sombra de su ataúd. Sí les traigo una foto, para que vean el simpático aspecto que tenía la señora.

He mirado otras fotos antes de elegir la que ven y me he alegrado al ver que en todas parecía muy tranquila y muy contenta.  Hay, ya lo hemos comentado alguna vez, cierta tendencia a creer que los poetas son almas sensibles, que lloran por lo efímero de las flores y por el recuerdo de la brisa que refrescó el rostro de Héctor, domador de caballos, mientras caminaba hacia su muerte. No parece que ése fuera el caso de Wislawa Szymborska. A lo mejor sí, a lo mejor apoyaba una lánguida mano sobre una pálida frente y suspiraba por esto y por lo otro, mientras su abuelo movía la cabeza y mascullaba: “A picar piedra te ponía yo, tonta los cojones”. Ya les digo que a mí me parece que pasaba mucho tiempo tranquila y contenta, pero qué sé yo. Ustedes juzgarán cuando lean los poemas que les traigo hoy.

Sólo tengo un libro suyo, Paisaje con grano de arena, editado por Lumen y traducido por Ana María Moix y Jerzy Wojciech Slawomirski. Por ahí corren otras traducciones y a lo mejor les pongo alguna en los comentarios, porque yo no hablo polaco y seguramente ustedes tampoco, y vale la pena ver más de una versión del mismo poema.

Yo no sé comentar poesía. De todo lo que estudié en la carrera, me queda bien poco en la cabeza. Sólo sé decir: “Hala, qué bonito”, y gracias. Con la Szymborska, de todas formas, creo yo que no hace falta mucho más, porque todo lo que escribe es tan tierno y tan sencillo como si se lo contara a un niño. Así que, si les parece, yo dejo ahí el poema, ustedes lo leen y todos felices.  Allá vamos, amigos.

SOBRE LA MUERTE, SIN EXAGERAR

No sabe encajar una broma,

no sabe de estrellas, de puentes,

de tejidos, de minas, de labranza,

de construir barcos, ni de pastelería.

Hablamos sobre el día de mañana

y dice su última palabra

sin venir nunca al caso.

Ni siquiera sabe hacer

las funciones propias de su oficio:

ni cavar fosas,

ni clavar ataúdes,

ni limpiar los despojos que su paso deja.

Ajetreada con tanto matar,

lo hace de cualquier modo,

sin método ni destreza.

Como si se estrenara con cada uno de nosotros.

De acuerdo, tiene éxitos,

pero, ¡cuántos fracasos,

cuántos golpes fallidos

e intentonas estériles!

A veces le faltan fuerzas

para fulminar a una mosca al vuelo.

Y más de una oruga la deja atrás

al arrastrarse en la carrera a más velocidad.

Todos esos tubérculos, vainas,

antenas, aletas y branquias,

plumajes nupciales y pelambres de invierno

demuestran serios retrasos

en su penosa labor.

La mala voluntad no basta,

y nuestra ayuda a base de guerras y revueltas

no le resulta por ahora suficiente.

En los huevos laten corazones.

Crecen los esqueletos de los recién nacidos.

Las semillas se visten con sus primeras hojas

y a veces también con árboles en el horizonte.

Quien afirma que es todopoderosa

es, él mismo, prueba viviente

de que, de todopoderosa, nada.

No existe vida

que, aun por un instante,

no sea inmortal.

La muerte

siempre llega con ese instante de retraso.

En vano golpea con la aldaba

en la puerta invisible.

Lo ya vivido

no se lo puede llevar.

Para eso es la poesía, ¿saben? También para llorar por las efímeras flores y los guerreros caídos, claro, pero sobre todo para explicar el mundo en términos que, aunque no entendamos del todo bien, entendemos de alguna manera. Dicen por ahí que la poesía, como la música, la llevamos dentro y la reconocemos cuando la oímos.  A lo mejor es cierto. Probemos con otro poema, a ver si nos suena de algo.

ENCUENTRO INESPERADO

Somos sumamente corteses el uno con el otro,

decimos: qué agradable encontrarnos después de tantos años.

Nuestros tigres beben leche,

nuestros halcones van a pie.

Nuestros tiburones se ahogan en el agua.

Nuestros lobos bostezan frente a jaulas abiertas.

Nuestras víboras se quedaron sin relámpagos,

los monos sin inspiración, y los pavos reales sin plumas.

Los murciélagos renunciaron a nuestros cabellos tiempo ha.

Sucumbimos al silencio sin acabar la frase,

sonreímos, sin recursos.

Nuestros humanos

no saben qué decirse.

