Buenos días, Amigos y Desconocidos Lectores Constantes.
Disculpen el abandono en que les he tenido estos meses. Los Amigos Lectores que se han pasado por la cuenta de Tumblr saben que sigo viva y que quiero ser un superhéroe casi a diario. También habrán visto allí algún que otro libro estupendo, alguna foto de caerse de espaldas y más de un ilustrador al que vale la pena echarle un vistazo. Tumblr es de manejo fácil y rápido y me permite compartir cosillas puntuales que no necesitan comentarios. No sustituye al genuino Lector Constante, pero es que no he tenido tiempo ni ganas para más. Ya lo siento.
Hoy les traigo una cosa rápida y espero poder volver con más tiempo a contarles otras. Lo que van a leer es un extracto del cuento Maternidad, de Andrés Caicedo. Este tipo:
A lo mejor no les suena el muchacho, porque nadie lo ha editado en España, a pesar de que, en su día, lo llamaron el Salinger colombiano. No sé si la comparación tiene algún sentido, pero se apretó sesenta pastillas de Seconal cuando tenía veinticinco años, así que me temo que ya nunca lo sabremos. Es una lástima que no sea más conocido y que las palabras escritor colombiano nos lleven siempre a Gabriel García Márquez y no a Caicedo, que se cagaba bastante en el realismo mágico.
En fin, les dejo el comienzo del cuento y a ver si otro día hablamos con más calma de este muchacho, que lo merece. Está extraído del volumen Destinitos fatales, que publicó Oveja Negra. Le he añadido unas negritas pero le respeto la estructura, aunque qué le costaría a Caicedo separar párrafos, coño.
A las vacaciones de quinto de bachillerato salimos con un saldo de muertos. “Es una verdadera tragedia terminar un año marcado por triunfo —la construcción de un nuevo pabellón deportivo, por ejemplo— con la desaparición de seis jóvenes que apenas despuntaban la que sería una brillante carrera”, se lamentó el padre rector, en el discurso de clausura. Pepito Torres hizo un viaje repentino a Bogotá (faltó a un examen final) y dicen que se vino a pie, devorando cuanto hongo mágico encontró a la vera del camino, y al llegar a Cali comenzó a dar escándalo público por la sexta, lo agarraron dos policías sin avisar a sus papás, lo metieron en la radiopatrulla en donde murió como un perro, dándose contra las rejas, exhalando por boca y narices un polvito negro. Manolín Camacho y Alfredo Campos, los inseparables, se volaron del colegio y fueron a pasar un viernes de tarde deportiva en el Río Pance, hubo crecida, y a los dos días encontraron sus cuerpos “entrelazados”, pero el periódico no explicaba cómo. Tiempo después un campesino encontraría, entre las raíces de un carbonero a la orilla del río, una botella con un manuscrito de Alfredo, redactado compulsivamente: “Vemos cómo crece el río. Es increíble. Es como si viniera a cobrar venganza por el pasado esplendoroso que le quitaron las modernas urbanizaciones. Pero ruge, recobra su poder. La idea se nos ha ocurrido a ambos. No seremos víctimas en vano. Mejorarán los tiempos. Cogidos de la mano caminamos hacia el río”. Yo nunca pensé que las cosas mejorarían así no más. Un mes antes de exámenes finales, Diego A. Castro (Castrico) salió con su hermano mayor, Julián, a La Bocana del Océano Pacífico. Les encantaba ese mar de agua, arena, cielo, selva y gentes negras. Ambos habían ganado medallas en intercolegiados, departamentales y nacionales de natación. No fueron a ninguna competencia internacional por el uso de las pepas. Así, podían nadar hasta la línea del horizonte, de allí alcanzar la línea que uno podría divisar si llegara al horizonte, y aún la otra. Pero no esa vez. A las pocas brazadas, Julián le resopló que se sentía muy mal, que se devolvía. Castrico, abstraído en sus movimientos parejos sobre las cresticas de cada ola, le dijo que bueno, y siguió nadando. Al regresar, feliz de su inmensa travesía, lo encontró en la playa, muerto, con el pescuezo inflado. Nadie sabe cómo regresó Castrico a Cali, pero ya se le había atravesado la existencia. Comenzó a buscarle pelea a todo el mundo, en especial a los amigos de su hermano. Cargó puñal. Viajaba al campo y allá peleaba con machete y ruana envuelta. Lo encerraron en el manicomio y se voló del manicomio reclamando la presencia de su madre. No era más que ella le tuviera al lado su frasco de pepas y Castrico se quedaba calmado, acariciando las flores, jugando con los gatos. Salía a la sexta una vez cada dos meses, y yo lo veía parado solo, hablando incoherencias sobre todas las mujeres, sonriendo. En la última pepera salió despavorido a buscar pelea, pero murió antes de que se la dieran: quedó como clavado en el suelo, gritó que se le abría el suelo y cayó muerto. Y van cinco. El sexto, Manolín Camacho, es el que más me duele. Mi compañero de pupitre. Solíamos caminar distraídos en los recreos, hablando de paisajes que nos imaginábamos en tres dimensiones de sólo mirar mapas. Nunca había probado ninguna droga, ni en las fiestas bebía. Sólo un sábado. Vaya a saber uno con quién se metió, quién lo invitó, por qué lo vieron recorriendo calles a la velocidad que iba, con la velocidad que iba, con la mirada desencajada, buscando qué, con la piel llena de huecos, insultando ancianas, pateando carros. Murió solo, en un baño cualquiera, esforzándose por vomitar lo que seguro se había tragado inocentemente y ahora le cercenaba el coccis, la próstata, el cerebelo. Le dieron una mezcla de analgésico para caballos y líquido de frenos para aviones. “Es una lástima, una serie así de muertes sin ningún sentido”, decía el padre rector. Y yo, agarrado a mi asiento, con una rabia inmensa, sabía qué sentido había. Nos habían escogido como primeras víctimas de la decadencia de todo, pero yo no iba a llevar del bulto. “Haré mi afirmación de vida”, pensaba, y no sonreí ni una sola de las seis veces que me llamaron para recibir diplomas de matemáticas, historia, religión, inglés, geografía y excelencia. Miraba a ese público compuesto por curas, alumnos y madres de familia, y recibía los aplausos con apretón de dientes. “Haré mi afirmación de vida”. (…)
Espero que les haya gustado. Para los despistados, pepas son pastillas, y ésa es otra cosa buena de leer colombianos: aprende uno cantidad de palabros curiosos. Dicho lo cual, les dejo y me voy al curro. Aunque preferiría, ya se lo digo, comer cristales.
