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	<title>Lector Constante &#187; La estrella extravagante</title>
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	<description>La Biblioteca del Lector Constante. Porque leer es bien y todo lo demás tampoco está mal.</description>
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		<title>Caminamos hacia el río</title>
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		<pubDate>Tue, 23 Feb 2010 08:36:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Lector Constante</dc:creator>
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		<category><![CDATA[La estrella extravagante]]></category>
		<category><![CDATA[Lo que ustedes deberían leer]]></category>

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		<description><![CDATA[Buenos días, Amigos y Desconocidos Lectores Constantes.
Disculpen el abandono en que les he tenido estos meses. Los Amigos Lectores que se han pasado por la cuenta de Tumblr saben que sigo viva y que quiero ser un superhéroe casi a diario. También habrán visto allí algún que otro libro estupendo, alguna foto de caerse de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Buenos días, Amigos y Desconocidos Lectores Constantes.</p>
<p>Disculpen el abandono en que les he tenido estos meses. Los Amigos Lectores que se han pasado por la cuenta de <a title="Lector Constante en tumblr" href="http://lectorconstante.tumblr.com/">Tumblr</a> saben que sigo viva y que quiero ser un superhéroe casi a diario. También habrán visto allí algún que otro libro estupendo, alguna foto de caerse de espaldas y más de un ilustrador al que vale la pena echarle un vistazo. <strong>Tumblr</strong> es de manejo fácil y rápido y me permite compartir cosillas puntuales que no necesitan comentarios. No sustituye al genuino <strong>Lector Constante</strong>, pero es que no he tenido tiempo ni  ganas para más. Ya lo siento.</p>
<p>Hoy les traigo una cosa rápida y espero poder volver con más tiempo a contarles otras. Lo que van a leer es un extracto del cuento <em>Maternidad</em>, de <strong>Andrés Caicedo</strong>. Este tipo:</p>
<p><a href="http://www.lectorconstante.com/wp-content/uploads/2010/02/andres.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-833" title="andres" src="http://www.lectorconstante.com/wp-content/uploads/2010/02/andres.jpg" alt="" width="660" height="692" /></a></p>
<p>A lo mejor no les suena el muchacho, porque nadie lo ha editado en España, a pesar de que, en su día, lo llamaron <em>el Salinger colombiano</em>. No sé si la comparación tiene algún sentido, pero se apretó sesenta pastillas de Seconal cuando tenía veinticinco años, así que me temo que ya nunca lo sabremos. Es una lástima que no sea más conocido y que las palabras <em>escritor colombiano</em> nos lleven siempre a <strong>Gabriel García Márquez</strong> y no a <strong>Caicedo</strong>, que se cagaba bastante en el realismo mágico.</p>
<p>En fin, les dejo el comienzo del cuento y a ver si otro día hablamos con más calma de este muchacho, que lo merece. Está extraído del volumen <em>Destinitos fatales</em>, que publicó <strong>Oveja Negra</strong>. Le he añadido unas negritas pero le respeto la estructura, aunque qué le costaría a <strong>Caicedo</strong> separar párrafos, coño.</p>
<blockquote><p>A las vacaciones de quinto de bachillerato salimos con un saldo de muertos. &#8220;Es una verdadera tragedia terminar un año marcado por triunfo <strong>—</strong>la construcción de un nuevo pabellón deportivo, por ejemplo<strong>—</strong> con la desaparición de seis jóvenes que apenas despuntaban la que sería una brillante carrera&#8221;, se lamentó el padre rector, en el discurso de clausura. <strong>Pepito Torres</strong> hizo un viaje repentino a Bogotá (faltó a un examen final) y dicen que se vino a pie, devorando cuanto hongo mágico encontró a la vera del camino, y al llegar a Cali comenzó a dar escándalo público por la sexta, lo agarraron dos policías sin avisar a sus papás, lo metieron en la radiopatrulla en donde murió como un perro, dándose contra las rejas, exhalando por boca y narices un polvito negro. <strong>Manolín Camacho</strong> y <strong>Alfredo Campos</strong>, los inseparables, se volaron del colegio y fueron a pasar un viernes de tarde deportiva en el Río Pance, hubo crecida, y a los dos días encontraron sus cuerpos &#8220;entrelazados&#8221;, pero el periódico no explicaba cómo. Tiempo después un campesino encontraría, entre las raíces de un carbonero a la orilla del río, una botella con un manuscrito de <strong>Alfredo</strong>, redactado compulsivamente: &#8220;Vemos cómo crece el río. Es increíble. Es como si viniera a cobrar venganza por el pasado esplendoroso que le quitaron las modernas urbanizaciones. Pero ruge, recobra su poder. La idea se nos ha ocurrido a ambos. No seremos víctimas en vano. Mejorarán los tiempos. Cogidos de la mano caminamos hacia el río&#8221;. Yo nunca pensé que las cosas mejorarían así no más. Un mes antes de exámenes finales, <strong>Diego A. Castro</strong> (Castrico) salió con su hermano mayor, <strong>Julián</strong>, a La Bocana del Océano Pacífico. Les encantaba ese mar de agua, arena, cielo, selva y gentes negras. Ambos habían ganado medallas en intercolegiados, departamentales y nacionales de natación. No fueron a ninguna competencia internacional por el uso de las pepas. Así, podían nadar hasta la línea del horizonte, de allí alcanzar la línea que uno podría divisar si llegara al horizonte, y aún la otra. Pero no esa vez. A las pocas brazadas, <strong>Julián</strong> le resopló que se sentía muy mal, que se devolvía. <strong>Castrico</strong>, abstraído en sus movimientos parejos sobre las cresticas de cada ola, le dijo que bueno, y siguió nadando. Al regresar, feliz de su inmensa travesía, lo encontró en la playa, muerto, con el pescuezo inflado. Nadie sabe cómo regresó <strong>Castrico</strong> a Cali, pero ya se le había atravesado la existencia. Comenzó a buscarle pelea a todo el mundo, en especial a los amigos de su hermano. Cargó puñal. Viajaba al campo y allá peleaba con machete y ruana envuelta. Lo encerraron en el manicomio y se voló del manicomio reclamando la presencia de su madre. No era más que ella le tuviera al lado su frasco de pepas y <strong>Castrico</strong> se quedaba calmado, acariciando las flores, jugando con los gatos. Salía a la sexta una vez cada dos meses, y yo lo veía parado solo, hablando incoherencias sobre todas las mujeres, sonriendo. En la última pepera salió despavorido a buscar pelea, pero murió antes de que se la dieran: quedó como clavado en el suelo, gritó que se le abría el suelo y cayó muerto. Y van cinco. El sexto, <strong>Manolín Camacho</strong>, es el que más me duele. Mi compañero de pupitre. Solíamos caminar distraídos en los recreos, hablando de paisajes que nos imaginábamos en tres dimensiones de sólo mirar mapas. Nunca había probado ninguna droga, ni en las fiestas bebía. Sólo un sábado. Vaya a saber uno con quién se metió, quién lo invitó, por qué lo vieron recorriendo calles a la velocidad que iba, con la velocidad que iba, con la mirada desencajada, buscando qué, con la piel llena de huecos, insultando ancianas, pateando carros. Murió solo, en un baño cualquiera, esforzándose por vomitar lo que seguro se había tragado inocentemente y ahora le cercenaba el coccis, la próstata, el cerebelo. Le dieron una mezcla de analgésico para caballos y líquido de frenos para aviones. &#8220;Es una lástima, una serie así de muertes sin ningún sentido&#8221;, decía el padre rector. Y yo, agarrado a mi asiento, con una rabia inmensa, sabía qué sentido había. Nos habían escogido como primeras víctimas de la decadencia de todo, pero yo no iba a llevar del bulto. &#8220;Haré mi afirmación de vida&#8221;, pensaba, y no sonreí ni una sola de las seis veces que me llamaron para recibir diplomas de matemáticas, historia, religión, inglés, geografía y excelencia. Miraba a ese público compuesto por curas, alumnos y madres de familia, y recibía los aplausos con apretón de dientes. &#8220;Haré mi afirmación de vida&#8221;. (&#8230;)</p></blockquote>
<p>Espero que les haya gustado. Para los despistados, <em>pepas</em> son pastillas, y ésa es otra cosa buena de leer colombianos: aprende uno cantidad de palabros curiosos. Dicho lo cual, les dejo y me voy al curro. Aunque preferiría, ya se lo digo, comer cristales.</p>
<p>Tengan cuidado ahí fuera, donde nos han elegido como víctimas.</p>
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		<title>Qué escándalo</title>
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		<pubDate>Wed, 09 Sep 2009 06:31:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Lector Constante</dc:creator>
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		<category><![CDATA[La estrella extravagante]]></category>
		<category><![CDATA[Lo que ustedes deberían leer]]></category>

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		<description><![CDATA[Buenos días, Amigos y Desconocidos Lectores Constantes.