Ése es otro motivo por el que me gusta Wislawa Szymborska: el uso de los animales en sus poemas. Recuerden que hablamos de una señora que vio un pingüino con meridiana claridad. Venga, otro más. Estamos que lo tiramos.

AGRADECIMIENTO

Mucho debo

a quienes no amo.

El alivio al enterarme

que intiman con otros.

La alegría de no ser

el lobo de sus corderos.

En paz estoy con ellos,

y en libertad,

dos cosas que el amor no puede dar

ni sabe tomar.

No les espero

yendo y viniendo de la puerta a la ventana.

Con la paciencia

de un reloj de sol,

comprendo

lo que el amor no comprende,

perdono

lo que el amor jamás perdonaría.

Entre una carta y una cita

no transcurre la eternidad

sino sólo días o semanas.

Los viajes son siempre perfectos a su lado,

los conciertos se escuchan,

las catedrales se visitan

y los paisajes se contemplan.

Y cuando siete montes y ríos

nos separan,

son montes y ríos

señalados en el mapa.

Suyo es el mérito

de poder yo vivir en tres dimensiones,

en un espacio no lírico y no retórico,

frente a un horizonte movedizo y, por tanto, real.

Ignoran

cuánto me entregan sus manos vacías.

“Nada les debo”,

diría el amor

acerca de tan discutible cuestión.

Qué manera tan bella y discreta de contar lo que el amor nos hace, así como quien no quiere la cosa, ¿verdad? Me gusta especialmente, por lo que les decía del uso de los animales,  eso de no ser el lobo de sus corderos, y también soy muy fan de los montes y los ríos que, cuando te separan de alguien a quien no amas, son solamente montes y ríos, nombres en un mapa, y no una distancia terrible e infranqueable. Buf. Bien y bravo, Wislawa.

Venga, tres más y nos volvemos al sofá, que hace un frío polar en la Biblioteca Constante y yo tengo una pila de cosas por leer que mete miedo por la cabeza. Alehop.

ALLEGRO MA NON TROPPO

Eres bella le digo a la vida,

imposible imaginarte más exuberante,

ni más ranil, ni más ruiseñorial,

ni más hormiguera ni más semillera.

Intento ganarme su simpatía,

halagarla, mirarla a los ojos.

Soy siempre la primera en saludarla

con expresión de humildad en el rostro.

Le salgo al paso por la derecha,

le salgo al paso por la izquierda,

extasiada la pongo por las nubes,

y caigo de bruces, fascinada.

¡Qué montaraz el saltamontes,

qué mora la zarzamora!

Nunca creerlo pudiera

quien tal prodigio no viera.

No se me ocurre le digo a la vida

con qué poder compararte.

Nadie ha hecho nunca otra piña

ni mejor ni peor apiñada.

Alabo tu generosidad e ingenio,

tu grandeza de miras y tu precisión,

¿y qué más?, ¿qué más alabo?,

tu taumaturgia y tu brujería.

Para no ultrajarla en exceso

y evitar sus iras y enojos

desde hace cien milenios

le doro la píldora sin sonrojo.

Me acerco y le doy un tirón de hoja:

¿se ha detenido?, ¿me ha hecho caso?

¿Por una vez, sólo una,

olvida dar el siguiente paso?

De nuevo, bien y bravo, Wislawa. Qué manera estupenda de hablar de la muerte al revés, hablando de la vida. Empieza con lo que parece una celebración de lo que es la vida por la vida misma, por lo bellos que son los animales, lo bien pensado que está todo (que dirían Faemino y Cansado), lo prodigioso que es lo cotidiano. Pero hay ya una prisa en el elogio, un inquietante deseo de agradar, que va siendo más urgente cuando llega al ¿qué más, qué más alabo?, y que cristaliza en el último verso, donde nos explican todo lo que hemos leído: ¿no querrá la vida, abstraída en contemplar lo hermosa que es, detenerse ahí, detenerse un instante y no llevarnos a la muerte? Escalofrío y aplauso, Amigos, aunque esto es solamente lo que yo saco de la lectura y, a lo mejor, ustedes lo ven de otra manera. Es lo que tiene la poesía, que no es obligatorio entenderla siempre igual, como ya hemos comentado en alguna ocasión. Siéntanse libres de hablar del asunto en los comentarios, que yo voy copiándoles otro poema.

DESCUBRIMIENTO

Creo en un gran descubrimiento.

Creo en el hombre que hará el descubrimiento.

Creo en el espanto del hombre que hará el descubrimiento.

Creo en la palidez de su rostro,

en su náusea, en el sudor frío en la parte superior del labio.

Creo en sus apuntes en el fuego,

del primero al último

ardiendo en cenizas.

