Buenos días, Amigos y Desconocidos Lectores Constantes.
Breve entrada la que les traigo hoy, Amigos, porque está amaneciendo de cojones y aliquando bonus dormitat Homerus y toda la vaina. Y porque, además, resulta que tengo el ánimo ferozmente primaveral, y lo mismo me subo por las paredes que me tiro por los suelos. Entre acrobacia y acrobacia, ocurre que estoy acumulando material jugoso para ustedes, que ya rezuma y rebosa, que está empezando a criar hijos… y que cada vez que me siento a escribirlo, acabo haciendo cosas que me avergonzaría de contar en los foros de amantes del tapir. Dejémoslo ahí. Ya se me pasará.
Mientras tanto, vamos a intentar romper la maldición, y vamos a hacerlo retomando una sección que ustedes, Lectores Constantes de Frágil Memoria, seguramente ya habían dado por perdida en el olvidadero. Mea culpa, mea culpa, lo sé. El ánimo primaveral, no me lo tengan en cuenta.
ENCONTRADO EN EL ÚLTIMO LIBRO
Es decir, encontrado en unas fotocopias que, quién sabe cómo, fueron a parar dentro de un libro, que a su vez estaba tan perfectamente oculto por otro libro más grande que llevo todos estos años convencida de que lo había perdido. Alegría, alborozo y una fanfarria de trompetas cuando lo encontré y lo abrí y cayeron las fotocopias. Hay tesoros en todas partes, como decía Pippilotta Viktualia Rullgardina Krusmunta Efraemsdotter Långstrump.
[O sea, Pippi Calzaslargas, que sí, que era muy punk, tenía un mono y un caballo, hacía lo que le daba la gana, se reía de la policía en su puta cara y todos querían ser como ella. Pf. A mí me parecía una lista de los cojones, y perdonen mi francés. Pero tenía razón, y en todas partes hay tesoros.]
Entre ellos, la palabra de hoy, y que pueden leer en la última estrofa de este poema:
LA ROSA DEL RELOJ
Es la hora de los enigmas,
cuando la tarde del verano,
de las nubes mandó un milano
sobre las palomas benignas.
¡Es la hora de los enigmas!
Es la hora de la paloma:
sigue los vuelos la mirada
de una niña. Tarde rosada,
musical y divina coma.
¡Es la hora de la paloma!
Es la hora de la culebra:
el diablo se arranca una cana,
cae del árbol la manzana
y el cristal de un sueño se quiebra.
¡Es la hora de la culebra!
Es la hora de la gallina:
el cementerio tiene luces,
se santiguan ante las cruces
las beatas, el viento agorina.
¡Es la hora de la gallina!
Es la hora de la doncella:
lágrimas, cartas y cantares,
el aire pleno de azahares,
la tarde azul, sólo una estrella.
¡Es la hora de la doncella !
Es la hora de la lechuza:
descifra escrituras el viejo,
se quiebra de pronto el espejo,
sale la vieja con la alcuza.
¡Es la hora de la lechuza!
Es la hora de la raposa:
ronda la calle una vihuela,
porta la vieja a la mozuela
Un anillo con una rosa.
¡Es la hora de la raposa!
Es la hora del alma en pena:
una bruja en la encrucijada,
con la oración excomulgada
le pide al muerto su cadena
¡Es la hora del alma en pena!
Es la hora del lubricán:
acecha el mochuelo en el pino,
el bandolero en el camino,
y en el prostíbulo Satán.
¡Es la hora del lubricán!
Esto lo escribió Valle-Inclán, y a lo mejor otro día, cuando se me haya pasado el arrebato primaveral, les cuento alguna cosa de él, que lo merece. No por lo que escribía, que también, sino porque el hombre iba por la vida con esta pinta tan estupenda:
Un tío con gafitas, barba de patriarca bíblico, zapatos estupendérrimos y una manga de sobra. Les adelanto la explicación y les ahorro el paseo por Google, que ya no son horas. Don Ramón tenía tendencia al encabronamiento repentino. Cuando le daba un satán, escupía insultos, bilis y espumarajos por la boca y desafiaba a duelo a quien se le pusiera por delante. Grrrrmfrrgghijosdeputaargghfhs, y todo eso.
En uno de estos arrebatos, se enzarzó con el periodista y crítico Manuel Bueno, que también era de la cofradía de la mano de hostias y que respondió a la sarta de insultos soltándole a Valle un contundente bastonazo en la muñeca. La cosa podría haber quedado en una fracturilla de andar por casa y poco más, porque un bastón no es una espada japonesa, pero el golpe le incrustó en la carne los gemelos que llevaba puestos. Eso es lo que pasa por echarse a las calles hecho un figurín, Amigos.
Total, que la herida se infectó, Valle la descuidó, y aquello acabó por gangrenarse y no quedó más remedio que amputarle el brazo. Trrchack! Naturalmente, a Bueno le comía la culpa, así que fue a pedir excusas en cuanto tuvo oportunidad. ¿Y qué le dijo Valle, como quien no quiere la cosa?
-No se preocupe, aún me queda el otro, que es el de escribir.
Efectivamente, amigo. Le quedaba un brazo y además un envidiable espíritu de ahí me las den todas, porque prueben, prueben ustedes a atarse unos lustrosos botines acharolados con una sola mano, por no hablar de otras funciones un poquitín más necesarias, y ya me dirán si se lo tomarían con ese cuajo.
En fin, que me pierdo y que sigue siendo primavera. ¿Se han quedado con la palabra? Pues vamos a ver qué cuenta el diccionario:
lubricán.
(De lupus, lobo, y canis, perro, infl. por lóbrego).
1. m. crepúsculo.
Haciendo una búsqueda rápida por la red, observarán que casi todos los resultados conducen a este poema o a una página de caza o de armerías. No es que se use mucho, esto del lubricán. Suena un poco sucio, ¿verdad? Pues ya saben lo que les toca, Amigos Lectores. Ármense de coraje y úsenla a discreción. Si quieren un contexto apropiado, esperen a estar a solas con el objeto de su lujuria, entornen así los ojos (sí, así, con mirada lúbrica) y digan sin temor:
-Cúbreme de besos, sirena, que es la hora del lubricán.
Si el objeto pone cara de pasmo (comprensible), o se parte de risa (más comprensible aún), puede usted estar tranquilo. Si pilla las dos referencias, santo Dios, póngase la ropa y salga de ahí a uña de caballo, porque está usted en las garras de un Lector Muy Muy Constante. Y menudo coñazo.
Me voy a dormir. Despiértenme el 21 de junio.
Hasta entonces, tengan cuidado ahí fuera, donde acecha el mochuelo en el pino, tan feliz.
Constant Reader.