Una cosa rápida, para alegrarles el desayuno. Hoy tocaba responder a más preguntas sobre guión, pero resulta que estos días estamos de curro hasta las pelotas, escribiendo, reescribiendo, tramando, revisando y editando a todo correr, y me apetece más bien poco pensar en guiones cuando vuelvo a casita. Así [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Buenos días, Amigos y Desconocidos Lectores Constantes.</p>
<p>Una cosa rápida, para alegrarles el desayuno. Hoy tocaba responder a más preguntas sobre guión, pero resulta que estos días estamos de curro hasta las pelotas, escribiendo, reescribiendo, tramando, revisando y editando a todo correr, y me apetece más bien poco pensar en guiones cuando vuelvo a casita. Así que hale, a leer otras cosillas. Alehop:</p>
<blockquote><p>Una tarde de 1675, la menuda y pelirroja <strong>Nell Gwyn</strong>, que había servido de pequeña bebidas en un burdel, que había interpretado a la hija de Moctezuma en el escenario y se había convertido en la favorita real a la edad de diecinueve años, penetró en el carruaje que <strong>Carlos II</strong> le había regalado para efectuar su diario paseo por la ciudad de Londres.</p>
<div id="attachment_665" class="wp-caption aligncenter" style="width: 490px"><img class="size-full wp-image-665" title="Nell_gwyn_peter_lely_c_1675" src="http://www.lectorconstante.com/wp-content/uploads/2009/09/Nell_gwyn_peter_lely_c_1675.jpg" alt="Nell Gwyn retratada por Peter Lely circa 1675" width="480" height="608" /><p class="wp-caption-text">Nell Gwyn retratada por Peter Lely (circa 1675)</p></div>
<p>Rápidamente los observadores identificaron el carruaje <em>—</em>pero no a su ocupante<em>—</em>. Los airados mirones que se habían agrupado alrededor del mismo supusieron que la ocupante era <strong>Louise de Kérouaille</strong>, duquesa de Portsmouth, una francesa enviada por <strong>Luis XIV</strong> para distraer a Carlos. El populacho estaba encolerizado porque sabía que <strong>Louise de Kérouaille</strong> era católica, y corrían tiempos en que los sentimientos anticatólicos habían alcanzado máxima virulencia.</p>
<div id="attachment_670" class="wp-caption aligncenter" style="width: 446px"><img class="size-full wp-image-670" title="Louise Kérouaille" src="http://www.lectorconstante.com/wp-content/uploads/2009/09/Louise-Keroualle.jpg" alt="Louise de Kérouaille retratada por Pierre Mignard" width="436" height="600" /><p class="wp-caption-text">Louise de Kérouaille retratada por Pierre Mignard</p></div>
<p>Mientras el carruaje se abría laboriosamente camino entre la muchedumbre, la gente empezó a gritar imprecaciones contra la pasajera. <strong>Nell Gwyn</strong> soportó los insultos hasta donde le fue posible, pero después ya no pudo soportarlos. Ordenó al cochero que se detuviera y asomó la cabeza por la ventanilla.</p>
<p><em>—</em>¡Por favor, buena gente, sed amables! <em>—</em>gritó<em>—</em>. ¡Yo soy la <strong>puta protestante</strong>!</p>
<p>Unánimemente, la muchedumbre le gritó su complacencia. La puta protestante <em>—</em>sin lugar a dudas la muchacha más descarada de la isla real (¿acaso no llamaba ella a su monarca <strong>Carlos III</strong> por haberse acostado con dos Carlos antes que con él?)<em>—</em> saludó alegremente a su público y después ordenó orgullosamente con un gesto  a su carruaje que prosiguiera su camino. Entre los cientos de personas que presenciaban la escena, a nadie se le antojó indecoroso que la amante del rey proclamara tan llana y abiertamente su condición.</p></blockquote>
<p>Con esto les dejo, que tengo todavía páginas pendientes como para desforestar un bosque canadiense. Si les ha gustado el texto, sepan que está extraído de este libro bellísimo:</p>
<p><img class="aligncenter size-full wp-image-671" title="Irving Wallace book" src="http://www.lectorconstante.com/wp-content/uploads/2009/09/Irving-Wallace-book.jpg" alt="Irving Wallace book" width="308" height="500" /></p>
<p>Lo escribe, como pueden ver, el señor <strong>Irving Wallace</strong>. Lo edita <strong>Grijalbo</strong> y lo traduce <strong>Antonia Menini Pages</strong>. Otro día les buscaré otro texto tan bonito como el anterior, porque eh, ¿quién no  querría una ninfómana para el desayuno?</p>
<p>Tengan cuidado ahí fuera, donde hierve y burbujea el escándalo.</p>
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		<title>París era ayer</title>
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		<pubDate>Thu, 12 Mar 2009 15:59:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Lector Constante</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Buenos días, Amigos y Desconocidos Lectores Constantes.</p>
<p>Algo bueno tenía que tener el paro, Amigos. Todo este <strong>ocio</strong> que me reconcome el hígado me va a servir para poner al día las entradas que tengo incompletas, que me miran con ojos acusadores desde el limbo. Siempre es más fácil ponerse con algo nuevo, porque entonces está uno poseído del espíritu del descubrimiento, de la alegría del buscatesoros, pero hay también una gran satisfacción en revisar un clásico, releerlo de punta a cabo y pensar: &#8220;Esto tendría que enseñarse en las escuelas, coño&#8221;. Y además, lo antiguo es mejor, como dicen los <strong>Hermanos Pizarro</strong>.</p>
<p>Lo que les traigo hoy tendría que haberlo recomendado mucho antes, pero es que los libros de la <strong>editorial Alba</strong> que tengo en la cola para recomendar son legión, y siempre me parece estar haciendo trampa cuando recomiendo uno, porque a estas alturas ustedes ya tendrían que saber que estos chicos editan mucho, muy variado y muy bien, y que lo mismo da leerse<strong><em> Colocados, una historia cultural de la intoxicación</em></strong> que <strong><em>Por qué creemos en cosas raras </em></strong>o <strong><em>Durmiendo con extraterrestres</em></strong>. Todo es bueno y bello y bien ilustrado con hermosas fotos. Si ustedes dudan alguna vez a la hora de adquirir algo,  porque también <strong>Alba</strong> ha editado alguna cosilla que pfé, siéntanse libres de llamarme y preguntarme.</p>
<p>A lo que íbamos, el libro de hoy. Lo recomendé la semana pasada en el programa de radio, que me cazó un poco en bragas y me obligó a tirar de lecturas añejas. No es que no hubiera leído nada nuevo, es que a veces me lo pienso dos veces y me digo: &#8220;pues a lo mejor a los oyentes no les tira mucho el tema del <strong>canibalismo</strong>&#8220;, o &#8220;igual no es el mejor momento para comentar los <strong>mitos hebreos</strong>&#8220;, o &#8220;la historia de la <strong>heroína</strong> es estupenda, pero a ver cómo lo explico para que a mi abuela no le dé una angina de pecho cuando lo oiga&#8221;. Y otras veces es que me doy cuenta de que el programa es solamente un día a la semana y dura nada más que diez minutos, y hay que reservar una parte de esos diez minutos para los textos que yo extraigo del libro y graba <strong>Ali Álvarez</strong>, y algunas cosas, sencillamente, no pueden contarse en tan poco tiempo.</p>
<p>Total, que recomendé a los oyentes y les recomiendo ahora a ustedes esta maravilla pequeña:</p>
<p><img class="aligncenter" title="París era ayer" src="http://farm4.static.flickr.com/3362/3328975614_c6464f34a4_o.jpg" alt="" width="374" height="550" /></p>
<p>Lo escribió, como se puede ver ahí en la portada, la señorita <strong>Janet Flanner</strong> (y lo traduce <strong>Damián Alou Ramis</strong>, cuyo nombre figura solamente en el interior, pero ya lo saco yo a la palestra para que lo vean ustedes, porque traducir es como limpiar, un trabajo que parece que sólo se nota cuando está mal hecho, y eso es grandísima injusticia). ¿Y saben ustedes quién fue <strong>Janet Flanner</strong>? Pues ya se lo cuento yo, que la señora lo merece.</p>
<p><strong>Janet Flanner</strong> nació en 1892, en Indianápolis, capital del estado de Indiana, de una familia cuáquera. Como curiosidad, les cuento que sus padres tenían una funeraria y que montaron el primer crematorio del estado. Así, entre muertos y aromas de formol, creció nuestra heroína.  Fue a la universidad de Chicago, salió de allí en 1916 y volvió a Indianápolis, a escribir en el periódico local la crítica de cine. Pero no tardó en dejar el empleo, porque en la universidad había conocido a <strong>William</strong> &#8220;Lane&#8221; <strong>Rehm</strong>, un artista neoyorquino del que se había hecho muy amiga y con el que, en 1918, contrajo matrimonio. <em>Oh, el amor</em>, suponemos que dirían las amigas de <strong>Janet</strong>. No, no exactamente. Más bien: <em>Oh, vivo en Castroculo y me muero del asco y este tío vive en Nueva York y me cae realmente bien. Sácame de aquí, <strong>William</strong>, por la gloria de tu madre</em>. Dicho y hecho: allá fue la señorita <strong>Flanner</strong>, a la ciudad grande y hermosa que era Nueva York en los años casi 20. Lará, larito.</p>
<p><img class="aligncenter" title="Janet Flanner con sombrero" src="http://farm4.static.flickr.com/3412/3332258105_a8b5dcc300_o.jpg" alt="" width="500" height="650" /></p>
<p>Qué pinta estupenda tenía la señora, ¿verdad? No sé si la foto corresponde a un lunes por la mañana o a una fiesta de carnaval, pero vamos, que le hacía mucha falta salir de ese pueblo de mierda (un beso, buena gente de Indianápolis) y pasear por Manhattan. <strong>William</strong> era, por cierto, un gran tipo. El matrimonio les duró un suspirito, pero mantuvieron el contacto, fueron amigos toda la vida y él siempre estuvo ahí para apoyarla, tanto en su carrera literaria como en su paso del Rubicón.</p>
<p>Mientras <strong>Janet</strong> pasea por Nueva York y se acerca al hotel <strong>Algonquin</strong>, donde el círculo vicioso de la señorita <strong>Dorothy Parker</strong> rajaba del mundo entero y se bebía hasta el agua de los ceniceros, nosotros vamos, si les parece, a conocer a otra estupenda señorita: <strong>Sarah Wilkinson</strong>.</p>
<p><strong>Sarah Wilkinson</strong> nació en 1888 en Troy (Nueva York).  Era de las que no necesitan echarse el tarot para ver su futuro: familia de clase media, un buen colegio, un matrimonio con su amor de la infancia, <strong>Oliver Filley</strong>, y seguramente dos niños, una casa con jardín y muchas visitas a la biblioteca, el teatro y la sala de conciertos más cercana. Tururú.  <strong>Sarah</strong> era un culo inquieto y, con la tarta de bodas todavía en la boca, ella y su flamante marido hicieron las maletas y se fueron a  China, Japón y Filipinas, donde vivieron unos años porque el mundo es grande y vale la pena echarle un vistazo.</p>
<p><img class="aligncenter" title="Solita Solano" src="http://farm4.static.flickr.com/3327/3333095872_7aa1afa230.jpg" alt="" width="374" height="500" /></p>
<p>Cuando volvieron a Nueva York, ella se puso a trabajar como crítica de teatro para el <em>New York Tribune</em> y como freelance para el <em>National Geographic</em>. Ahí fue cuando decidió rebautizarse y ponerse un <em>nom de plume</em> de los que quedan flotando en el aire un ratito después de pronunciarlos: <strong>Solita Solano</strong>.</p>
<p>El uso de este sonoro pseudónimo tuvo que ver, parece con una disputa con su familia, que acabó por desheredar a la jovencita. Pero también se me ocurre que si nosotros, latinos anglófilos, imaginamos historias protagonizadas por <strong>John</strong> y <strong>Nicolette</strong>, es lógico que al otro lado gusten de vestirse con un sonoro nombre vagamente hispano. Yo tuve un amigo alemán que llegó a España sabiendo decir solamente <em>Cuándo se come aquí</em>, y que se puso de nombre artístico<strong> Paco Pescado</strong>. Y los fans de <strong>Barry Gifford</strong> recordarán personajes de nombres tan estupendos como <strong>Romeo Dolorosa</strong>, <strong>Calavera Dorfman</strong> o los hermanos <strong>Mano</strong> y <strong>Boca Demente</strong>. En mi barrio nadie se llama así, pero anda que no sería bonito.</p>
<p><strong>Solita Solano</strong>, pues, iba un buen día paseando por Greenwich Village cuando se dio de morros con <strong>Janet Flanner</strong>, que acababa de casarse con el amigo William. Zacabumba, flechazo instantáneo. <strong>Oliver</strong>, tenemos que hablar. <strong>William</strong>, cariño, te vas a reír cuando te lo cuente. No sabemos cómo se lo tomó el primero, pero ya les digo que el segundo era más bueno que el pan tierno y despidió a <strong>Janet</strong> con besos y bendiciones. De hecho, ni siquiera se molestaron en divorciarse hasta mucho más tarde, y aun entonces lo hicieron amistosamente y sin gritarse.</p>
<p>Las dos señoritas habían encontrado a su alma gemela. Las dos leían todo lo que les caía cerca y se iban de copas con gente tan estupenda como <strong>Harold Ross</strong>, editor de <em>The New Yorker</em>, o su mujer, <strong>Jane Grant</strong>, escritora feminista que coincidió con Janet en la <strong>Lucy Stone League</strong>, un grupo que luchaba para que las señoras pudieran conservar su propio apellido al casarse, lo que a lo mejor a usted, Amigo Lector Nacido y Criado en Tiempos Modernos, le parece una chorrada como un piano. No lo era entonces y sigue sin serlo, y aprovecho para recordar a los escépticos la existencia de una tienda de ropa para novias que se llama <strong>Señora de</strong>. Con dos cojones.</p>