Creo en la dispersión de las cifras,

en su dispersión sin remordimiento.

Creo en la prisa del hombre,

en la precisión de sus gestos,

en su libre albedrío.

Creo en la destrucción de las tablas,

en el derramamiento de líquidos,

en la extinción de la llama.

Sostengo que se conseguirá,

que no será demasiado tarde,

y que ocurrirá sin testigos.

Nadie lo sabrá, seguro,

ni la esposa, ni la pared,

ni el pájaro: por si canta.

Creo en la negativa a participar,

creo en la carrera arruinada,

creo en la inutilidad de muchos años de trabajo.

Creo en el secreto llevado a la tumba.

Estas palabras planean por encima de las normas.

No buscan apoyo en ningún ejemplo.

Mi fe es firme, ciega y carece de fundamento.

Como queríamos demostrar: no tengo ni puta idea de a qué descubrimiento se refiere la Szymborska, pero no pasa nada. Ella misma dice que esto no se apoya en ningún ejemplo. Me conformo con imaginar eso que me cuenta y me gusta, ese hombre pálido, al que le tiembla el suelo bajo los pies por la fuerza del descubrimiento y que rompe y quema todo lo que había antes. Si tuviera una edición crítica, seguramente sabría algo más, pero ya ven, no me hace falta.

Total, que acabamos con un último poema. El amable Lector Constante que pidió esta entrada sugirió que así estará Garra Justiciera (que así se llama mi gato) cuando yo haya muerto. Aunque me hizo gracia la imagen, espero que no se cumpla, espero que algún amigo le busque una buena casa, donde le den pienso del caro y jueguen con ella al depredador y la gacela. Yo, de momento, me la llevo al sofá y ustedes pueden leer el poema y seguir con lo que estuvieran haciendo en esta fría y luminosa mañana de sábado.

UN GATO EN UN PISO VACÍO

Morir eso, a un gato, no se le hace.

Porque, ¿qué puede hacer un gato

en un piso vacío?

Subirse por las paredes.

Restregarse contra los muebles.

Nada aquí ha cambiado

pero nada es como antes.

Nada ha cambiado de sitio,

pero nada está en su sitio.

Y la luz sigue apagada al anochecer.

Se oyen pasos en la escalera

pero no los esperados.

Una mano deja pescado en el plato

y no es, tampoco, la de antes.

Algo no empieza

a la hora de siempre.

Algo no sucede

según lo establecido.

Alguien estaba aquí, estaba siempre

y de repente desapareció

y se empeña en no estar.

Se ha buscado ya en los armarios,

se han recorrido los estantes.

Se ha comprobado bajo la alfombra.

Incluso se ha roto la veda

de esparcir papeles.

¿Qué más se puede hacer?

Dormir y esperar.

¡Ay, cuando él regrese,

ay, cuando aparezca!

Se enterará de  que ésas no son maneras

de tratar a un gato.

Como quien no quiere la cosa,

habrá que acercársele,

despacito,

sobre unas patitas muy, muy ofendidas.

Y, de entrada, nada de brincos ni maullidos.

Con esto terminamos, Amigos. Si les ha gustado Wislawa Szymborska, sean generosos con sus placeres y hablen de ella a los que no la conocen. A mí me la descubrió el doctor Borge y algún día le regalaré un queso apestoso y exquisito, por el favor que me hizo. Palabrita de Lector Constante.

Hale, tengan cuidado ahí fuera, donde nada está en su sitio.

Guárdate, César, de los idus de marzo

Buenas tardes, Amigos y Desconocidos Lectores Constantes.

El mes pasado, con la cosa navideña, me fui a Asturias, donde está la mitad de la Biblioteca Constante. Algunas veces me traigo de esos viajes algún libro, que se queda en Madrid y ya no vuelve, pero en los últimos tiempos intento no hacerlo, porque en la Biblioteca Constante madrileña ya no me cabe ni uno más y estoy empezando a prestar oído a los tentadores cantos de sirena del libro electrónico. Total, que en el último viaje me traje uno que tenía ganas de releer y de traerles a ustedes, que se lo merecen todo: Vidas de los césares, de Cayo Suetonio.

Y dirán ustedes: “Vaya por Dios, con lo bien que íbamos con la novela negra”. No se alarmen, amigos. A todos, a mí la primera, nos intimida un poco el tocho clásico cuando lo vemos ahí, en esa sección desierta de la biblioteca. Sabemos que contendrá demasiadas fechas, demasiadas referencias a países que ya no se llaman como se llamaban (si es que aún existen como tales) y demasiadas batallas entre un tío que se llamaba Décimo Cayo Flavio y otro que también se llamaba Cayo, que así no hay quien los distinga, que parecemos abuelas viendo películas americanas.  Esto es así y a nadie que tenga Facebook le apetece.