Tengan cuidado ahí fuera, donde nos han elegido como víctimas.


11 Comments
bueno, yo también pienso un poquito en fernando vallejo cuando me hablan de colombianos… y, por cierto, le veo cercanías al texto de este chico desconocido para mí: realismo, jóvenes, drogas, muerte, muerte, muerte. Ya en lenguaje es otra cosa, que caicedo parece muy elaborado y con vena lírica que vallejo cultiva menos en su ‘literatura a puños’
Gusssta, apuntau.
Jopé… vaya tela. Y menudo último párrafo.
Besines, lectora.
¡¡¡Yupi yéyyy, Lector Constante is back!!
Sí, ya sé que estaba usted en Tumblr y que sus imágenes son impactantes, pero convendrá usted conmigo en que no es lo mismo.
Nos faltaban los comentarios de más de una línea. Un poco de feedback, de recrearse en la suerte, por el amor de Dios. Que han sido más de tres meses de ausencia, hágase usted cargo.
Por cierto, vi el primer capítulo de la nueva temporada de “Los hombres de Paco” porque usted tenía algo que ver con ello. Sin paños calientes, era una basura. ¡Qué dolor de copia cutre de CSI! Más o menos, la imagen que yo tenía de la serie, que no sigo salvo si usted está implicada en ello. Aunque sorpresas te da la vida: también pienso que “Águila Roja” es una bazofia intragable, y mira tú qué share tiene…
Parece mentira que desperdicien así el talento de guionista que usted indudablemente tiene.
Va a ser verdad que los buenos no siempre ganan, salvo en las historietas de supehéroes.
Casi que entiendo mejor su fijación por los superhéroes…y que me solidarizo.¡¡A por ellos, que en el fondo son unos piltrafillas!!
¡Por todos los dioses, querida, que gusto tenerla otra vez! Bienvenida.
También la seguía en el <> Lector Constante y las imágenes eran geniales, pero… aquí también puede poner imágenes ¿no?
Un afectuoso achuchón (si me permite).
Bueno, en lo que no ha salido pretendía poner “otro” Lector Constante. Cosas de la tecnología, supongo.
Y pensándolo mejor, nunca sobran los Lectores Constantes. Agradecida por los que hay y los que vengan.
Ufff, respiro aliviada.
Bueno, lo prometido es deuda, quienes tengan la costumbre de leer en el idioma de la Pérfida Albión, ésta es la página que me hace plantearme seriamente comprarme un libro electrónico.
http://www.truly-free.org/
Impagable.
Para mi también es un agrado saber que no se ha olvidado de los desconocidos lectores constantes, normalmente sólo paso de visita y leo algunos de sus anteriores aportes, pero para opinar al respecto del tema actual o al menos del último, también me gustó el anterior párrafo, me dejo como pensando. El tipo de lenguaje que él usó, sí lo encuentro algo común, porque aquí en Guatemala, utilizamos las mismas palabras solamente que con otro tipo de estructura gramatical, a excepción de la palabra “pepas”, aqui les decimos “pastas”, pero esa es una expresión solamente de integrantes de bandas o maras y emulado por los ingenuos estudiantes.
Espero que no pase de nuevo bastante tiempo para volver a saber de usted, y al respecto del “curro”, (palabra que descubri al tiempo que significa “lugar trabajo”), no le ponga mucho tedio, al menos estoy seguro que le gusta los constantes debates al respecto de como o cuando poner a los personajes a parir o triunfar. No lo comento por haber visto algún capítulo aqui en Guatemala, porque aqui nos atoran solo series mexicanas y estado unidenses, pero todas las series deben seguir la misma estructura general. Pero bueno, hasta la proxima.
Ingram, por todos los santos del cielo, VUELVA. Le echo tanto de menos que, en ocasiones, rastreo el Focoforo sólo por leerles a usted y a Winters.
Ni llama, ni escribe. Ud. ya no nos quiere.
Me gustó, Ingram.
No comas cristales.
Y enséñanos más cosas.
Por pedir que no sea.