<p>Total, que <strong>Janet</strong> y <strong>Solita</strong> se lo estaban pasando pipa y decidieron ir a pasear tanto amor y tanta literatura por algún lugar exótico. Le cedo la palabra a <strong>James Campbell</strong>, autor del prefacio de <strong><em>París era ayer</em></strong>. Dinos, James.</p>
<blockquote><p>Cuando <strong>Janet Flanner</strong> llegó a París en 1922, intuyó que su futuro literario estaba en la ficción. Tenía treinta años, acababa de librarse de un matrimonio que no le convenía y admitía que le atraían más las mujeres que los hombres. Se había embarcado en una novela que se titulaba <em>La ciudad cúbica</em>, un título que sonaba bastante moderno, intentaba escribir poesía y esporádicamente mandaba artículos a periódicos y revistas.</p>
<p><img class="aligncenter" title="Janet y Solita en Grecia, con un señor." src="http://farm4.static.flickr.com/3555/3333095832_f6a6fd78cb_o.jpg" alt="" width="500" height="400" /></p>
<p>Su compañera en la Orilla Izquierda era <strong>Solita Solano</strong>, una actriz que se pasó a la escritura y que también huía de las convenciones. La pareja seguiría manteniendo su amistad de por vida, aunque no siempre fueron amantes. <strong>Solita</strong> había sido desheredada y se había inventado una nueva identidad, pero ni a ella ni a <strong>Flanner</strong> les faltaba el dinero. Pasaron un año viajando por Grecia, Italia y Alemania antes de alquilar de manera permanente cuatro habitaciones en el modesto Hotel St. Germain des Prés, en la Rue Bonaparte. No habían oído hablar de la <strong>Generación Perdida</strong>, pero de todos modos, fuera lo que fuera, ellas no pertenecían a aquella. <strong>Flanner</strong> vivió en hoteles gran parte de su vida; más adelante residiría en el Ritz.</p></blockquote>
<p>No sé a ustedes, pero a mí me da una envidia de espanto el concepto de escritor, generalmente norteamericano, que decide vivir en un hotel porque puede y porque le da la gana. Da lo mismo que sea en la propia ciudad, como <strong>Dorothy Parker</strong> en el <strong>Algonquin</strong>, o en el extranjero, como hacían <strong>Truman Capote</strong> y <strong>Jack Dunphy</strong> cuando se iban a Italia. La cosa es que vivir en un hotel supone renunciar alegremente al concepto de hogar, supone vivir entre extraños, alimentarse de martinis y aperitivos salados, decirle al mundo que ahí te las den todas. Bien y bravo. Y después de este breve inciso, volvemos a lo nuestro. ¿Qué estabas diciendo, <strong>James</strong>?</p>
<blockquote><p>Además de su obra de ficción y de su poesía sáfica, <strong>Flanner</strong> escribió cartas: a su madre, a la que preocupaba la cabezonería de su hija; al marido que había abandonado, que al parecer le mantuvo su lealtad y afecto en años posteriores; a una vieja amiga de Manhattan, <strong>Jane Grant</strong>, que se había casado con un periodista llamado <strong>Harold Ross</strong>, que en 1925 estaba a punto de convertirse en el director del recientemente fundado<em> New Yorker</em>, una revista de noticias de actualidad y de humor.  En sus primeros números, el <em>New Yorker</em> tenía muy pocas pretensiones literarias (se las dejaba a su rival, el <em>Vanity Fair</em>, que publicaba a gente como <strong>Aldous Huxley</strong>, <strong>Djuna Barnes</strong> y <strong>Edmund Wilson</strong>).</p>
<p>Los <strong>Ross</strong> debieron de compartir las cartas de <strong>Flanner</strong>, tal como suelen hacer las parejas, pues en el verano de ese año, cuando la revista llevaba apareciendo apenas unos meses, <strong>Jane Grant</strong> la invitó a enviar una crónica quincenal desde París. <strong>Ross</strong>, le dijo, &#8220;quiere anécdotas e informaciones que les resulten familiares a los norteamericanos, chismes acerca del mundo del arte y un poco sobre la moda, quizá&#8230; muchos comentarios acerca de la gente que se ve por ahí y quiere que en todo ello le inyectes una personalidad definida. De hecho, cualquiera de tus cartas serviría&#8221;.</p>
<p>De este modo, <strong>Janet Flanner</strong> empezó a enviar noticias a su país, igual que se las mandaría a un confidente, aunque con los años alcanzaría la cifra de medio millón de lectores. La fórmula de <strong>Jane Grant </strong>era buena: muchos escritores envidian el brío de sus propias cartas, y se preguntan cómo transmitir la misma seguridad a su obra &#8220;seria&#8221;.</p></blockquote>
<p>¿Y qué es lo que había en París para que mereciera la pena mandar una crónica cada quince días? Pues, para empezar, la <strong>Generación Perdida</strong>. Les pongo en antecedentes, que les veo un poco perdidos también.</p>
<p>En París, en la Rue de l&#8217;Odéon, la señorita <strong>Adrienne Monnier</strong> regentaba esta librería tan bonita:</p>
<p><img class="aligncenter" title="La maison des amis des livres" src="http://farm4.static.flickr.com/3562/3332258341_03fe423afa.jpg" alt="" width="500" height="341" /></p>
<p>En la <strong>Maison des Amis des Livres</strong> se vendían las obras señeras de la literatura contemporánea. Pero además, también era punto de encuentro de escritores como <strong>André Gide</strong>, poetas como <strong>Paul Valéry</strong> o novelistas como <strong>Jules Romains</strong>. A estas reuniones asistía de vez en cuando <strong>Sylvia Beach</strong>, una joven norteamericana que se quedó pasmada de ver tanto y tan bueno allí mezclado y decidió hacer lo mismo, pero en inglés. Se fue al otro lado de la calle y abrió esta librería:</p>
<p><img class="aligncenter" title="Sylvia Beach frente a la librería Shakespeare &amp; Co." src="http://farm4.static.flickr.com/3402/3333473250_d4c12f4187_o.png" alt="" width="640" height="480" /></p>
<p>Aquello fue la repanocha, la caraba, el acabóse. Entre la <strong>Maison des Amis des Livres</strong>, la librería <strong>Shakespeare &amp; Company</strong> y el café <strong>Les Deux Magots</strong> circulaba lo más granado, lo más talentoso y lo más extravagante del París de la época. Había pintores, como <strong>Henri Matisse</strong>, <strong>Pablo Picasso</strong> o <strong>Max Ernst</strong>; había bailarinas, como <strong>Isadora Duncan</strong> o los componentes del <strong>Ballet Ruso</strong>; había actrices, como<strong> Sarah Bernhardt</strong>; había condesas y rameras, había militares y había poetas surrealistas, había un poco de esto y un poco de aquello y todo era bueno.</p>
<p>Y, especialmente, había un montón de escritores, residentes o visitantes, que cuesta enumerar sin pasmarse muchísimo: estaba el protomacho <strong>Ernest Hemingway</strong>; estaba el (increíblemente bueno y recomendable) poeta <strong>e. e. cummings</strong> con su mujer; estaba la pareja <strong>Toklas-Stein</strong>, centro del mundillo lésbico; estaba el popular <strong>John Dos Passos</strong>; estaba el aún más popular <strong>James Joyce</strong>, que era la estrella del momento por la polémica publicación del <em>Ulysses</em>; estaba el poeta <strong>Hart Crane</strong>, que era un borrachuzo de los que hacen época; estaban <strong>Scott y Zelda Fitzgerald</strong>, que organizaron un fiestorro memorable en un barco anclado en el Sena, y más adelante estarían <strong>Jean-Paul Sartre</strong>, <strong>Albert Camus</strong> y <strong>Simone de Beauvoir</strong>. Y muchos, muchos más.</p>
<p>Con ellos, <strong>Janet</strong> y <strong>Solita</strong> se fueron a merendar, al teatro, al ballet y a dar una vuelta. Se lo pasaron pipa e hicieron amiguitos. <strong>Djuna Barnes</strong>, que las conocía y frecuentaba mucho, las retrata en su <em>Almanaque de las mujeres</em>, con los pseudónimos de <strong>Nip</strong> y <strong>Tuck</strong>. También <strong>Janet Flanner</strong> habla de ella en sus crónicas:</p>
<blockquote><p><strong>Djuna Barnes</strong> era la escritora más importante que teníamos en París. Era una mujer alta, bastante guapa, de voz vigorosa, y una extraordinaria conversadora, llena de recuerdos de su vida neoyorquina en Washington Square y de su excéntrica infancia en algún lugar del Hudson.</p>
<p><img class="aligncenter" title="Djuna Barnes y Solita Solano en París" src="http://farm4.static.flickr.com/3292/3332258189_dce06a91c4.jpg" alt="" width="500" height="334" /></p>
<p>La historia que más me gustaba de las que contaba trataba de una época en que su padre, que tenía unas ideas curiosas acerca de la nutrición, decidió que, puesto que las gallinas comían guijarros para ayudar a la digestión, unos cuantos guijarros en la dieta de sus hijos podrían resultar igualmente saludables.</p></blockquote>
<p>Si el Amigo Lector piensa que su familia es un circo de grillados, debería probar a lidiar con la familia de la señorita <strong>Barnes</strong>. Además de someterla a la dieta pétrea, el padre de <strong>Djuna</strong> encontraba muy conveniente abusar regularmente de ella, con la colaboración de la abuela de la criatura. Pero otro día hablaremos de la vida y obra de <strong>Djuna Barnes</strong>, porque desde aquí les estoy viendo quedarse ojipláticos del susto.</p>
<p>Las crónicas de <strong>Janet</strong> incluían un poco de todo: estrenos, necrológicas, ecos de sociedad y cotilleo puro y duro. Cotilleo de altura, naturalmente. Venga, échenle un ojo al debut de <strong>Josephine Baker</strong> en París:</p>
<blockquote><p>Hizo su aparición completamente desnuda, a excepción de una pluma rosa de flamenco entre las piernas; la llevaba sobre el hombro un negro gigantesco, y ella estaba boca abajo con las piernas abiertas ciento ochenta grados. El negro se paró en mitad del escenario, y sujetándola por la cintura con sus largos dedos como si fuera un cesto, la bajó hasta el suelo del escenario en una lenta voltereta, donde ella permaneció, como una magnífica carga que acaban de dejar, en un instante de completo silencio. <strong>Josephine Baker</strong> era una inolvidable estatua de ébano. Un grito de saludo se estendió por todo el teatro.</p>
<p><img class="aligncenter" title="Josephine Baker por Wallery" src="http://farm4.static.flickr.com/3606/3332344035_8761670476_o.jpg" alt="" width="347" height="480" /></p>
<p>Lo que sucedía después no era importante. Los dos elementos específicos habían quedado establecidos y eran inolvidables: el magnífico cuerpo moreno de ella, un modelo nuevo que por primera vez demostró a los franceses que lo negro era hermoso, y la vehemente reacción del público masculino y blanco de París, la capital del hedonismo de toda Europa. No había pasado ni media hora desde que bajara el telón de la noche del estreno, y la noticia de su llegada se había extendido a través del boca a boca por todos los cafés de los Champs-Élysées, donde los testigos de su triunfo, delante de una copa, repetían excitados el relato de lo que acababan de ver: ellos sin saciarse nunca de reiterarlo, y los que los escuchaban anhelando oír más verdades tan fantásticas como ésa.</p></blockquote>
<p>¿Más mujeres hermosas y peligrosas? Claro que sí. <strong>Cora Pearl</strong>, por ejemplo:</p>
<blockquote><p>Fue en los Champs-Élysées donde París comenzó a cambiar, justo antes del inicio de la década de los treinta. Al igual que la Quinta Avenida de Nueva York, ese corazón antaño tranquilo y casero de un organismo residencial exclusivo, los Champs-Élysées de pronto se vieron invadidos de carteles de películas llenos de color, que demostraban que lo que habían sido tranquilas mansiones se habían metamorfoseado subrepticiamente en salas de cine, siempre los primeros intrusos.</p>
<p>De todas las lujosas residencias privadas que antaño compusieron ese elegante y breve <em>parcours</em> francés de riqueza y uso doméstico, al final sólo sobrevivió lo que se denominaba el <strong>Travellers Club</strong>, y aún hoy perdura. Antiguamente fue la residencia de la gran <em>cocotte</em> <strong>Cora Pearl</strong>.</p>
<p><img class="aligncenter" title="Cora Pearl" src="http://farm4.static.flickr.com/3302/3332638449_a09dd510a2.jpg" alt="" width="500" height="461" /></p>
<p>Se rumoreaba que en las bañeras había grifos de oro con cabezas de cisne. Se sabía que, en su momento de esplendor, un admirador enamorado lo perfumó enviando diariamente suficientes ramos de violetas para alfombrar su pequeño salón de recibir, en cuyo suelo no se veía otra cosa. Sus visitantes caminaban sólo sobre aquellas flores moradas.</p>
<p>El <strong>Travellers Club</strong> es hoy el club residencial más exclusivo y caro de Europa. Su fachada es lo que perdura, y tras ella algunos caballeros viven temporalmente su errante existencia.</p></blockquote>