Olviden su justificado temor a morir de aburrimiento en un triclinium: para ayudarles a pasar el Rubicón y meterse hasta las trancas en la cosa romana estoy yo y está el bueno de Suetonio. Las vidas de los doce césares son estupendas, están escritas con una soltura y un saber hacer que para mí los querría y son muy, muy interesantes. Tampoco voy a engañarles: en cada biografía hay una pequeña parte que es una chapa poderosa, pero el Lector Constante que se vista por los pies sabe que hay que pasar unas cuantas piedras por el tamiz para encontrar oro.

Suetonio, como le recomendó el Rey al Conejo Blanco, empieza por el principio, sigue hasta llegar al final y allí se para. Comienza hablando de la estirpe del césar, de su nacimiento y los prodigios que lo rodearon, porque los romanos eran muy fans del prodigio, y continúa con su educación hasta el momento de tomar la ropa viril, que es el momento en el que el romano deja de ser niño para empezar a ser hombre. A esto le siguen un par de etapas que son las que al Lector Constante pueden parecerle una pizca coñazo: la carrera del césar y sus batallitas. Es fácil perder el interés entre una batalla en la Galia cisalpina, un pleito con un tribuno de la plebe por el impuesto sobre el trigo y un discurso en el Senado sobre la ciudadanía romana. Desde aquí les oigo bostezar, amigos. Pueden pasar rápidamente esas páginas o pueden, si se ven con ánimo, leerlas con un buen mapa de las provincias romanas y un diccionario de romanos importantes. Lo primero, ¿verdad?

Total, que lo mejor está por llegar. Las últimas etapas de las vidas de los césares son estupendas: vida privada, prodigios que anunciaron su muerte, muerte propiamente dicha y testamento. A poco que sepan ustedes de la cosa romana, sabrán que la vida privada de un romano ilustre era un desmadre y un despiporre. Vicios, orgías, crímenes, desafueros y jolgorio como si no hubiera un Júpiter. A Suetonio lo acusaron de cotilla y de morboso, como si de un presentador de Sálvame se tratara, pero a mí me parece que todo está escrito con la misma claridad y sencillez que el resto. Hasta diría, y ya me contarán cuando lo lean, que hay una delicadeza importante en Suetonio y en la forma en que habla de los vicios de quienes eran poco menos que dioses para su pueblo.

Vamos al turrón. Una de las causas por las que me gusta Suetonio es el manejo del ritmo. Es difícil explicar qué es el ritmo en la escritura y yo misma sudo sangre cuando tengo que definirlo para un atento grupito de alumnos. Es de esas cosas, como limpiar o traducir, que destacan solamente cuando están mal hechas. Si usted está leyendo algo y no pierde el interés, si está deseando acelerar para saber qué ocurre después pero no lo hace porque está disfrutando como un marrano en un charco y tampoco quiere perderse nada, el autor ha acertado con el ritmo.

Ejemplo al canto: el fragmento que van a leer es la muerte de Julio César. No hay nadie, a estas alturas, que no sepa cómo murió César y seguramente también lo sabían los coetáneos de Suetonio. No importa. Saber a dónde vamos, saber que es inevitable acabar ahí, no estropea la lectura en absoluto, al contrario. Vamos a ir leyendo y parando para comentar la jugada, si les parece. Alehop.

Hubo prodigios admirables, que anunciaron a César su próximo fin. Se observó que los caballos que había consagrado cuando el paso del Rubicón y los había dejado pacer en libertad, se abstenían de tomar alimento y lloraban abundantemente. El augur Espurina le advirtió en un sacrificio que estaba amenazado de un peligro, al que se vería expuesto en los idus de Marzo. La misma noche anterior al día de su muerte, soñó que volaba sobre las nubes y tocaba la mano de Júpiter. Calpurnia, su mujer, soñó que caía el tejado de su casa y que su marido estaba en sus brazos herido de muchos golpes. Las puertas de su alcoba se abrieron por sí mismas.

Empezamos bien, ¿verdad? Los animales hacen cosas raras, ése es un prodigio de manual. El augurio de Espurina es más claro, más fácil de interpretar, pero a mí me gustan especialmente los sueños. César duerme inquieto y Calpurnia también, y al llegar la mañana los dos han soñado algo funesto. Es bonito el de César, volar sobre las nubes, tocar la mano de Júpiter, pero a mí me parece muy tierno, por su simbolismo, el de Calpurnia, donde su marido es el tejado de su casa, el que la protege, y ese tejado va a caer muy pronto. No hacía falta la segunda parte para saber lo que significaba ese presagio terrible y, por si eso fuera poco, las puertas de la alcoba se abren solas. La cara de César tuvo que ser un poema.

