Buenas noches, Amigos y Desconocidos Lectores Constantes.
¿Recuerdan que les recomendaba, hace mucho, mucho tiempo, un libro estupendo que se llama La colina de Watership? Ya saben, la historia de los conejos. Les hago dos extractos y luego les cuento:
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Los conejos sólo saben contar hasta cuatro. Todo lo que pase de ahí es hrair, “un montón”, “un millar”. De este modo, dicen U hrair (“los Mil”) para referirse colectivamente a sus enemigos, los elil, como ellos los llaman: zorros, comadrejas, armiños, búhos, gatos, el hombre, etc.
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Tailí no se movió. De repente, a Avellano se le ocurrió que si Tailí había muerto -¿y qué otra cosa podía hacer que permaneciera tan silencioso en el barro?-, debía alejar en seguida a los otros antes de que la terrible pérdida les hiciera perder el valor y el ánimo, como sucedería si se quedaban junto al cuerpo. Además, el hombre vendría pronto. Quizá ya venía con su escopeta para llevarse al pobre Tailí. Tenían que marcharse; y él debía procurar que todos ellos -incluso él mismo- olvidaran lo sucedido, para siempre.
-Mi corazón se ha reunido con los Mil, porque hoy mi amigo ha dejado de correr- dijo a Zarzamora, citando un proverbio de los conejos.
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Mi corazón, Amigos y Vecinos, también se ha reunido con los Mil, porque Kowalski, el pequeño y fiel Bibliotecario Constante, dejó de correr hace un par de días. La bandera pirata ondea a media asta desde entonces. Era una criatura pequeña y tierna, y su existencia añadía cierta belleza y maravilla a la mía.
En su memoria, dos cosas les traigo hoy.
a) Un epitafio bellísimo, extraído de las cartas que Vincent Van Gogh le escribió a su hermano Theo. No sabría decir si se las recomiendo. Son estupendas en más de un sentido, pero también son la minuciosa descripción de la tristeza y la miseria que acompañaron al pintor durante los últimos años de su vida. Igual no tienen ustedes, Amigos, humor para tanta desdicha.
Lean, de todas formas, el hermoso, hermoso epitafio:
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[...] Por una completa casualidad he hallado en un viejo periódico una frase escrita sobre una antigua tumba en los alrededores de aquí, en Carpentras. Fíjate en este epitafio, muy, muy, muy antiguo; del tiempo -digamos – de la Salambó de Flaubert. «Thébé, hija de Thelhui, sacerdotisa de Osiris, que nunca se quejó de nadie». Si ves a Gauguin, cuéntaselo.
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b) Los amigos de Niviuk expresaron su pésame enviándome una versión musicada del bello poema La flor de mi cólera, de Thomas Bernhard. Es una lástima que no puedan oír la canción, que es de verdad buena, pero pueden pasmarse con el poema. No tengo la versión original, que imagino que estará en alemán, así que sólo puedo darles la traducción al inglés que hizo James Reidel, y la traducción al español que debemos a Niviuk. Es un extraño poema, me parece adecuado como pésame y, sin entenderlo del todo, lo encuentro tan sencillo y deleitoso como meter las manos en el agua. Disculpen lo insólito de la puntuación, pero la de Reidel la he copiado tal cual la encontré, y vaya uno a saber cómo será la de Niviuk. He puesto, porque me lo pedía el cuerpo, un par de comas de vocativo y pare usted de contar. Lean, Amigos:
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The flower of my anger grows wild
and everyone sees its thorn
piercing the sky
so that blood drips from my sun
growing the flower of my bitterness
from this grass
that washes my feet
my bread
o Lord
the vain flower
that is choked in the wheel of night
the flower of my wheat Lord
the flower of my soul
God despise me
I am sick from this flower
that blooms red in my brain
over my sorrow.
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Salvaje crece
la flor de mi cólera
todos son como la espina
que atraviesa el cielo
gotea la sangre de mi sol
crece la flor de mi amargura
de esta hierba
que lava mis pies
mi pan
oh Señor
la flor necia
que se ahoga en la rueda de la noche
la flor, Señor, de mi trigo
la flor de mi alma
despréciame, Dios
estoy enfermo de esa flor
que se abre, roja,
en mi cerebro
sobre mi pena.
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Con esto, Amigos, me voy a dormir. Estaré pronto de nuevo con ustedes, espero.
Tengan cuidado ahí fuera. Ya imaginarán por qué.