<p>Seguro que hemos comentado antes, en la entrada anterior, sin ir más lejos, que lo mejor de leer un buen libro es que, además de ponerte de rodillas, te obligue a leer otros. Uno lee inocentemente a <strong>Capote</strong>, que es el que conoce, y se encuentra buscando desesperadamente a <strong>Willa Cather</strong>. Uno lee <strong><em>Los grandes naturalistas</em></strong> y aprovecha el cumpleaños de <strong>Darwin</strong>, que es ahora mismo, para echar un ojo a todas esas ediciones sobre su vida y su obra. Y uno lee a <strong><em>París era ayer</em></strong> y necesita saber más sobre <strong>Liane de Pougy</strong>:</p>
<blockquote><p>El anuncio en los periódicos locales de que <strong>Liane de Pougy</strong> -la princesa Ghika- va a divorciarse, ha conmocionado a la sociedad y despertado muchos recuerdos. Hoy es una hermosa mujer de sesenta años. En los primeros días de la Tercera República su juventud deleitaba e impresionaba. La lanzó en el Folies-Bergère <strong>Eduardo VII</strong>, por entonces príncipe de Gales, a quien, aunque él no la conocía, mandó una nota que decía: &#8220;Sire: esta noche debuto. Dígnese aparecer y aplaudirme y triunfaré&#8221;. Él apareció y ella triunfó.</p>
<p><img class="aligncenter" title="Liane de Pougy por Paul Berthon" src="http://farm4.static.flickr.com/3542/3333182434_128ea354d5_b.jpg" alt="" width="443" height="1024" />Poco después, los hombres se morían por ella. Hizo que el suicidio se pusiera de moda. Todo  parisino que podía permitírselo se enamoraba de ella. Para sus pies, que eran deliciosos, pronto tuvo anillos de esmeraldas que llevaba sólo cuando estaba en la cama. Sus otras joyas eran fabulosas. Incapaz de llevarlas todas al mismo tiempo, y a fin de humillar a una rival, una vez entró en la Ópera sin más joya que el destello de sus ojos y sus dientes. Pero la seguía su doncella, los hombros caídos por el peso de los collares de su señora: en sus manos, sobre un cojín rojo, se extendían todas las diademas, broches, anillos y demás joyas que había decidido no ponerse.</p>
<p><img class="aligncenter" title="Liane de Pougy par Lafayette" src="http://farm4.static.flickr.com/3401/3332344247_4a9450712c_o.jpg" alt="" width="375" height="486" /></p>
<p>Un admirador, para enviarle unas cuantas rosas, las colocó dentro de un jarrón de plata, ató el jarrón dentro de una victoria, añadió jacas, arneses de plata, cochero y mozo. <strong>Catulle Mendès</strong> la inundó de poemas. Fue la heroína de <strong>Marcel Schwob</strong> y <strong>Jean Lorrain</strong>.</p>
<p><img class="aligncenter" title="Liane de Pougy par Tänzerin" src="http://farm4.static.flickr.com/3324/3332344169_ed42e6ee60_o.jpg" alt="" width="429" height="666" /></p>
<p>Ahora, a sus sesenta años y todavía rica, pues conservó sus gemas, se divorciará del príncipe <strong>Georges Ghika</strong>, al que conoció y cautivó una noche en el Moulin Rouge, donde, tras ser conducida por error al palco de aquél por el acomodador, amenazó con quitarse todas las prendas azules que llevaba -incluyendo sus ballenas de seda-, y que ella enumeró, prometiéndole que se las lanzaría todas a la cabeza si la obligaba a cambiarse de sitio.</p>
<p><img class="aligncenter" title="Liane de Pougy por Tänzerin, Franz" src="http://farm4.static.flickr.com/3099/3333181882_73c621c3d9_o.jpg" alt="" width="401" height="656" /></p>
<p>En cuanto a su explicación de la causa del proceso legal emprendido ahora, lo único que comenta es &#8220;Siempre he sido una víctima del amor&#8221;. Ya ha llenado dieciocho pequeños volúmenes con la historia de su vida. No se ha publicado, pero la Bibliothèque Nationale los ha aceptado como legado.</p></blockquote>
<p>Hale, no les cuento más, que esto está siendo más largo que un domingo sin paga. Me voy a la ducha, a despegarme el pijama, no sin antes declarar que, como es habitual, todas las imágenes empleadas son de libre uso, pero si alguna no lo fuera, mil perdones pido. Ustedes, Amigos, busquen por ahí <strong><em>París era ayer</em></strong> o sáquenlo prestado de la Biblioteca Constante, que acaba de abrir el salón de lectura en la <strong>terraza</strong>, al solecito. Vengan a verme, que estoy ociosísima y paseo en pijama por la casa como una pantera enjaulada. Vengan a verme y les daré café y libros, o cervecita y queso asturiano. Vengan a verme antes de que alguien me llame, me ofrezca un trabajo y acabe con esta pertinaz vagancia. Vengan, que el fin está próximo, pecadores.</p>
<p>Y tengan cuidado ahí fuera, donde es verdad, es primavera.</p>
]]></content:encoded>
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		<title>Gabinete de curiosidades</title>
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		<pubDate>Mon, 03 Nov 2008 08:42:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ingram</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuidado con el Ojo Reptante]]></category>
		<category><![CDATA[Exhibición de atrocidades]]></category>
		<category><![CDATA[La estrella extravagante]]></category>

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		<description><![CDATA[Buenos días, Amigos y Desconocidos Lectores Constantes.
La verdad es que yo quería contarles cosillas sobre el pasado día de Difuntos. Sobre la tradición, sobre la muerte, sobre el luto, sobre ir a ver el Tenorio a Alcalá o a Guadalajara. Anduve leyendo cosas sobre la nera signora, la Parca, la Canina, la Catrina y demás [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Buenos días, Amigos y Desconocidos Lectores Constantes.</p>
<p>La verdad es que yo quería contarles cosillas sobre el pasado día de <strong>Difuntos</strong>. Sobre la tradición, sobre la muerte, sobre el luto, sobre ir a ver el <strong>Tenorio</strong> a Alcalá o a Guadalajara. Anduve leyendo cosas sobre la <strong><em>nera signora</em></strong>, la <strong>Parca</strong>, la <strong>Canina</strong>, la <strong>Catrina</strong> y demás manifestaciones del acabarse. Leí también acerca de la buena muerte medieval, acerca de ritos funerarios, de últimas palabras, de tumbas en forma de útero, de las bodas de los muertos, de la muerte en Occidente y en Oriente, de la muerte en la Biblia y del infierno y del paraíso. Fui a ver un bonito <strong>altar de muertos mexicano</strong>, donde había flores, calaveras y ofrendas de tequila, atole, cerveza y frutas. Busqué las ilustraciones de la Danza de la Muerte de <strong>Holbein</strong> y los esqueletos de<strong> José Guadalupe Posada</strong>, encontré por el camino los de <strong>Manuel Manilla</strong>, aparecieron también grabados de <strong>Goya</strong>, pinturas de <strong>Valdés Leal</strong> y de <strong>José Gutiérrez Solana</strong>.</p>
<p>Y entonces apareció un verso de <strong>Quevedo</strong> y me trastocó todos los planes. Este verso:</p>
<blockquote><p><em>Retirado en la paz de estos desiertos,</em></p>
<p><em>con pocos, pero doctos libros juntos,</em></p>
<p><em>vivo en conversación con los difuntos</em></p>
<p><em>y escucho con los ojos a los muertos. </em></p></blockquote>
<p>Olvidemos el día de Difuntos. ¿No es ésta una bella manera de referirse a una biblioteca? Ya ven qué hermosa sinestesia emplea el señor <strong>Quevedo</strong>: <em>escucho con los ojos a los muertos</em>. La idea de que leer es hablar con muertos ilustres no es nueva, es más vieja que el hilo negro. Ustedes recordarán, seguramente, el libro (o la película) <em>El nombre de la rosa</em>. Allí, el joven <strong>Adso</strong> preguntaba a <strong>Fray Guillermo de Baskerville</strong>: <em>¿Habéis estado enamorado alguna vez, maestro?</em>. Y respondía Fray Guillermo: <em>Oh, sí, muchas veces. De Sócrates, de Aristóteles&#8230;</em></p>
<p>La biblioteca es, entonces, el lugar donde duermen el sueño eterno los maestros, donde se acumula la sabiduría. El que viene a adquirirla y los que allí están para suministrarla, en amena conversación. Ya lo decía <strong>Alfonso X</strong> el Sabio:</p>
<blockquote><p><em>Quemad viejos leños,</em></p>
<p><em>leed viejos libros,</em></p>
<p><em>bebed viejos vinos,</em></p>
<p><em>tened viejos amigos</em>.</p></blockquote>
<p>¿Y a dónde vamos con todas estas citas? ¿No íbamos a hablar de los difuntos? No, ya no. Tendrá que ser en otro momento, porque ahora vamos a saludar con el sombrero a este señor:</p>
<p><a href="http://farm4.static.flickr.com/3216/2999108072_08fc3cb6e4_o.jpg"><img class="alignnone" title="Jay Walker" src="http://farm4.static.flickr.com/3216/2999108072_08fc3cb6e4_o.jpg" alt="" width="255" height="301" /></a></p>
<p>Este sonriente caballero se llama <strong>Jay Walker</strong> y preside una empresa llamada <strong>Walker Digital</strong>, dedicada a investigación y desarrollo (de sabe Dios qué), que cuenta con doscientas patentes en su haber. También tiene algo llamado <strong>Priceline.com</strong>, que no sé lo que es, pero que parece una cornucopia de pasta y de prestigio.</p>
<p>El señor<strong> Walker</strong> está casado y tiene dos hijos, que son seguramente las criaturas más felices del planeta. Porque el resto de los niños van a la biblioteca de su cole, lo que está bien, o a la de su barrio, lo que también esta bien, pero los hijos del señor <strong>Walker</strong> no tienen más que abrir las grandes puertas al final del pasillo y llegar aquí, a la biblioteca de papá:</p>
<p><img class="alignnone" title="Biblioteca de Jay Walker" src="http://farm4.static.flickr.com/3022/2986440924_eb88f284bd_o.jpg" alt="" width="630" height="495" /></p>
<p>Esta preciosidad está en Nueva Inglaterra, tiene tres niveles y ocupa más de trescientos metros cuadrados. <strong>Walker</strong> es un apasionado de la historia, la ciencia y la tecnología, y desde muy jovencito acumula testimonios de la imaginación y el talento humanos:libros, mapas, ilustraciones, pinturas, esculturas, tallas, cristales, artefactos, inventos y otros inclasificables objetos.</p>
<p>Total, que llegó un momento en el que le ocurrió lo que era predecible: su inmensa colección de libros y objetos fascinantes empezaba a metérsele en la cama. No había espacio para tanta maravilla en su pisito de soltero. ¿Y qué hizo el buen señor? Llamó a un arquitecto molón y le pidió que construyera una casa, en la casa una biblioteca y en la biblioteca tres niveles, como si de un laberinto de <strong>Borges</strong> se tratara. Lo decoró con bonitos cristales y hermosas maderas y metió dentro ese dorado enjambre de prodigios que había atesorado con tanto mimo.</p>
<p>Y éste fue el resultado:</p>
<p><img class="alignnone" title="Biblioteca privada de Jay Walker" src="http://farm4.static.flickr.com/3011/2985594807_33b412e472_o.jpg" alt="" width="630" height="484" /></p>
<p>¿Ven cuántos libros? Pues eso no es nada. La biblioteca del señor <strong>Walker</strong> ya es mucho más que una biblioteca: es un gabinete de curiosidades, una cueva de Aladino, un créase o no de <strong>Ripley</strong>. Vamos a darnos una vuelta por los pasillos, venga.</p>
<p><img class="alignnone" title="Los tesoros de Walker" src="http://farm4.static.flickr.com/3283/2985594695_39af452d85_o.jpg" alt="" width="630" height="497" /></p>
<p>Ahí arriba se acumula lo siguiente:</p>
<p>-el tratado de medicina <strong><em>Anatomia universa</em></strong>, que es de principios del siglo XIX y que es obra del ilustrador italiano <strong>Paolo Mascagni</strong>.</p>
<p>-a su lado, junto al hombro, está un kit de <strong>instrumentos de cirugía</strong> de los médicos de la Guerra Civil. Su Guerra Civil, imaginamos.</p>
<p>-un poco más arriba se puede ver (y nunca mejor dicho) un <strong>tratado de óptica </strong>y una caja con <strong>ojos de mentira</strong>, protésicos y un poco escalofriantes. ¿Y qué es lo que mantiene abierta la caja de los ojitos? <strong>Cosa</strong>, la mano que la <strong>Familia Addams</strong> tenía de mascota en la película homónima. La mano <em>original</em>, naturalmente, y firmada por todo el elenco de la peli.</p>
<p>-¿Ven ese pequeño <strong>busto blanco</strong>? Es como el de las farmacias, con la salvedad de que éste se hizo para los estudiantes de frenología del siglo XIX y que está junto a un libro, editado <em>circa 1500</em>, con las primeras ilustraciones publicadas de <strong>cirugía en seres humanos</strong>.</p>
<p>-Y como el hombre no fue siempre la medida de todas las cosas, fósiles habemus: un <strong>trilobite</strong> de hace 300 millones de años, que se dice pronto, el esqueleto de un <strong>raptor</strong> y unos cuantos <strong>huevos fosilizados de dinosaurio</strong>.</p>
<p>¿Se van haciendo una idea? Pues límpiense la baba de los labios, porque aún hay más:</p>
<p><img class="alignnone" title="Más tesoros de Jay Walker" src="http://farm4.static.flickr.com/3037/2985594741_1245c68cb5_o.jpg" alt="" width="630" height="794" /></p>
<p>Además de la hermosa cristalera y el no menos hermoso <strong>suelo taraceado al estilo Escher</strong>, ahí tenemos lo que sigue:</p>
<p>-junto a la ventana hay un <strong>libro</strong> muy, muy grande. El ángulo hace que parezca más pequeño, pero fíjense en la silla que tiene a la izquierda y se harán una idea correcta de sus proporciones. Es que no es un libro, es una <strong>escultura de Clyde Lynds</strong>, pesa un cuarto de tonelada y representa el espíritu de la biblioteca de Walker. En la página derecha está la <strong>mente</strong>, en la página izquierda el <strong>universo</strong>.</p>