Todas estas razones y su salud, que era muy débil por entonces, le hicieron dudar si debía quedarse en casa y diferir para otro día lo que aquél tenía que hacer en el Senado; pero Décimo Bruto le exhortó a no faltar al Senado, donde le esperaban en gran número y desde hacía mucho tiempo.

Bravo, Suetonio. El lector, y especialmente el lector que ya sabe lo que va a ocurrir, está que se sube por las paredes, deseando avisar a César, impedir que vaya hacia su muerte, gritarle: “¡No vayas al Senado, César, que no te espera nada bueno allí!”. Seguro que Calpurnia le dijo eso mismo, y sabemos que dudó. Como haríamos ustedes o yo, pensó: “Puedo faltar y decir que estoy enfermo”, que es una de las reacciones más humanas que yo he visto en mi vida. Pero allí se le esperaba desde hacía mucho tiempo.

Salió a la quinta hora del día y le entregaron un escrito que contenía detalles de la conjuración; lo puso entre otros que llevaba en la mano izquierda, como dejando para más tarde su lectura. Inmoláronse muchas víctimas, sin que una sola diera presagios felices, y despreciando estos temores religiosos entró en el Senado, después de haber dicho a Espurina: “Ved cómo los idus de Marzo llegaron sin accidente”. “Todavía no han pasado”, contestó el augur.

Todo se precipita. Suetonio golpea una y otra vez sobre lo inevitable y sobre cómo pudo haberse evitado. César pudo haberse quedado en casa, pero fue al Senado. Por el camino pudo haber sabido que iban a matarle, pero no lo supo. Cada paso le aproxima a su muerte y, como si alguien quisiera avisarle a gritos desde muy lejos, llegan los augurios funestos, pero tampoco César hace caso de ellos, los desprecia. A esas alturas es imposible que estuviera tranquilo y, sin embargo, muestra coraje y le dice a Espurina: “ha llegado el día y aún estoy vivo”. Con la respuesta del augur terminan las advertencias: el destino de César está sellado. No nos queda sino contemplar la tragedia.

Cuando tomó asiento rodeáronle los conjurados como para hacerle la corte, y de pronto Tullio Cimber, que estaba encargado de comenzar la tragedia, se acercó a él como para pedirle una gracia. César le hizo señal para que dejase su petición para otro momento, y como Cimber le agarrase de la ropa, gritó: “¡Esto ya es violencia!”. Entonces, uno de los dos Carea le pegó en el cuello suavemente; César cogió por el brazo a Carea y le dio con un punzón que tenía en la mano; de pronto vio en todas partes aceros levantados contra él, y entonces se envolvió la cabeza y con la mano izquierda se estiró la ropa para caer con más decencia.

Llegó la hora. De nuevo, bravo por Suetonio: “encargado de comenzar la tragedia”, dice, y el ritmo no le falla. Se acerca Tullio Cimber, aún no hay palabras, sólo se acerca y César le hace un gesto, pero entonces se tocan, Cimber le agarra, y el contacto físico lo precipita todo. Gritos, César grita, golpes, de uno de los Carea y César se defiende, entendiendo ya (pero aún no del todo) lo que querían decir los presagios. Qué rápido ocurre todo cuando por fin comienza: brillan muchos aceros y es entonces cuando César lo entiende todo. Tanto lo entiende que no se defiende ya, no se preocupa de lo poco que le queda de vida sino de estar decoroso en la muerte. De caer con decencia, dice Suetonio, y la tragedia está a punto de acabar.

Infiriéronle veintitrés golpes. Al primero lanzó una queja sin pronunciar una palabra. Algunos cuentan que dijo a Bruto cuando avanzaba para herirle: “¡También tú, hijo mío!”. Permaneció algún tiempo tendido en el suelo. Todos habían emprendido la fuga. Por último, tres esclavos lo condujeron a su casa en una litera, de la que colgaba uno de sus brazos. De todas las heridas, la única que su médico Antiscio encontró mortal fue la segunda, recibida en el pecho.

¿Lo están viendo como yo lo veo, amigos? Veintitrés veces se levantaron los hierros sobre César y la escena es casi muda, una queja y luego silencio, quizá o quizá no una imprecación a Bruto, para atormentar sus días con la culpa de haber matado al que le quería como a un hijo y después, al suelo. Un tiempo, dice Suetonio, y todos habían emprendido la fuga, como si después de ese estallido de sangre todo se aquietara, como el silencio después de una explosión parece más silencio que antes de ella. Cuando vuelven los ruidos y recomienza la vida, sólo los esclavos se atreven a entrar a recoger al caído y fíjense qué hermoso detalle apunta Suetonio: uno de sus brazos colgaba fuera de la litera. Ese brazo inerte es signo seguro de muerte, es todo lo que se ve del que va en la litera, y quienes se cruzaron en el camino de los esclavos no pudieron albergar dudas al verlo. Para cerrar el círculo, Suetonio vuelve a las heridas. De las veintitrés que le infligieron, la segunda terminó con él y todavía se alzaron y cayeron los hierros más de veinte veces sobre un hombre que ya no podía seguir vivo. Buf.

César está muerto y Suetonio, como si necesitásemos consuelo, nos cuenta que ésa fue la muerte que, en opinión de casi todos, hubiera deseado. Habla de los prodigios que siguieron, del cometa que brilló en el cielo durante los juegos que organizó Augusto, su heredero,  y de cómo, a partir de entonces, se representó a César con una estrella sobre la cabeza. Habla de sus funerales, de la pira que consumió el cuerpo, de cómo el pueblo fue en masa a depositar ofrendas al campo de Marte y hasta los judíos velaron junto a sus cenizas muchos días. Y entonces, porque  Suetonio es mucho Suetonio y escribe estupendamente, cierra la vida de César con el destino de los que le dieron muerte.

Ninguno de sus asesinos le sobrevivió más de tres años, y ninguno murió de muerte natural; todos fueron condenados, todos perecieron, y cada uno de manera diferente: unos en un combate, otros en un naufragio, y muchos se suicidaron con el mismo hierro que levantaron contra César.

Así terminaron sus días los asesinos y así termina esta entrada, amigos. ¿Les ha gustado la prosa de Suetonio? Tiene otros retratos excelentes, como el de Calígula, que a lo mejor les traigo en otra ocasión, por si alguno todavía no se anima a darle un tiento a este libro estupendo. Y si quieren ver la muerte de César en una adaptación a la altura de la obra de Suetonio, échenle un ojo a Roma, donde Ciarán Hinds interpreta un César magnífico y donde hay que estar muy atentos al personaje de Bruto,  que es puro tormento y culpa. O lean el Julio César de Shakespeare, con el famoso discurso de Marco Antonio. La ilustración que acompaña a esta entrada sale de ahí, la pintó Richard Westall, que también ilustró muchas otras obras de Shakespeare. Yo me vuelvo a mis cosas y espero verles pronto. Que llevo una racha de entradas que no me la creo ni yo.

Tengan cuidado ahí fuera, donde todavía no han pasado los idus de marzo.

Maldito cumpleaños II

Buenos días, Amigos y Desconocidos Lectores Constantes.

Esta semana he pisado poco la calle porque hace un frío del carajo, porque mi zona está tomada por los fans de la cosa navideña (así se los coma un reno) y porque tenía un montón de regalos de cumpleaños que leer. Después de El salario del miedo, como si se hubieran puesto de acuerdo, otro compañero me regaló esto:

Lo edita, ya lo ven, Libros del Asteroide, que tiene libros muy bellos y de muchos colores y que ya tardaba en meterse a publicar novela negra con portada ídem. Lo escribe George V. Higgins, lo traducen al alimón Montserrat Gurguí y Hernán Sabaté y le firma el prólogo Dennis Lehane.

Es finito, no llega a las doscientas páginas y se lee en un decir Traga plomo, Joe. Y ahora que lo he terminado y tengo la mañana libre, vengo a  contarles por qué deberían leerlo. O, más bien, por qué deberían darle un tiento a la novela negra, en general, si es que a estas alturas de su vida todavía no se han animado. Que no pasa nada, que se puede uno morir sin haberla leído, pero también se muere gente sin haber follado nunca y coincidirán conmigo en que es una lástima.

En el programa de radio, en la cuenta de formspring y alguna vez en el tumblr hablamos de novela de detectives, novela policiaca, novela negra, pulp, hardboiled, noir y demás maravillas. La clasificación es un poco liosa y yo misma no la tengo nada clara, pero podríamos empezar por definir el género diciendo que trata del delito: del que lo comete, del que lo sufre, del que lo previene y del que lo castiga. Como el delito tiene formas mil, pueden elegir ustedes el que más gracia les haga y en el marco que más les interese.  Hay robos audaces, violencia doméstica, corrupción policial, asesinatos en serie, secuestros de hijo de millonario, tráfico de drogas, crímenes por dinero, por miedo, por celos, por venganza, por casualidad. Persiguiéndolos hay policías, detectives privados, inspectores, picapleitos, comisarios, guardias civiles, sheriffs del condado, psicólogos, médicos forenses y hasta amables ancianitas que, mientras preparan tartas para el mercadillo de la iglesia o plantan camelias para el concurso de jardines, atrapan a peligrosos asesinos. Esto sucede en Valencia, en Birmingham, en Oslo, en Calcuta, en los bajos fondos, en las aristocráticas mansiones, en las aisladas abadías y hasta en naves espaciales. Y vio Dios que era bueno.