<p>-¿Y cómo se mira al universo? Con ese estupendo <strong>telescopio</strong> de la derecha, que tiene nombre de nave espacial: <strong>Questar 7</strong>.</p>
<p>-un poco más abajo, sobre la mesa, hay un <strong>globo lunar</strong>, que es un modelo de la luna, como el globo terráqueo lo es de la Tierra o la esfera armilar lo es de la esfera celeste. Este ejemplar está firmado por <strong>doce astronautas</strong> que caminaron sobre la luna. Bravo, Walker.</p>
<p>-sin salir del universo, en la misma mesa reposa un trozo del <strong>meteorito de hierro</strong> de veintiocho toneladas que cayó del cielo y pegó contra las montañas <strong>Sikhote-Alin</strong> (Rusia) allá por 1947, dejando una estela de humo de treinta y dos kilómetros de largo, que se quedó en el cielo durante unas horas y que fue el pasmo de la población local. Diez años después, los rusos conmemoraron el susto emitiendo este <strong>sello</strong> tan chulo:</p>
<p><img class="alignnone" title="Sikhote-Alin stamp " src="http://farm4.static.flickr.com/3067/2994534487_40ac70806a_o.jpg" alt="" width="334" height="480" /></p>
<p>El trozo que tiene el señor <strong>Walker</strong> es pequeñito, pero pesa casi siete kilos.</p>
<p>-un poco más abajo está el <strong>atlas celeste</strong> ilustrado a mano por <strong>Andrea Cellarius</strong>, que data de 1660 y que muestra los primeros mapas en los que la <strong>Tierra</strong> no era ya el centro del sistema solar. Wow.</p>
<p>Y como el señor <strong>Walker</strong> vive muy consciente de que la ciencia es la magia de nuestro siglo, ahí está su homenaje a un tiempo en el que no era tan sencillo distinguir una de otra. Sin orden ni concierto:</p>
<p><img class="alignnone" title="La ciencia y la tecnología en la Biblioteca Walker" src="http://farm4.static.flickr.com/3204/2986450834_73fd047b43_o.jpg" alt="" width="630" height="500" /></p>
<p>-un <strong>ordenador portátil para niños</strong>, que es lo que tiene ese insólito color pistacho.</p>
<p>-una <strong>máquina de escribir</strong> de 1911 y una <strong>radio Kent</strong> de 1909.</p>
<p>-la archifamosa <strong>máquina Enigma</strong>, con la que los nazis creyeron poder crear un código indescifrable. Ja.</p>
<p>-una copia del <strong>primer tratado sobre criptografía</strong>, titulado <strong><em>Polygraphiae</em></strong> y escrito en 1518 por el monje benedictino <strong>Johannes Trithemius</strong>. Este señor escribió también otro libro, <strong><em>Steganographia</em></strong>, donde desarrollaba un sistema de cifrado de textos consistente en esconder cada letra en columnas sucesivas de texto, de manera que pudieran ocultarse en un libro piadoso de oraciones, por ejemplo. Este pionero del codificado acabó mal: sus libros fueron considerados poco menos que tratados de brujería y espiritismo, y la<strong> Inquisición</strong> (nadie espera a la Inquisición española) les puso las zarpas encima y los echó a la hoguera.</p>
<p>-un <strong>kinetoscopio</strong> y un <strong>fonógrafo</strong> construidos y firmados por Edison, con tres cilindros de cera usados para grabar.</p>
<p>-una copia exacta de <strong>la bombilla</strong> de Edison.</p>
<p>-un <strong>procesador IBM</strong> de 1960 y, junto a él, un <strong>cono de arcilla</strong>, de procedencia sumeria<strong></strong>, usado para registrar los excedentes de grano. Mamma mía.</p>
<p>Y por si todo lo anterior fuera poco, aquí pueden venir a morir los bibliómanos del mundo entero:</p>
<p><img class="alignnone" title="Los libros de Walker" src="http://farm4.static.flickr.com/3240/2986450788_fe4f4e1414_o.jpg" alt="" width="630" height="789" /></p>
<p>-justo aquí encima, sobre esta línea, pueden ustedes ver una muestra del trabajo de los señores <strong>Sangorski y Sutcliffe</strong>, encuadernadores desde 1901. Estas encuadernaciones son lo que parecen: joyas sobre la cubierta de un libro. Hay rubíes, hay esmeraldas y seguro que hay hasta cuerno de unicornio. Pueden echar un vistazo al trabajo de esos señores en la siguiente dirección:</p>
<p><a href="http://www.bookbinding.co.uk/Sangorski.htm">http://www.bookbinding.co.uk/Sangorski.htm</a></p>
<p>-un poco más arriba podemos ver <strong>un libro del siglo XVI sobre las justas</strong>. ¿Ven el pequeño caballero con su lanza? Junto a él hay un libro de <strong>Dickens</strong> (el Eterno lo tenga a su derecha), decorado con un retrato del autor.</p>
<p>-arriba del todo, un plato combinado de exquisiteces: la <strong>Biblia Coverdale</strong>, que es de 1535, además de ser la primera biblia <strong>traducida al inglés moderno</strong>; un volumen medieval con minuciosas ilustraciones de <strong>enanos</strong>; una colección de retratos realizada en el siglo XVII para un festival en Alemania; una guía indonesia del <strong>canibalismo</strong>, encuadernada en corteza; una figurilla de una <strong>diosa madre</strong> oriental, que parece comprada en el rastro pero nació cinco mil años antes que Cristo.</p>
<p>Y en la esquina de la derecha, abierta y marcada con post-its, descansa una copia del <strong><em>Liber Chronicarum</em></strong>. También se lo conoce como <em><strong>Las crónicas de Nuremberg</strong></em>, porque lo hicieron allí, o como <em><strong>La historia del mundo de Schedel</strong></em>, honrando a su autor principal, <strong>Hartmann Schedel</strong>. Escrito en 1493 y publicado por el impresor <strong>Anton Koberger</strong> (padrino de <strong>Durero</strong>), es una crónica de las edades del hombre, desde el Génesis hasta el Apocalipsis.</p>
<p>Este tipo de libro pretendía contener todo el saber de la época, y no es que lo consiguiera, pero se acercaba bastante. Incluye, por ejemplo, el grabado más antiguo de la ciudad de <strong>Jerusalén</strong>:</p>
<p><img class="alignnone" title="Jerusalén" src="http://farm4.static.flickr.com/3074/2994326091_716d731b1b.jpg" alt="" width="500" height="421" /></p>
<p>También tiene grabados de ciudades europeas, como Florencia, Praga o <strong>Cracovia</strong>:</p>
<p><img class="alignnone" title="Cracovia" src="http://farm4.static.flickr.com/3014/2995168204_971036dd02_o.png" alt="" width="800" height="403" /></p>
<p>O <strong>Breslau</strong>:</p>
<p><img class="alignnone" title="Breslau" src="http://farm4.static.flickr.com/3042/2995246988_d0e43181d8_o.png" alt="" width="800" height="383" /></p>
<p>Otros grabados ilustran la historia más o menos contemporánea. Aquí, una bonita y edificante <strong>matanza de judíos</strong>:</p>
<p><img class="alignnone" title="Matanza de los judíos" src="http://farm4.static.flickr.com/3197/2995165744_5beb40c64d_o.jpg" alt="" width="800" height="410" /></p>
<p>Y aquí, la muerte de <strong>Séneca</strong>:</p>
<p><img class="alignnone" title="Muerte de Séneca" src="http://farm4.static.flickr.com/3041/2994327271_d85ae5062d_o.png" alt="" width="340" height="364" /></p>
<p>Y, naturalmente, no podían faltarle los <strong>monstruos</strong>, las criaturas prodigiosas que el saber antiguo ubicaba en Africa (<em>Hic sunt leones</em>), en Asia y en mundos que aún no figuraban en el mapa. Por ejemplo, esta señorita peluda:</p>
<p><img class="alignnone" title="Señora peluda" src="http://farm4.static.flickr.com/3015/2994430611_cf0b7134fa_o.jpg" alt="" width="672" height="600" /></p>
<p>O este <strong>Polifemo</strong>:</p>
<p><img class="alignnone" title="Polifemo" src="http://farm4.static.flickr.com/3162/2994431117_3e8bb39c86_o.jpg" alt="" width="671" height="599" /></p>
<p>O este <strong>cuatroojos</strong>:</p>
<p><img class="alignnone" title="Cuatroojos" src="http://farm4.static.flickr.com/3291/2995272398_91c30ce135_o.jpg" alt="" width="638" height="587" /></p>
<p>O este bonito <strong>esciápodo</strong>, palabro que significa, literalmente, <em>sombrapié</em>.</p>
<p><img class="alignnone" title="Esciápodo o sombrapié" src="http://farm4.static.flickr.com/3251/2994429839_2b5cb76134_o.jpg" alt="" width="670" height="599" /></p>
<p>Según un tal <strong>Scylax de Carisande</strong>, estas criaturas vivían en la India. Según <strong>Plinio el Viejo</strong>, eran hombres con una sola pierna terminada en un pie gigantesco, que vivían en los desiertos. Cuando el sol apretaba, se tumbaban en el suelo, ponían la pierna en alto y se estaban ahí, tan ricamente, a la sombra de su pie. <strong>San Agustín</strong> también habla de ellos: <em>Asimismo afirman que hay una nación en que no tienen más que una pierna y que no doblan la rodilla y son de admirable velocidad, a los cuales llaman sciopodas.</em></p>
<p>Más portentos: la pesca (o la caza, según se mire) del <strong>pez león</strong>:</p>
<p><a href="http://farm4.static.flickr.com/3216/2995272168_23f6ee5cff.jpg"><img class="alignnone" title="El pez león" src="http://farm4.static.flickr.com/3216/2995272168_23f6ee5cff.jpg" alt="" width="500" height="270" /></a></p>
<p>El dibujito pequeño que ven ahí abajo es el <strong>Niño Oso</strong>, con su estupenda leyenda detrás. Dice el <em>Liber Chronicarum</em> que el papa <strong>Martín IV</strong> dejó embarazada a su prima y el resultado del embarazo fue el <strong>Niño Oso</strong>, que nació peludito como castigo por los pecados de sus padres. Pobrinho.</p>
<p><img class="alignnone" title="El Niño Oso" src="http://farm4.static.flickr.com/3223/2995271010_7795757a72_o.jpg" alt="" width="450" height="570" /></p>
<p>Ahí lo tienen, todo peludito. Parece simpático, ¿verdad? Parece un esbozo de <strong>Quentin Blake</strong> para algún cuento de <strong>Roald Dahl</strong>.</p>
<p>En fin, que el señor <strong>Walker</strong> elige con sabiduría lo que incorpora a su biblioteca, y además tiene pasta a espuertas para hacerlo. Porque hay más, mucho más, tesoros increíbles de los que no puedo hablarles con detenimiento porque tengo que salir para el curro a uña de caballo. Cosas como:</p>
<p>-el primer satélite construido por los rusos, el <strong>Sputnik I</strong> original.</p>
<p>-el <strong>cohete</strong> Saturno V y su manual de instrucciones.</p>
<p>-la servilleta en la que <strong>Franklin Delano Roosevelt</strong> trazó, en 1943, su plan para ganar la Segunda Guerra Mundial.</p>
<p>-un modelo de <strong>jet experimental</strong>, construido por la NASA, que no puede ser pilotado por seres humanos y que lo será por ordenadores.</p>
<p>-un <strong>candelabro</strong> (o puede que una lámpara de araña, no he visto imágenes) de la película de <strong>James Bond</strong> <em>Muere otro día</em>, comprado en una subasta y en perfecto funcionamiento.</p>
<p>-un libro de acuarelas que muestra el diseño de un <strong>palacio papal</strong> del siglo XVIII que nunca llegó a ser construido.</p>
<p>-el libro <em>Micrographia</em>, de <strong>Robert Hooke</strong>, en el que figuran las <strong>primeras ilustraciones</strong> hechas con un <strong>microscopio</strong>.</p>
<p>Y etcétera, etcétera, etcétera. Esto, Amigos, es una biblioteca <em>comme il faut</em> y lo demás son chorradas.</p>
<p>Créditos y les dejo ahora, muertos de envidia y asombro, y me voy al curro, porque de alguna manera hay que pagar esa primera edición de <em>Crimen y castigo</em>&#8230;</p>
<p><strong>CRÉDITOS</strong></p>
<ul>
<li>El aviso de la existencia de esta biblioteca se lo debo al amigo <strong>Circ</strong>, Alá le dé la paz, la alegría y un bidón de lubricante industrial. El señor <strong>Circ </strong>es un poderoso cazador de la red y es generoso con sus hallazgos. Ustedes pueden ir a escucar maravillas a una de sus páginas:<a href="http://circuitry.tumblr.com/"> http://circuitry.tumblr.com/</a></li>
<li>Las imágenes de la biblioteca del señor <strong>Walker</strong> pertenecen a alguien llamado <strong>Andrew Moore</strong>. Se usan aquí sin ánimo de lucro, sólo para que se pasmen los Lectores Constantes. Gracias, señor Moore.</li>
<li>El resto de las imágenes no tienen ya copyright, porque son del tiempo en que reinó Carolo y nos pertenecen a todos.</li>
<li>La información acerca de la biblioteca está espigada de unos cuantos lugares. La fuente principal es esta página:<a href="http://www.wired.com/"> http://www.wired.com/</a></li>
</ul>
<p>Tengan cuidado ahí fuera, donde nacen prodigios como signo del fin de los tiempos.</p>
]]></content:encoded>
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		<title>Como un ladrón en la noche</title>
		<link>http://www.lectorconstante.com/2008/09/14/como-un-ladron-en-la-noche/</link>
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		<pubDate>Sun, 14 Sep 2008 21:57:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ingram</dc:creator>
				<category><![CDATA[Exhibición de atrocidades]]></category>
		<category><![CDATA[La estrella extravagante]]></category>
		<category><![CDATA[Lo que ustedes deberían leer]]></category>

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		<description><![CDATA[Buenos días, Amigos y Desconocidos Lectores Constantes.