El género es más popular que el pan y la leche, así que no les digo nada que no puedan ver si visitan una librería o una biblioteca, o si se han fijado un poco en lo que leen sus vecinos de asiento de tren o de toalla de playa. A veces hay novela histórica, a veces hay alguna basura firmada por Albert Espinosa, pero lo que nunca falta es el segundo tomo de Millenium o, en su defecto, algo de alguien que se apellida algo parecido a Svensson. La cosa nórdica lleva un tiempo haciéndose fuerte entre nosotros.

Como la mies es mucha, nosotros más bien pocos y nuestro tiempo definitivamente limitado, conviene ir prevenido a la hora de elegir lo que se echa uno a la faltriquera. Los que se enganchan al enigma, al quién mató al sobrino del vicario, serán muy felices con Agatha Christie. Los que quieren marcos exóticos  se darán a los casos del comisario argelino Brahim Llob, a las andanzas rusas de Nastia Kaménskaya o a las pesquisas por México de Héctor Belascoarán Shayne. Los que encuentran dificultades a la hora de identificarse con un señor que vive en Castroculo o habla un idioma rarísimo, pueden leer las aventuras de Pepe Carvalho, las de los guardias civiles Bevilacqua y Chamorro o las del periodista Julio Gálvez. Si alguien quiere mezclar géneros, puede irse a la histórica con Gereon Rath, comisario en la República de Weimar, o a la ciencia ficción con Carlos Clot, que vive e investiga en un Madrid que, tras la muerte de Franco, forma parte de los Estados Unidos.

Total, que motivos hay a cascoporro para animarse a leer novela negra, y podría estar haciendo listas hasta el fin de los tiempos. Como últimamente RBA está editando maravillas sin cuento (las novelas de Parker, por ejemplo, y también recopilaciones de todo Chandler o de todos los casos de Sam Spade), y no hay viaje en tren o autobús que yo haga sin comprar algo en la librería de la estación, vendré de vez en cuando a recomendarles lo que me esté leyendo. Pero de momento voy a contarles cuál es mi criterio para elegir entre tanto material apetecible: los diálogos. Sabrán ustedes que yo me gano la vida escribiendo series para televisión. Si han visto alguna vez la pinta que tiene una página de guión, se habrán fijado en que, casi siempre, lo que predomina es el diálogo. Lo que no es diálogo, lo que llamamos acción, suele ser descriptivo y poco o nada literario. Una cosa así:


Las acciones son importantes, ojo. Algunas veces hay que esmerarse describiendo el decorado, porque es la primera vez que lo vemos, pero si estás escribiendo Aída, no hace ninguna falta que le cuentes al director cómo es la tienda de Chema. Ya la ha visto mil veces y, a menos que haya algo importante que haya que resaltar para una trama (una bombilla medio fundida que provocará el incendio, unas cajas junto a la puerta que va a robar el Luisma), te puedes ahorrar los detallitos. En otras ocasiones, la descripción del decorado es la descripción del estado anímico de un personaje (el salón desastroso del que está deprimido y no sale del sofá, el despacho pulcro y ordenadísimo del maniático del orden), o el objeto que alguien esconde y la forma en que lo hace son factores importantísimos para entender lo que está pasando entre bastidores. Ahí hay que lucirse, explicarlo todo de la mejor manera posible y entender la diferencia entre ser claros y hacerle el trabajo al director o a los de maquillaje, que ya saben la pinta que tiene un tipo que ha recibido una paliza brutal y no necesitan que uno describa hasta el color de los cardenales.

Me enrollo. Lo que iba a decirles es que las acciones suelen ser concisas y descriptivas porque son funcionales. Los diálogos también, claro, pero sin que se note. Tienen que contar lo que queremos contar, ajustarse al registro del personaje, tener ritmo, sonar naturales y no aprendidos en casita y, ya de paso, cautivar al espectador y dejarle muerto en el huerto. No es fácil, ya se lo digo. Yo tengo compañeros que dialogan como fieras, capaces de hacer creíble el conflicto más inverosímil con dos líneas de diálogo bien puestas. A mí algunas veces me cuesta más y otras menos, según la escena, los personajes, el conflicto y si he desayunado como es debido o no.

Y a lo que íbamos: leer o escuchar diálogos estupendos ayuda mucho a la hora de aprender a dialogar. Imagino que es el equivalente de educar el oído cuando estás estudiando música, o el paladar y el olfato cuando te dedicas a la cocina. Por eso, a la hora de elegir lectura, es buena cosa fijarse en la calidad de los diálogos. Yo leí la trilogía Millenium, como todo el mundo, y no recuerdo una sola línea de diálogo que me llamase la atención. Ni una. Cero patatero.

En cambio, miren qué bonito diálogo mantienen estos dos personajes de Los amigos de Eddie Coyle: Jackie Brown, traficante de armas, y el mazas (el propio Eddie), que necesita unas pistolas y discreción absoluta:

—No lo comprendes de la misma manera que lo comprendo yo —dijo el mazas—. Tengo ciertas responsabilidades.

—Mira —dijo Jackie Brown—, te digo que lo comprendo. ¿Sabes cómo me llamo o no?

—Lo sé —replicó el mazas.

—Pues ya está —dijo Jackie Brown.

—De ya está, nada —dijo el mazas—. Ojalá me hubieran dado cinco centavos por cada vez que he sabido cómo se llamaba alguien, de veras. Mira esto. —El mazas extendió los dedos de la mano izquierda sobre la mesa de formica con motas doradas—. ¿Sabes qué es esto?

—Tu mano —le espetó Jackie Brown.

—Espero que examines las pistolas con más atención que esta mano —dijo el mazas—. Mírate la tuya, maldita sea.

Jackie Brown extendió los dedos de la mano izquierda.

—Sí —dijo.

—Cuenta cuántos nudillos tienes, joder —dijo el mazas.

—¿Todos? —preguntó Jackie Brown.

—Oh, Dios —exclamó el mazas—. Cuenta todos los que te dé la gana. Yo tengo cuatro más. Uno en cada dedo. ¿Sabes cómo me salieron? Compré material a un menda, del que también sabía cómo se llamaba, y el material fue rastreado y al tipo lo condenaron a entre quince y veinticinco años. Los cumple en la cárcel de Walpole, Massachusetts, y sigue allí, pero tenía amigos, y ellos me hicieron unos nudillos nuevos. Me metieron la mano en un cajón y, luego, uno de ellos cerró el cajón de una patada. Me dolió del carajo. No tienes ni idea de lo que me dolió.

—¡Jesús! —dijo Jackie Brown.

—Lo que hizo que me doliera más —dijo el mazas—, lo que empeoró el dolor fue saber lo que iban a hacerme, ¿comprendes? Estás allí y ellos te dicen que has cabreado a alguien, que has cometido un gran error y que ahora hay alguien chupando talego por ello y que no es nada personal, entiéndelo, pero tiene que hacerse. Ahora pon la mano ahí. Y tú piensas en no hacerlo, ¿sabes? Cuando era pequeño, iba a la catequesis y la monja me decía “Pon la mano”, y las primeras veces que lo hice me pegó en los nudillos con una regla de borde metálico. Como lo oyes. Conque un día, cuando me dijo “Pon la mano”, yo le dije “No”. Y entonces me pegó con esa regla en la cara. Pues esa vez igual, salvo que estos tíos no están cabreados, no se cabrean contigo, ¿entiendes? Son tipos a los que ves constantemente, tipos que a lo mejor te caen mal o que no te caen mal, con los que has tomado una copa o has salido a buscar tías. “Eh, Paulie, escucha, no es nada personal, ¿sabes? Has cometido un error. La mano. No quiero tener que pegarte un tiro, ¿vale?”. Así que pones la mano, la que tú quieras, yo puse la izquierda porque soy diestro y porque, como ya he dicho, sabía lo que iba a pasar, y entonces ellos te ponen los dedos en el cajón y uno de los mendas lo cierra de una patada. ¿Has oído alguna vez el ruido que hacen los huesos cuando se rompen? Es como cuando alguien parte una tablilla. Duele del carajo.

—¡Jesús! —dijo Jackie Brown.

—Exacto —dijo el mazas.

¿Les ha gustado? Pues ya saben por qué deberían leer Los amigos de Eddie Coyle o cualquier otra novela negra cuyo autor sepa su oficio y no se escude en el efectismo del asesino en serie, los recovecos del enigma o el exotismo de la India milenaria para tocarse los cojones y descuidar los diálogos. Y quien dice los diálogos, dice la prosa, claro. De eso hablaremos en otra ocasión. Hale, circulen, que aquí ya no hay nada que ver.

Y tengan cuidado ahí fuera, donde no es nada personal.

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