Día de duelo en la Biblioteca Constante, porque David Foster Wallace se ha dormido con sus padres. Lo encontraron muerto el viernes, en su casa de California.
A lo mejor ustedes no saben quién es, Amigos, y yo lamento no haberlo recomendado antes aquí, porque me parecía un escritor espantosamente [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Buenos días, Amigos y Desconocidos Lectores Constantes.</p>
<p>Día de duelo en la Biblioteca Constante, porque <strong>David Foster Wallace</strong> se ha dormido con sus padres. Lo encontraron muerto el viernes, en su casa de California.</p>
<p>A lo mejor ustedes no saben quién es, Amigos, y yo lamento no haberlo recomendado antes aquí, porque me parecía un escritor espantosamente bueno y muy difícil de reseñar. Sí que lo hice en el programa de radio, libro por libro, con la venia de <strong>Ali Álvarez</strong>, que también es muy fan. El martes, que es cuando vuelve a emitirse la sección de libros, le haremos mano a mano el obituario que merece.</p>
<p><strong>David Foster Wallace</strong> escribió esto:</p>
<p><img class="alignnone" title="Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer" src="http://farm4.static.flickr.com/3132/2856277300_5e92b1d859.jpg" alt="" width="375" height="500" /></p>
<p>Lo edita <strong>Mondadori</strong>, lo traduce <strong>Javier Calvo</strong> y es uno de los libros más divertidos e interesantes que ustedes leerán nunca. Si se animan a comprarlo y leerlo, les recomiendo empezar por el tercero de los ensayos, <em>Dejar de estar bastante alejado de todo</em>, o por el que le da título al libro, <em>Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer</em>.</p>
<p>Les pongo rápidamente en antecedentes: la revista <strong>Harper&#8217;s</strong> le pagó a Wallace para que asistiera a la <strong>Feria Estatal de Illinois</strong>. Wallace fue, sobrevivió al calor, la agorafobia, el encuentro traumático con cerdos, ovejas, vacas y aves de corral, el concurso de comer tartas caseras y demás atrocidades propias de una feria de ganado. Volvió y lo contó todo, y si ustedes pueden leerlo sin reírse como poseídos, es que no pertenecemos al mismo planeta.</p>
<p>Tiempo después, <strong>Harper&#8217;s</strong> le pagó para que contara su experiencia en un <strong>crucero</strong>. De ahí sale <em>Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer</em>, una maravilla del ensayo y la observación de la conducta humana, donde <strong>Wallace</strong> hace prodigios con su recurso favorito: nunca las notas a pie de página fueron tan divertidas. Venga, vamos a citar un poquito. Hago extracto de algún detalle poco importante, pero el problema esencial es que <strong>Wallace</strong>, metido en su camarote, empieza a preocuparse por la excesiva cantidad de servicios y cuidados que el crucero pone a su alcance, los quiera o no. Allá vamos:</p>
<p>***</p>
<blockquote><p><em>(&#8230;) lo cierto es que casi nunca veo a la encargada de mantenimiento del camarote 1009, la diáfana Petra, con sus pliegues epicánticos de liebre. Pero tengo buenas razones para creer que ella me ve. Porque cada vez que salgo durante más de media hora del camarote me lo encuentro completamente limpio, sin una mota de polvo y con las toallas reemplazadas y el baño reluciente. No me malinterpreten: en cierta forma está bien. Soy bastante vago, paso mucho tiempo en el camarote 1009 y también salgo y entro bastante. Pero cada vez que salgo un momento y vuelvo a entrar, la cama está recién hecha y tiene dobladillos de hospital, y encima de la almohada hay otro bombón de chocolate relleno de menta.</em></p>
<p><em>Admito que esa limpieza misteriosa e invisible del camarote resulta genial en cierto sentido, es la fantasía de todo verdadero holgazán, que alguien se materialice, arregle el desorden de tu habitación y desaparezca de nuevo: es como tener una mamá sin el sentimiento de culpa. Pero también hay, creo yo, una culpa espantosa en esto, una inquietud profunda y acumulativa, una incomodidad que se presenta -al menos en mi caso- como una especie extraña de paranoia por ser cuidado.</em></p>
<p><em>Porque al cabo de un par de días de esta fabulosa limpieza invisible del camarote, empiezo a preguntarme cómo sabe exactamente Petra cuándo estoy en el 1009 y cuándo no. Ahora se me ocurre que casi nunca la veo. Durante un rato hago experimentos, como por ejemplo salir disparado al pasillo de babor de la cubierta 10 por si veo a Petra agazapada en alguna parte vigilando quién sale de su camarote. También doy una batida por toda la zona del pasillo y los techos en busca de alguna clase de movimientos de cámaras o monitores fuera de las puertas de los camarontes; nanay en ambos frentes. Luego descubro que el misterio es todavía más complejo e inquietante de lo que había pensado al principio, porque mi camarote es limpiado siempre y únicamente en los intervalos en que estoy fuera durante más de media hora. Cuando salgo, ¿cómo pueden saber Petra o sus supervisores cuánto tiempo voy a estar fuera? Pruebo a salir del camarote un par de veces y volver al cabo de diez o quince minutos a fin de pillar a Petra </em>in delicto<em>, pero nunca está. Pruebo a dejar el camarote hecho un desastre, marcharme, esconderme en alguna cubierta inferior y luego volver a toda prisa al cabo de veintinueve minutos exactamente: de nuevo abro la puerta de golpe, pero ni está Petra ni nadie ha limpiado. Luego abandono el camarote exactamente con la misma expresión y llevando las mismas cosas que la vez anterior, y esta vez permanezco escondido durante treinta y un minutos y regreso: ahora no hay rastro de Petra pero el camarote 1009 está esterilizado, reluciente y hay un bombón en la almohada nueva de la cama.</em></p>
<p><em>Sepan que examino con cuidado cada centímetro de todas las superficies por las que paso durante estos experimentos: no encuentro cámaras, sensores de movimiento ni ninguna otra prueba que pueda explicar cómo lo saben*. De forma que por el momento postulo que debe de haber un miembro especial de la tripulación asignado a cada pasajero que sigue todo el tiempo a ese pasajero, usando técnicas extremadamente sofisticadas de vigilancia personal e informando de los movimientos de los pasajeros, de sus actividades y de la hora prevista de regreso al camarote al cuartel general del personal de mantenimiento, o algo así. Así pues, durante un día aproximadamente, intento llevar a cabo acciones evasivas extremas -darme la vuelta de repente y mirar detrás de mí, salir de pronto de detrás de una esquina, entrar y salir de la Tienda de Regalos por puertas distintas, etcétera-, pero nunca sorprendo a nadie vigilándome. Nunca consigo desarrollar una teoría plausible acerca de cómo lo hacen. Para cuando dejo de intentarlo, ya me siento medio loco y mis medidas de contraespionaje hacen que el resto de los pasajeros del pasillo de babor de la cubierta 10 me miren con miedo e incluso que algunos se den golpecitos con el dedo en la sien.</em></p>
<p><em>(* La respuesta de por qué no le pregunto simplemente a Petra cómo lo hace es que el inglés de Petra es extremadamente limitado y primitivo, y lo más triste es que me temo que mi atracción y mi vínculo con Petra, la encargada eslava, se ha erigido sobre los endebles cimientos de las dos únicas frases en inglés que parece conocer, dos frases que usa a modo de respuesta a todas mis afirmaciones, preguntas, bromas o protestas por su devoción interminable: &#8220;Es no problema&#8221; y &#8220;Tú ser graciosillo&#8221;)</em></p></blockquote>
<p>***</p>
<p>Ya saben lo que se están perdiendo, Amigos. Además, en el libro está el muy recomendable <em>E unibus pluram: televisión y narrativa americana</em>, un ensayo sobre exactamente eso, la influencia de la televisión en los autores (y el público) americanos. <em>David Lynch conserva la cabeza</em> será un placer para los fans del director y una sorpresa para quienes no lo son.</p>
<p><strong>Wallace</strong> es un cronista estupendo, un ojo atento a las minucias, un intérprete de las señales del futuro y las huellas del pasado. Un titán del artículo, un periodista envidiable, un profesor extremadamente ameno y divertido. Yo leí primero un libro de relatos, que me gustó pero no me dejó en el suelo. Y entonces leí <em>Algo supuestamente divertido</em>, allá por el 2001,  y me pasmé y me harté de regalarlo y recomendarlo hasta que se hizo difícil de encontrar, vaya uno a saber por qué. Y entonces <strong>Mondadori</strong> editó el reportaje que le da título al libro, en esta edición tan pequeñita y barata:</p>
<p><img class="alignnone" title="Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer (bolsillo)" src="http://farm4.static.flickr.com/3002/2855414387_da0b662048_o.jpg" alt="" width="244" height="348" /></p>
<p>Si usted no está muy convencido de que vaya a gustarle todo el libro, haga la prueba con el reportaje del crucero. No se arrepentirá, creo yo. Y cuando lo haya terminado, todavía le quedará esto:</p>
<p><img class="alignnone" title="Hablemos de langostas" src="http://farm4.static.flickr.com/3047/2855414289_2ca29b7d8b.jpg" alt="" width="287" height="500" /></p>
<p>Otra tanda de artículos de <strong>Wallace</strong>, algunos tan divertidos como <em>Gran Hijo Rojo</em> (sobre la ceremonia de entrega de premios al cine porno), o tan interesantes como <em>Arriba Simba</em> (sobre la vida y campaña del candidato <strong>McCain</strong>), o tan densos y agudos como <em>La autoridad y el uso del inglés americano</em> (sobre eso, el uso del inglés americano y sus diccionarios). Y además, el análisis sobre los libros que escriben los deportistas, en el fantástico <em>Cómo Tracy Austin me rompió el corazón</em>. Y además, la reacción de una comunidad americana y pequeña a los atentados del 11 de septiembre en <em>La vista desde la casa de la señora Thompson</em>. Y además, los artículos sobre el sentido del humor de <strong>Kafka</strong> y la maestría de un biógrafo de <strong>Dostoievski</strong>.</p>
<p>Y, por si eso fuera poco, la visita al Festival de la Langosta de Maine relatada en <em>Hablemos de langostas</em>, donde <strong>Wallace</strong> medita sobre la forma habitual de cocinar langosta, arrojándola viva a una olla de agua hirviendo. Algo incómodo, dice <strong>Wallace</strong>, para la gente que quiere disfrutar de un placer gastronómico, pero no quiere sentirse cruel e insensible. ¿Y cómo puede escapar uno de esa incómoda sensación de que está haciendo sufrir una muerte espantosa a una criatura sensible, y seguir poniéndose tibio a langosta? Tendrán que leerlo para saberlo, Amigos.</p>
<p>Poco más puedo decirles de <strong>David Foster Wallace</strong>. Reseñarlo es perder el tiempo: vayan, lean y pásmense y regocíjense. Los Lectores de Relatos tienen también la posibilidad de adquirir el más reciente, <em>Extinción</em>, o el más antiguo, <em>La niña del pelo raro</em>.</p>
<p><img class="alignnone" title="La niña del pelo raro (bolsillo)" src="http://farm4.static.flickr.com/3093/2855513771_f3444cb216.jpg" alt="" width="375" height="500" /></p>
<p>También hay algún relato suelto de Wallace en las recopilaciones <em>Lo mejor de McSweeny&#8217;s</em> y <em>Generación quemada</em>. Todos los edita <strong>Mondadori</strong> y creo que los traduce <strong>Javier Calvo</strong>. Wallace firma también una novela, que yo no recomiendo porque no he sido capaz de leer, que se llama <em>La broma infinita</em>. Como no la tengo, no les puedo dar datos exactos, pero apostaría por <strong>Mondadori</strong> y <strong>Calvo</strong>, como siempre.</p>
<p><img class="alignnone" title="David Foster Wallace" src="http://farm4.static.flickr.com/3022/2856677033_bf998b2bf1_o.jpg" alt="" width="550" height="449" /></p>
<p>No es una buena entrada, ésta. No encuentro el tono ni soy capaz de transmitirles lo bueno que era <strong>Foster Wallace</strong> y lo mucho que lamento que haya muerto. Lo único que se me ocurre es que vivió poco pero nos hizo muy ricos, y que desde el viernes somos un poco más pobres, más idiotas, más mezquinos.</p>
<p>Tengan cuidado ahí fuera, donde no sabemos, nunca sabremos, el día ni la hora.</p>
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		<item>
		<title>Cenizas a las cenizas</title>
		<link>http://www.lectorconstante.com/2008/02/22/cenizas-a-las-cenizas/</link>
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		<pubDate>Fri, 22 Feb 2008 15:03:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ingram</dc:creator>
				<category><![CDATA[Exhibición de atrocidades]]></category>
		<category><![CDATA[La estrella extravagante]]></category>

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		<description><![CDATA[Buenos días, Amigos y Desconocidos Lectores Constantes.
Poca cosa les traigo hoy, Amigos, porque la Biblioteca Constante está temporalmente cerrada. Sé que mañana es sábado y que ustedes, incansables buscadores del buen libro, aguardaban una de las prometidas entradas, largas y bellas como el curso del Nilo. No va a poder ser y me disculpo por [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Buenos días, Amigos y Desconocidos Lectores Constantes.</p>
<p>Poca cosa les traigo hoy, Amigos, porque la <strong>Biblioteca Constante</strong> está temporalmente cerrada. Sé que mañana es sábado y que ustedes, incansables buscadores del buen libro, aguardaban una de las prometidas entradas, largas y bellas como el curso del Nilo. No va a poder ser y me disculpo por ello, pero hay una buena razón para la demora: <strong>Kowalski</strong>, a quien los veteranos recordarán como <strong>Rata Oficial</strong> y <strong>Único Bibliotecario Constante</strong>, tuvo que abandonar su puesto de trabajo a causa de un accidente. Ya está fuera de peligro, pero anduvo peligrosamente cerca de perder una pata y convertirse en el <strong>Lord Byron</strong> de los roedores. Animalito.<br />
Mientras convalece leyendo <em>De ratones y hombres</em>, que ustedes deberían leer también, y <em>La colina de Watership</em>, que nunca me cansaré de recomendar y regalar a los Amigos Lectores, yo asumo sus funciones. Y como tengo muchas otras cosas que asumir, y algunas son como la piedra de <strong>Sísifo</strong> y las manzanas de <strong>Tántalo</strong>, mañana por la mañana me sentaré sobre unas piedras egipcias a mirar largamente el agua en movimiento (que, ya lo sabíamos, es siempre bella) y no habrá entrada nueva en esta <strong>Carta de Navegación Biblófila</strong>.<br />
Para compensar la pifia, les traigo hoy unos cuantos bocados ligeros, extraídos todos del mismo libro: <em>Historia de la destrucción universal de libros</em>, escrito por <strong>Fernando Báez</strong> y editado por <strong>Destino</strong> en la colección <strong>imago mundi</strong>. Vaya por delante que no recomiendo su lectura. Tiene partes muy interesantes sobre el origen de la escritura y el del libro, y anécdotas curiosas sobre autores, lectores, bibliófilos, biblioclastas y otras criaturas del libro. También tiene una introducción interesante acerca de los mitos apocalípticos y su relación con la destrucción del libro. Y largo capítulo sobre el saqueo y la destrucción de las bibliotecas más bellas y antiguas, como la de Bagdad. Eso por la parte buena.</p>
<p>Por la parte mala, es un tocho y es un coñazo, y buena parte de sus trescientas páginas se dedica a listar, con poco más que la fecha y la ubicación geográfica, las bibliotecas destruidas por fuego o por agua. Salvo que tengan un enfermizo interés en esos datos, pueden prescindir tranquilamente del noventa por ciento de este libro demasiado exhaustivo. Ya les extracto yo lo que me parece que merece un poquito más de investigación, y les animo a emprenderla por su cuenta.</p>
<p>Lean, Amigos, y protejan sus libros del hombre, del insecto, del fuego, del agua y de la estupidez.</p>
<p>***</p>
<p>Los <strong>sumerios</strong> o <em>cabezas negras</em> creían en el origen sobrenatural de los libros, y atribuían a <strong>Nidaba</strong>, la diosa de los cereales, su invención. Para dar una idea de la importancia que para ellos tuvo la escritura, conviene recordar la leyenda de <strong>Enmekar</strong> (h. 2750 a.C.), rey de la ciudad de <strong>Uruk</strong>, un héroe respetado y temido, que fue <em>condenado a beber agua putrefacta</em> en el infierno por no haber dejado escritas sus hazañas.</p>
<p><img title="Inanna" alt="Inanna" src="http://farm3.static.flickr.com/2367/2283991960_54aea0082e_o.jpg" /></p>
<p><em><strong>Inanna</strong>, que ya ven que era terrible</em>.</p>
<p>Hacia el 2200 a.C., el príncipe <strong>Gudea</strong> creó una biblioteca con textos históricos y poemas de la primera escritora conocida del planeta, <strong>Enkheduanna</strong>, la hija del famoso Sargón de Akkad. Estos poemas eran himnos a la terrible diosa <strong>Inanna</strong>.</p>
<p>***</p>
<p>Hacia el año 213 a.C., el emperador <strong>Shi Huandi</strong> hizo destruir todo libro que pudiera recordar el pasado.</p>
<p>***</p>
<p><strong>René Descartes</strong> (1596-1650), seguro de su método, pidió a sus lectores quemar los libros antiguos. Un hombre tan tolerante como el filósofo escocés <strong>David Hume</strong> no vaciló en exigir la supresión de todos los libros sobre metafísica.</p>
<p><img title="Fahrenheit burn" alt="Fahrenheit burn" src="http://farm3.static.flickr.com/2419/2283991952_0289efd13a_o.jpg" /><br />
El movimiento de los <strong>futuristas</strong>, en 1910, publicó un manifiesto en que el pedía acabar con todas las bibliotecas. Los poetas <strong>nadaístas</strong> colombianos quemaron ejemplares de la novela <em>María</em> de <strong>Jorge Isaacs</strong> hacia 1967, convencidos de que era necesario destruir el pasado literario del país.</p>
<p><img alt="Burned Book" title="Burned Book" src="http://farm4.static.flickr.com/3156/2283991940_2e963d69cf_o.jpg" /></p>
<p><strong>Vladimir Nabokov</strong>, profesor en las Universidades de Stanford y Harvard, quemó el <em>Quijote</em> en el Memorial Hall, ante más de seiscientos alumnos. <strong>Martin Heidegger</strong> sacó de su biblioteca libros de <strong>Edmund Husserl</strong> para que sus estudiantes de filosofía los quemaran en 1933.<br />
***</p>
<p>El monasterio de <strong>Saint Gall</strong> fue atacado en mayo del 925. Los bárbaros pretendían aniquilar a los monjes y prender fuego al lugar, lo cual hubiera significado el fin de miles de libros cuidadosamente almacenados. Una mujer llamada <strong>Wilborada</strong> se ocupaba entonces de la biblioteca y tuvo una visión. No sabemos cuál fue, pero entre el atardecer del día anterior y la madrugada del primero de mayo enterró las obras. Según la crónica, los sitiados vencieron a sus atacantes; el fuego, de cualquier manera, consumía el monasterio y el cuerpo de <strong>Wilborada</strong>, mutilado, vejado, yacía sobre un montón de tierra donde se encontraron más tarde los libros intactos. Su acto le valió la santidad y el <strong>patronazgo</strong> absoluto sobre todos los bibliófilos.</p>
<p><img title="La santa, libro en mano." alt="La santa, libro en mano." src="http://farm3.static.flickr.com/2122/2284008388_3036e8ee1d_o.jpg" /></p>
<p>Menos conocido fue el martirio de <strong>Casiano</strong>. Perseguido por sus tesis, fue entregado a sus propios alumnos, quienes resolvieron convertirlo en mártir asesinándolo con sus estiletes, haciéndole tragar sus propios escritos y partiéndole en la cabeza unas tablas destinadas a la escritura.</p>
<p>***</p>
<p>La vida de <strong>Yakov ben Judah Leib Frankovich</strong> fue la de cualquier fanático: sin sosiego, sin seguridad, inmodesta. De su padre, además de las deudas clásicas y una soberbia histérica, heredó un fervor inusual por el movimiento mesiánico judaico de <strong>Sabbatai Tsevi</strong>, un místico que afirmaba ser capaz de tener relaciones sexuales con vírgenes &#8220;sin desflorarlas&#8221;, y un erudito que propuso destruir rollos de la <strong>Torá</strong> para gestar el nacimiento de una nueva era. &#8220;Hay que destruir -advertía-. Todo volverá a ser nuevo. Lo prohibido es el bien&#8221;. Hizo pisar las <em>tefilim</em>, pequeñas cajas de cuero con manuscritos que se colocan, mientras se reza, en la frente y en el brazo. El movimiento tuvo adeptos en distintos rincones de la geografía de Europa y África, desde Yemen hasta Amsterdam, ya fuesen askenazíes o sefardíes. Fue un fenómeno insospechado donde multitudes enteras aguardaron el retorno de los milagros de Cristo y de los antiguos profetas.</p>
<p><strong>Yakov</strong> se convenció a sí mismo de que la reencarnación de <strong>Sabbatai Tsevi</strong> y de <strong>Barujiah Russo</strong>, otro mesías. En 1751, con un viaje a Turquía de por medio, se hizo llamar <strong>Jacob Frank</strong>. Detestaba, por razones oscuras, ciertas etimologías judaicas y, por doctrina, los libros. En 1755 encontró unos discípulos, a los que denominó <em>frankistas</em>, y los obligó a quemar obras. En 1756 fue condenado por hereje, pero esto no lo desanimó. Nada más cruel que un ignorante con carisma.</p>
<p><img title="Frankovich" alt="Frankovich" src="http://farm3.static.flickr.com/2058/2284008390_7ae83aa416_o.jpg" /></p>
<p>Hacia 1757, tras vencer a los rabinos en un debate, recorrió casa por casa y eliminó cientos de ejemplares del <strong>Talmud</strong> en una plaza pública, lo que le valió a su secta el nombre de <em>Antitalmudista</em>. Con cínica humildad, solía recordar a sus seguidores su carácter de Mesías y el valor oral de su doctrina. &#8220;Yo soy la palabra, yo soy el hijo, yo soy&#8221;, decía. Inventó una trinidad donde había un verdadero Dios, ajeno a todo, un Dios encarnado y una Mujer. Él se consideraba ese Dios encarnado.</p>
<p>En cierta época obligó a sus seguidores a usar sandalias fabricadas con rollos de pergamino donde estaban escritos textos de la <strong>Torá</strong>. Creó una orden con doce apóstoles y doce concubinas, todos santos, piadosos e implacables, defensores del sexo más violento. En 1760, fue detenido y encarcelado por las autoridades de Varsovia y después expulsado.</p>
<p>Según la leyenda, murió en Offenbach y pidió, en su lecho de muerte, la destrucción de todos los libros. &#8220;Quémenlo todo- suplicó-. Lo verdadero muere conmigo&#8221;. Como curiosidad, vale la pena comentar que decía que la cara de Dios había crecido en los rasgos de la suya.</p>
<p>***</p>
<p>Con la vida de este fulano mesiánico les dejo, Amigos. Créditos y nos vamos:</p>
<p>***</p>
<p>*La imagen de la terrible, terrible diosa <strong>Inanna</strong> es de dominio público, así que a él se lo agradecemos. Gracias, dominio público.</p>
<p>*La imagen siguiente, la de la página que arde, se llama <strong>Fahrenheit Burn</strong> y es obra de un tal <strong>mrtwism</strong>, a quien la agradecemos. Ustedes pueden ver su trabajo en:</p>
<p><a href="http://www.flickr.com/photos/mrtwism">http://www.flickr.com/photos/mrtwism</a></p>
<p>*La imagen que sigue, el libro quemado, se llama precisamente así, <strong>Burned Book</strong>, y es obra de un tal <strong>paraflyer</strong>, cuyo trabajo puede verse en:</p>
<p><a href="http://www.flickr.com/photos/paraflyer">http://www.flickr.com/photos/paraflyer</a></p>
<p>*La imagen de <strong>Santa Wilborada</strong> (o puede que <strong>Wiborada</strong>, quién sabe) nos pertenece también a todos. Yupi.</p>
<p>*La imagen de <strong>Yakov ben Judah Leib Frankovich</strong> está sacada de esta página:</p>
<p><a href="http://www.lectorconstante.com/wordpress/wp-admin/www.theawarenesscenter.org">www.theawarenesscenter.org</a></p>
<p>Pásmense conmigo: <strong>The Awareness Center</strong> es una <strong>Coalición judía contra el abuso sexual</strong>. ¿Sabían que existía algo así? Pues ya lo sabemos todos.</p>
<p>*Esta entrada no habría sido posible sin la colaboración del <strong>Documentalista Constante</strong>, el señor Ismael Alonso, que Yaveh acreciente el número de sus ovejas. Como no tiene, con una sola oveja bastará.</p>
<p>***</p>
<p>Y con esto les dejo y me voy al parque, al sosiego, al agua en movimiento. Que es siempre, siempre bella.<br />
Tengan cuidado ahí fuera y récenle un poquito a <strong>Santa Wilborada</strong>, sólo por si acaso.</p>
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		<title>Edmund Kean, a escena.</title>
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		<pubDate>Thu, 07 Sep 2006 21:05:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ingram</dc:creator>
				<category><![CDATA[La estrella extravagante]]></category>

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		<description><![CDATA[Por pura coincidencia, Amigos Lectores, el personaje de hoy también está relacionado con Shakespeare. Juro que no se trata de una burda argucia para que todos ustedes tiren al contenedor de papel su ejemplar de Juan Salvador Gaviota y se decidan, de una puñetera vez, a leer algo del caballero de Stratford-upon-Avon. Aunque deberían.
EDMUND KEAN
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Por pura coincidencia, Amigos Lectores, el personaje de hoy también está relacionado con <strong>Shakespeare</strong>. Juro que no se trata de una burda argucia para que todos ustedes tiren al contenedor de papel su ejemplar de <strong>Juan Salvador Gaviota</strong> y se decidan, de una puñetera vez, a leer algo del caballero de Stratford-upon-Avon. Aunque deberían.</p>
<p><strong>EDMUND KEAN</strong><br />
17 de marzo de 1789-15 de mayo de 1833</p>
<p>Aunque ya han transcurrido más de ciento cincuenta años de su muerte, <strong>Edmund Kean</strong> está todavía considerado como uno de los actores más grandes que pisaran jamás la escena. Kean, un bastardo nacido en un desván de <strong>Londres</strong>, era más bien bajito, y su voz no era profunda ni resonante. Pero contemplarle, según el poeta <strong>Samuel Taylor Coleridge</strong>, era “como leer a Shakespeare entre destellos de luz”.</p>
<p>Kean apareció por primera vez en escena a la edad de cuatro años, interpretando a <strong>Cupido</strong> en el ballet <strong>Cymon</strong>, de <strong>Jean-Georges Noverre</strong>. De natural afectuoso e inteligente, se ganaba rápidamente el corazón de quienes lo conocían. En 1794, unos amables benefactores le pagaron la escuela, donde le fue bastante bien hasta que, harto de la disciplina, se largó por una ventana y se fue a <strong>Portsmouth</strong>, a embarcarse como grumete. La vida del mar, desgraciadamente, resultó ser incluso más estricta que la de tierra: a Kean le dio un satán al poco de llegar, y decidió fingirse sordo para escapar de allí. Se ve que ya apuntaba maneras de actor, porque engañó completamente a los doctores que le reconocieron en <strong>Madeira</strong>.</p>
<p>De vuelta a Londres, se puso bajo la protección de su tío, <strong>Moses Kean</strong>, que era ventrílocuo, mimo y actor, y que le inició en el estudio de Shakespeare. Una actriz, la señora <strong>Tidswell</strong>, le enseñó los rudimentos de la profesión y se hizo cargo de él al morir su tío. Naturalmente, el joven Edmund se comportó como un caballero y estudió como un bendito&#8230; durante unos meses. Nuevo satán y nueva fuga, pero esta vez directo hacia los escenarios: tenía una oferta para actuar durante veinte noches en el teatro de <strong>York</strong>, interpretando a <strong>Hamlet</strong>, a <strong>Hastings</strong> y a <strong>Catón</strong>. Y lo hizo tan bien que los rumores sobre su magistral interpretación llegaron a los oídos más altos, los del rey <strong>Jorge III</strong>, que le invitó a presentarse en el castillo de <strong>Windsor</strong>.</p>
<p>Después de esta entrada triunfal en el mundo del teatro, se unió al <strong>Circo Saunders</strong>, donde aprendió danza, esgrima y música, y donde se rompió las dos piernas realizando piruetas ecuestres.</p>
<p>Poco tiempo después de la aventura circense, representó a <strong>Shylock</strong> en <em>El Mercader de Venecia</em>, su primer papel de protagonista en el teatro <strong>Drury Lane</strong>, de Londres, en 1814, y se convirtió en una estrella que rompió todos los récords de taquilla. Su ascenso fue imparable: interpretó también a <strong>Hamlet</strong>, a <strong>Otelo</strong> y a <strong>Ricardo III</strong> con un éxito clamoroso. No tardó nada en convertirse en un divo inaguantable, paranoico perdido, que vivía convencido de que ningún otro actor podía o debía hacerle sombra.</p>
<p>Como había crecido en la miseria, disfrutó de su éxito a lo grande. Gastaba como un jeque, bebía como un nenúfar, follaba como una ninfómana en el corredor de la muerte y salía de jarana todas las noches. Fundó el <strong>Club de los Zorros</strong>, que aparentemente era una organización para actores profesionales, pero en realidad sólo era una tapadera para cogerse unas chuzas de concurso, acompañado de actrices y rameras portuarias. Con semejante ritmo de vida, Kean <strong>escupía sangre</strong> al término de su primera temporada.</p>
<p>Su éxito, con todo, permaneció inalterable tanto en Inglaterra como en Norteamérica, hasta 1825, año en el que un marido celoso descubrió y publicó a los cuatro vientos el largo romance que su esposa había mantenido con el actor. <strong>Kean</strong> se las arregló para no ir a parar a la cárcel, pero el escándalo fue tan grande que acabó por no poder hacer acto de presencia en escena, porque el público le abucheaba en cuanto entraba. Escapó entonces a Norteamérica, pero las noticias de sus desmanes habían llegado hasta allí, y en muchas ocasiones le ocurrió lo mismo que en Londres. En otras, fue justo al contrario: unos <strong>indios Hurones</strong> vieron su representación en <strong>Quebec</strong> y quedaron tan impresionados que le nombraron jefe de su tribu, con el nombre de <strong>Alanienouidet</strong>. Finalmente, tras una noche nefasta en un teatro de Boston, en la que el público se amotinó, decidió volverse a Londres, esperando que allí ya hubiesen olvidado o perdonado.</p>
<p>No fue así, y <strong>Kean</strong>, que veía su carrera destrozada, empezó a beber copazos de coñac durante el espectáculo, fuera del escenario. A menudo se desmayaba antes o después de su intervención, y en algunas ocasiones estaba tan débil que olvidaba su parlamento. Ya no tenía la energía suficiente para mantener la ilusión de que su frágil cuerpo (ahora esquelético) y su rostro demacrado llenasen como antes el gran escenario.<br />
Cada vez más incapaz de actuar, se quedó sin un céntimo y se vio obligado a luchar para conseguir papeles importantes y poder representarlos. El 19 de febrero de 1833 se desvaneció en escena. No obstante, logró recuperarse, y el 25 de marzo pudo representar el papel de <strong>Otelo</strong> en el teatro londinense del Covent Garden. Su hijo <strong>Charles</strong> hacía el papel de <strong>Yago</strong>. Kean, pálido y tembloroso, bebió varios vasos de coñac, luego salió a escena y el público le aclamó. Durante los dos primeros actos luchó por sobreponerse, pero en el tercero, cuando empezaba uno de los parlamentos que le habían hecho célebre –<strong>”¡villano, os aseguro que demostraré que mi amor es una furcia!”</strong>- tendió los brazos para agarrarse a su hijo y se desplomó mientras murmuraba: <strong>”¡Oh, Dios mío, me estoy muriendo! Háblales a ellos por mí.”</strong></p>
<p>Sin embargo, aunque él lo hubiera preferido, su muerte no se produjo en el escenario. Sobrevivió varias semanas, negándose a comer pero sin dejar de beber coñac. Por fin, el 14 de marzo, a los cuarenta y cinco años, el actor perdió la consciencia y, a la mañana siguiente, lejos de las tablas y sin ninguna dramática frase final, expiró.</p>
<p>Una lástima, ¿verdad? Debería haber susurrado algo apropiado a la ocasión, tal que <strong>”Apaga la luz y luego apaga su luz”</strong>. Pero no. Ntchs.</p>
<p>Con esto, Amigos y Desconocidos Lectores Constantes, les dejo por hoy. Hagan lo que digo y no lo que hago: vayan a la biblioteca, así esté lloviendo a chorro. Yo me enmendaré mañana, y buscaré algo bonito para traerles y recomendarles. Claro que sí.</p>
<p>Hasta entonces, tengan cuidado ahí fuera, donde daríamos nuestro reino por un coñac.<br />
Constant Reader.</p>
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